Las barbas en remojo
Para ambos: oficialismo y oposición, el tiempo es un elemento crítico. Se utilizó la democracia como un disfraz solapado; ahora hay que reponer su vigencia plena
A la luz de las cifras aún preliminares, nadie ganó ni perdió como se esperaba. Pero se evidenció que Bolivia está dividida entre los que lo apoyan a rajatabla y los que, cansados de él, quieren que se vaya. Así como se gobernó, nunca se logrará la integración. Primó la mentalidad utilitaria de “vivir bien”, no la visión racional de construir un país entre todos. Estuvo 10 años en el poder un caudillo y no un estadista. No se puede pedir peras al olmo.
Se desprende para Morales una tarea específica. En lugar de planear su permanencia, ahora tiene que preparar su salida. En cuatro años que le quedan ya no hará más de lo que pudo hacer en un decenio. Igual que en los tres anteriores comicios, el tiro le salió por la culata. La imagen del caudillo inmaculado cayó, igual que la figura académica de su arrogante compañero.
Querían celebrar el bicentenario luciendo todavía los emblemas del poder. Definitivamente, ya no será.
En los resultados algo llama la atención sobremanera. Y es que la ofensa inferida a El Alto en la institución más representativa como es la Alcaldía, aparentemente no influyó en el electorado de aquella ciudad. ¿Se creyó en la estupidez de que EEUU financiaba a la oposición? ¿O se recogió la aberrante tontería del autoatentado? Ello es que ganó el oficialismo. “Si quieren obras, estos son los candidatos: Patana y Huanca”. ¿A quién beneficia la desaparición de documentos sobre la corrupción? Por la lógica inmanente de los hechos, la respuesta está dada.
Lo obtenido por el Gobierno puede considerarse como “victoria” pírrica; es decir, magro resultado con el máximo esfuerzo.
De ese gigantesco despliegue de recursos logísticos y humanos, además del oneroso costo económico, se deduce que no era poco lo que estaba en juego. La ambición y el miedo los empujó a la aventura, contra viento y marea. Suponiendo que fuera un empate, empate técnico en la palabra del Vice, la suerte está echada: no hay moral para seguir alentado el prorroguismo.
Sucedieron casi en la víspera varios hechos capitales. La corrupción millonaria que mella la dignidad de los indígenas: una mano “blanca” estaría por detrás “para que nunca más vuelvan al Palacio”; los indicios evidentes del presunto tráfico de influencias en los contratos millonarios con empresas chinas; la impostura de ostentar un grado académico inexistente; la sádica crueldad de un ministro que se burló del dolor ajeno. A todo esto, ¿el “Sí” significa apoyo a sabiendas o se duda de las denuncias?
De todas maneras, se abre para el país -si bien brumosa- pero esperanzada perspectiva. Para ambos: oficialismo y oposición, el tiempo es un elemento crítico. Se utilizó la democracia como un disfraz solapado; ahora hay que reponer su vigencia plena.
Entramos a una etapa de crisis política, pero provista de condiciones potenciales para trazar nuevos rumbos, para descubrir nuevos líderes. Para soñar otra vez en una Bolivia democrática.
El autor es escritor.
Columnas de Carlos Terrazas Rojas



















