Alfredo Román o la cotidianeidad vestida de arte
Se presenta como arquitecto de profesión y artista por necesidad. En su obra sobrevuelan un espíritu de franqueza y simplicidad. Alfredo Román Bulacio (Santa Cruz, 1980) suma a estos atributos el aire travieso, bien humorado, minimalista y contestatario que lo caracteriza cuando aborda temas ligados al poder institucional y político.
Aplauso comprado
En la obra de performance “Aplausos” (2009), Román convirtió a los espectadores en los generadores de la acción. Sucedió en La Paz, plaza Murillo, eran 30 personas que el artista contrató para que se juntaran frente al Palacio Quemado y aplaudieran durante cinco minutos ininterrumpidos. Curiosamente el entonces presidente Morales asomó por una ventana en la parte alta y poco después, ante los aplausos que no cesaban, salió al balcón a saludar, creyéndose vitoreado por sus seguidores. Pero pronto cambió el ceño, olvidó la sonrisa y se devolvió al interior del Palacio. La policía ya había empezado a dispersar al reducido grupo. El artista recuerda:
“El día del performance coincidió con la amenaza de grupos de mineros que entrarían al centro de La Paz con una marcha de protesta. El gobierno hizo custodiar la plaza Murillo, no había acceso vehicular. Y en la misma plaza no se podían agrupar más de tres personas. Entonces, yo reuní a treinta personas aplaudiendo al Palacio Quemado. Le pagué 20 bolivianos a cada una. La policía tenía ordenes de controlar a manifestantes, pero de esto no les hablaron. Por los aplausos salió Evo con otra persona a saludar. Ambos se dieron cuenta de que las fuerzas del orden nos estaban rodeando para desarticularnos. La persona que sale con Evo hizo el gesto de no desarticularnos, pero la policía ya tenía otras órdenes”.
La obra consistía simplemente en reunir aplausos comprados en ese lugar específico, pero la acción coincidió con una situación de conflictividad social. Alfredo piensa que al final esto les favoreció. Se trataba de una acción propia del mundo de la política, pero el artista la desplazó hacia una suerte de “situación construida” (Tino Seghal), descolocando a quienes hacen uso de este recurso frecuentemente en los actos proselitistas y de campaña. Es una acción que en lo formal no busca parecer arte, pero que funciona o puede leerse como artística. Además, trastoca los roles: fueron los aplaudidos quienes se convirtieron en espectadores de una acción que los tenía expectantes.
No por nada Alfredo Román guarda esta frase entre sus selectas: “El arte es la única mentira que dice la verdad”. La afirmación nos brinda también una pista para situar su obra en la historia del arte, y debe ser en la posmodernidad, pues practica un arte que no busca la verdad y se camufla en la cotidianeidad. Ya lo distingue Boris Groys en el artículo “La topología del arte contemporáneo”: lo que caracteriza al arte de la modernidad es su aspiración a la verdad, que busca ser concienzudamente visible, en lo formal y material; en cambio el arte posmoderno renuncia a este reclamo de verdad, pero no enuncia su propio reclamo de verdad y se mantiene crítico. “Bajo las condiciones de la posmodernidad el arte se convierte en una mentira que se manifiesta a sí mismo como una mentira y encuentra su verdad en la clásica paradoja de un mentiroso que confiesa ser un mentiroso. Esto significa que la obra de arte posmoderna es al mismo tiempo presente y ausente, verdadera y falsa, real y simulada” (Groys, 2009).
Cajas brillo 2.0
Hablando de lo real y la simulación, una de las obras más destacadas de Román será “Cajas brillo” (2009), un diálogo con la obra de Andy Warhol “Brillo Box (Soap Pads) de 1964 exhibida en el MoMA de Nueva York, cuyo valor consiste en el ejercicio de contextualización del objeto con el entorno boliviano y el universo de creencias populares que lo rodean. La obra denota también la influencia que Roberto Valcárcel tuvo sobre su visión del arte. Valcárcel decía: “no importa qué es el arte, sino más bien cuándo, en qué circunstancias, algo puede funcionar como arte”. Duchamp, Beuys, Warhol entre otros habían ya posicionado esta idea con sus obras no–obras.
Román expuso “Caja brillo” dentro de la Feria de Alasitas. Una travesura que supera la gesta de Warhol, pero que no se puede leer sin pasar por Warhol. En lugar de relocalizar el objeto manufacturado dentro de las cuatro paredes del museo, Román lo devuelve al cauce de la vida festiva, colocándolo en otro espacio simbólico, las Alasitas (en aymara significa “comprame”), que es una fiesta de deseo, antigua tradición aymara, donde las personas compran las miniaturas que representan aquello que les hace falta en el año que cursa. Pablo Miño, artista visual, escribió al respecto: “La famosa Caja Brillo que empezó su viaje hace ya mas de 40 años, desde que salió del supermercado para ir al museo, ahora pega la vuelta, atravesada esta vez por el folklore y la cultura ritual fetichista boliviana y llega al mercadito de Tercer Mundo (Feria de Alasitas), en versión reducida, apta para la ofrenda y su cómoda colocación sobre cualquier televisor de living familiar”.
Time Specific
Se ha dicho repetidas veces que Alfredo Román es un artista de contextos, pero hay que agregar que trabaja además con el Time Specific. Fue el primer artista al que le oí hablar de este concepto, que es algo así como el timing en boxeo: la conjunción entre el movimiento preciso con el tiempo exacto. Esto lo lleva a recordar la obra de la Silla presidencial (en colaboración con Raquel Schwartz) en la que la escala vuelve a ser protagonista. Comenta que la idea surgió durante las convulsiones sociales de octubre de 2003, cuando el infame Goni se fugó del país huyendo de la indignación social. La monumental escultura de la silla presidencial “Sin título” (2006), de medidas 320x150x120 cm, invocaba la imagen del gigante desafío que le esperaba a quien quisiera convertirse en presidente de Bolivia, pero también de las desproporciones del ego presidencial.
Son ideas que surgen en una situación dada, y que tienen que ejecutarse también en ese periodo de tiempo, puesto que trabajan sobre el imaginario reciente. Otro ejemplo es la obra de intervención en espacio público “Proceso de cambio” (2011), un autoadhesivo circular de 8 cm, que el artista pegó en las paredes de las calles cruceñas. La idea surgió en la época de escasez de azúcar en Santa Cruz, ocasionada por el contrabando, durante el gobierno de Morales. En las tiendas sólo podía comprarse un kilo por persona. Román recuerda que un día que veía la TV, el noticiero informaba de la escasez del azúcar e inmediatamente después reportaba que la policía había desmantelado 42 laboratorios de cocaína en El Alto. “Habiendo mucho de esto y poco de aquello, la idea de la obra surgió en ese momento”. En muchos casos, las obras de Román dicen algo en momentos coyunturales en los que es más polémico decirlo. No pretende otra cosa más que evidenciar algo que no estamos viendo, pero que está en nuestras narices.


























