¿Reconfiguración del tablero mundial?
Desde la asunción de Donald Trump en su segunda gestión como presidente de Estados Unidos la potencia hegemónica ha cambiado sustancialmente su papel en la política mundial.
Luego del derrumbe del Muro de Berlín (1989), que dio lugar al fin del mundo bipolar, EEUU trató de mantener una hegemonía completa, estableciendo las reglas de juego en varias dimensiones: en la economía, la política, en el plano militar y cultural.
Empero, en la segunda gestión de Trump, la política exterior estadounidense parece haber ingresado a una fase de redefinición. El peligroso ascenso de China en la economía y en la política mundial, así como el papel de Rusia en el este europeo, han planteado otros grandes desafíos.
¿Estos cambios están dirigidos a una reconfiguración del orden mundial unipolar, hacia un nuevo orden multipolar o, se orientan, más bien, a la consolidación unipolar de hegemonía completa?
Para intentar responder a esta crucial pregunta es importante, primero, acercarnos un poco al concepto de orden mundial (OM). En términos generales, el OM no es una fantasía teórica, tampoco un conjunto de principios. Es, en pocas palabras, la configuración del poder global. Y se refleja, en la forma que toma y se distribuye el poder: en una sola potencia, en dos potencias o en varias potencias.
En ese sentido, la configuración del poder mundial, puede ser unipolar o imperial, bipolar o multipolar. De eso hablamos, cuando nos referimos al orden mundial, de la configuración de poder a escala planetaria.
Si nos remitimos al siglo XX y analizamos el OM como resultado del fin de la Segunda Guerra Mundial, observamos una configuración de poder bipolar. Dos superpotencias, EEUU y la Unión Soviética, ejerciendo dominio, cada una en su respectiva área de influencia.
Ese fue el mundo de la Guerra Fría, dividido en dos. Además, con profundas diferencias ideologías: capitalismo vs. comunismo. Fue una confrontación política global, con bloques económicos y alianzas militares.
Este OM bipolar, además, había alentado una carrera armamentista de base nuclear sin precedentes. En apenas dos décadas, ambas superpotencias habían acumulado un enorme arsenal, con capacidad de desatar un apocalipsis nuclear.
Luego del derrumbe del Muro de Berlín y el colapso de la URSS en 1991, cambia el OM. Obviamente, el mundo queda unipolar. Desaparecida la Unión Soviética, EEUU queda como la única superpotencia global, sin contrapeso estructural.
Desde ese lugar, con el capitalismo triunfante, el comunismo fracasado y el mundo sin muros, EEUU pasa, de ser una superpotencia, a una potencia hegemónica. Del predominio fundamentalmente militar propio de la Guerra Fría, pasa a consolidar una hegemonía multidimensional.
En el campo económico, EEUU, ya había empezado a construir su supremacía desde finales de la Segunda Guerra Mundial con la creación, en los Acuerdos de Bretton Woods, del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el GATT (en español: Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio) –que luego se convertiría en la Organización Mundial de Comercio (OMC)–.
Esas tres instituciones son los pilares de la hegemonía económica de EEUU en el mundo. China, si bien ocupa los primeros lugares en el comercio mundial, no tiene estas instituciones para derrumbar al dólar e imponer otra moneda.
En la dimensión política, el liderazgo de EEUU, después de la Guerra Fría, se ha consolidado casi en todos los territorios del antiguo bloque de la Unión Soviética. Ciertamente hay lunares. Muy pocos, por cierto. En América Latina, luego de la “caza” de Maduro, quedan Cuba y Nicaragua. Se puede afirmar que su influencia política en el mundo es casi total.
En el campo militar, la superioridad de EEUU es brutal. El crecimiento de su presupuesto militar anual es imparable. En los próximos años, su presupuesto anual superará el billón de dólares, mientras que otras potencias como China y Rusia destinan montos significativamente menores.
Ahora bien, la cuarta dimensión, la cultural, es la más importante en la consolidación del dominio completo. Con algunos excepciones y poca resistencia, EEUU ha impuesto su cultura, sobre todo la del consumo, en el mundo entero. Incluso en China, donde está teniendo mucha influencia. Imponer cultura es ejercer dominación simbólica: moldear imaginarios, hábitos y aspiraciones. Ya no se necesitan ejércitos.
Si se observa bien, esas son las características del orden mundial unipolar de hoy, fraguado por EEUU desde el fin de la Guerra Fría.
Ciertamente, en este escenario, el crecimiento y la expansión comercial de China, que además pretende con un ambicioso plan ampliar su área de influencia ha desafiado esa hegemonía. China oficialmente habla de un “mundo multipolar”, pero objetivamente compite por supremacía tecnológica, comercial y geopolítica.
Para que esto suceda, y sin perder de vista el concepto de poder multidimensional, ¿Tienen China o Rusia la capacidad de destronar a EEUU de la supremacía económica e imponer otra moneda?, ¿tienen la capacidad de desplazar la influencia EEUU en la política mundial?, ¿de desplazar a la cultura estadounidense arraigada en su propia gente?
Entiendo que todavía no estamos en ese momento. A lo mejor, se está construyendo. Si fuera así, estuviéramos en un proceso de transición. Por lo tanto, no se puede hablar aún de un nuevo OM. Todavía EEUU impone las reglas de juego económicas, políticas, militares y culturales.
Los cambios en la política exterior de Trump no están dirigidos a configurar un nuevo orden multipolar, lo que más bien pretende, con otros matices, es consolidar el orden unipolar.
No estamos aún ante un nuevo OM, sino ante un momento de transición estratégica. La arquitectura unipolar sigue en pie, aunque sometida a tensiones crecientes. El desenlace no está definido pues el relevo estructural todavía no ha ocurrido.
El autor es profesor de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón
Columnas de ROLANDO TELLERÍA A.

















