Vientos de guerra en el punto más austral de América
Una vez más quisiera hablar de un aspecto interesante, pero triste, con el que uno se encuentra repetidamente al viajar por Tierra del Fuego y la Patagonia: la Guerra de las Falklands o Malvinas –como las llaman los argentinos– que tuvo lugar en 1982 entre Argentina y Gran Bretaña y que costó la vida a cientos de soldados de ambos bandos.
Cuando uno viaja hacia el norte desde Tierra del Fuego por el lado argentino, llaman la atención en todas las ciudades importantes los monumentos y murales que recuerdan esta guerra. Así ocurre en Ushuaia, Río Gallegos, Santa Cruz, Comodoro Rivadavia, Puerto Madryn o también en Bariloche, lo que demuestra cuán traumático fue y sigue siendo este acontecimiento para el alma popular argentina.
En la mayoría de los casos, estos monumentos consisten en aviones de combate fuera de servicio de aquella época, colocados sobre pedestales y acompañados de placas conmemorativas. También son frecuentes los murales en los que aparecen los contornos de las islas junto a consignas como: “¡Las Malvinas son nuestras!”, “¡Ingleses fuera de las Malvinas!” o “¡No olvidamos las Malvinas!”.
Las Malvinas se encuentran algo al noreste de Tierra del Fuego, a unos 500 kilómetros de la costa argentina. El país sudamericano tuvo que abandonar el archipiélago en 1833, poco después de la independencia, tras una acción militar británica. El historiador Felipe Pigna describió aquella invasión de la siguiente manera: “Ante el incremento de la pesca y la caza indiscriminada, el gobernador de las islas Luis Vernet resolvió apresar a tres balleneros norteamericanos que cargaban pieles de foca sin permiso.
El 28 de diciembre de 1831, el capitán Silas Duncan, de la fragata estadounidense Lexington, desembarcó en Puerto Soledad, atacó sus instalaciones, destrozó la artillería, quemó la pólvora y tomó prisioneros a seis oficiales argentinos. El 2 de enero de 1833 se presentó en Malvinas la corbeta inglesa Clio cuyo comandante, el capitán John James Onslow, expulsó por la fuerza a las tropas argentinas.”
A lo largo de la historia, Argentina intentó repetidamente y sin éxito recuperar las Malvinas por la vía diplomática. En 1976 llegó al poder en Buenos Aires una junta militar. Sin embargo, como poco después cayó en una profunda crisis de legitimidad, se propuso recuperar las Malvinas por la fuerza. “La ocupación de las islas fue un manotazo de ahogado de una dictadura que se caía a pedazos por la crisis económica, el aislamiento internacional —causado en gran medida por las denuncias de violaciones a los DDHH— y el crecimiento de la oposición interna“, juzgó sin rodeos Luis Alberto Romero, otro investigador argentino.
Ya en 1978 el gobierno militar había intentado desencadenar una guerra contra el país vecino Chile para imponer sus reivindicaciones en el sur, especialmente en la zona del Canal Beagle. Sin embargo, un conflicto armado pudo evitarse en el último momento, sobre todo gracias a la mediación del papa Juan Pablo II.
El 2 de abril de 1982 el general Leopoldo Galtieri, presidente de la junta militar, anunció desde el balcón de la Casa Rosada en Buenos Aires la ocupación militar de las Malvinas. Pero si pensaba que la primera ministra británica Margaret Thatcher estaría dispuesta a negociar, se equivocaba profundamente.
“Debemos recuperar estas islas porque la gente que vive allí es británica. Siguen sirviendo a la Corona y quieren seguir siendo británicos”, declaró la “Dama de Hierro”, enviando de inmediato una flota de 16 buques de guerra y miles de soldados al Atlántico Sur.
Siendo joven seguí entonces estos acontecimientos con interés por televisión y en la prensa. Como ya relaté en anteriores entregas de esta crónica de viaje, la región del sur de este continente me fascinaba, y en mi juventud había escrito un cuento ambientado allí.
Las primeras noticias negativas sobre el desarrollo de la guerra fueron ocultadas por el Ministerio de Defensa británico, aunque luego ya no pudieron seguir siendo encubiertas.
“Los cohetes equipados con una ojiva altamente explosiva de 158 kilos avanzaban hacia un buque de guerra británico a más de 800 kilómetros por hora”, informó entonces la revista alemana Der Spiegel con cierto sensacionalismo. “Uno de los proyectiles de 4,7 metros pasó de largo o chocó contra una cresta de las olas. Pero el otro dio en el blanco. Guiado por un sistema de radar y medición de altura que rastreaba incesantemente el objetivo y la superficie del agua, el misil impactó contra el destructor de escolta Sheffield, atravesó el casco en el centro del barco, explotó junto a la cocina y envolvió la nave en una gigantesca bola de fuego.”
El hundimiento del Sheffield fue sin duda el mayor éxito de las fuerzas armadas argentinas en este conflicto, pero luego la respuesta británica fue implacable: “Con submarinos nucleares y un gigantesco arsenal de misiles y cañones, los británicos acabaron rápidamente con los argentinos. Bastaron tres impactos para hundir el totalmente anticuado crucero Belgrano y, con él, a 350 tripulantes, así como el orgullo nacional argentino. Hundidas en la depresión y la autocompasión, las tropas argentinas capitularon finalmente el 14 de junio de 1982, tras 74 días de guerra.”
Cabe añadir que las Malvinas se encuentran sobre la plataforma continental sudamericana y que geográficamente pertenecen de manera evidente a Argentina. Sin embargo, tampoco se debe olvidar que las islas están pobladas desde hace muchas generaciones por “kelpers” angloparlantes que no están dispuestos a cambiar de nacionalidad. En un referéndum realizado en marzo de 2013, más del 99 por ciento de la población votó a favor de seguir siendo un territorio británico de ultramar.
“Para nuestra patria las Malvinas son ciertamente un importante factor de integración”, dijo Vivian, una argentina con la que conversamos sobre el tema durante uno de nuestros largos viajes por carretera. “Pero una cosa es soñar con su regreso y otra muy distinta hacerse cargo realmente de ellas.”
También nos explicó que las islas vivieron tradicionalmente sobre todo de la cría de ovejas y la pesca, mientras que solo en tiempos más recientes posibles yacimientos de petróleo aumentaron su importancia económica y estratégica, y cerró de esta manera: “Si algún día las islas pasaran a manos de Argentina, probablemente seguirían dependiendo económicamente de Buenos Aires durante mucho tiempo —una pesada carga para un país que desde hace décadas va tropezando de una crisis a otra“.





























