Por una vez, un bravo a los diputados
La semana que ha pasado ha estado pringada por un capítulo más de la telenovela de Evo, su hijo, su amante y su ministro. El culebrón ha llegado a exacerbar a la audiencia, y hay quienes reclaman un pronto final, algo que no sucederá, porque no es el ranking el que permitirá la sobrevivencia de este melodrama, sino intereses excesivamente grandes, tan grandes que hacen que la verdad haya dejado de tener cualquier importancia hace mucho tiempo.
Pero como la vida continúa y no está simplemente ligada a ese ordinario drama, de tremendamente ordinarios y grotescos protagonistas, algunas cosas más han pasado en el país. En medio de las desagradables noticias relacionadas al calvario que sufren los discapacitados en su lucha por conseguir una pensión, y las manifestaciones de los exfabriles de Enatex que incluyen a un pobre imbécil que se puso a manipular dinamita, y que solo se voló la mano, pero que pudo haberse convertido en un asesino si dañaba alguna parte vital de la persona que estaba a su lado, ha sucedido algo muy bueno, algo que en circunstancias normales hubiera sido noticia de primera plana.
Me refiero a la promulgación de la Ley de Identidad de Género, que permite tanto a transexuales como a personas transgénero cambiar en su filiación, vale decir cambiar en sus documentos, su sexo, a partir de cómo estas personas se identifican a sí mismas.
Para la inmensa mayoría de las personas, éste es un tema difícil de entender y resulta casi obvia la visión conservadora de que se nace hombre o mujer y así nomás es. Pero la verdad es que hay una determinada cantidad de personas, tres en cada 100.000 hombres, dicen algunos estudios, que nacidas con características físicas masculinas, se sienten y se perciben genuinamente como mujeres. En el caso de Bolivia, estamos hablando de unas 150 personas, cifra conservadora y que a primera vista podría parecer pequeña, pero es posible que sea muy realista. A esa cifra hay que añadir las personas del caso inverso, las mujeres que se sienten hombres y podríamos llegar a unas 300 personas. Es por ese pequeño número de individuos que los legisladores bolivianos, que no se merecen ningún premio, que tienen un prontuario de sumisión al poder ejecutivo en el caso de los oficialistas y de falta de criterio y de autonomía, y que encima están promoviendo la destrucción del centro histórico de la ciudad que los acoge, que por una vez se han quedado hasta la 1:30 de la madrugada para sacar una ley que realmente favorece a uno de los sectores más desfavorecidos, negados y maltratados de la sociedad.
Son muy pocas las personas beneficiadas o mejor dicho reivindicadas gracias a esta ley. Es además una ley que puede tener muchas anticuerpos, empezando por la Iglesia Católica y pasando por muchas otras, algunas de las cuales están bien representadas dentro del partido de gobierno, y también debido al carácter conservador de nuestro país. De hecho, es una provocación a los usos y costumbres indígenas constitucionalizados el año 2009, por lo que está libre de toda sospecha de ser una movida demagógica. Pero de eso se trata, de hacer justicia, de legislar también para las minorías, de no tratarlas con negligencia.
Esta vez, la Cámara de Diputados ha actuado adecuadamente y se les puede felicitar. No deja de ser curioso que en el Gobierno de un homófobo reconocido, como es don Evo Morales, se esté dando esta ley. Al respecto se puede especular mucho, tanto para desmerecer la acción como para aprovecharse de la misma. Las personas de sentido común sólo pueden alegrarse porque se está mejorando la calidad de vida de un grupo de personas históricamente maltratado.
El autor es operador de turismo.
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