Un café con Joe, el gasolinero
Joe no toma café. Se ha pedido una cerveza pale ale. Una American pale ale, nada de Sierra Nevada. Esa mierda es una burda imitación, me dice. I don’t like that shit, enfatiza.
Nos hemos citado en el centro del Distrito de Columbia, donde emigró hace dos décadas tras el cierre de la fábrica donde trabajó otros 15 años. Ahora trabaja en una gasolinera.
Nos vemos en el pub The Post, al frente del edificio que albergó, durante casi cuatro décadas, al Washington Post, periódico que destapó el mayor escándalo de corrupción ligado a un presidente, el Watergate del republicano Nixon, en 1974.
Joe no puede ocultar su enorme sonrisa, pues cree que se viene la reconstrucción de una América grande y fuerte, como en la que creció, en el hoy alicaído pueblo de West Virginia, Charleston, capital industrial de uno de los estados más pobres de Norteamérica, que abasteció de sal y carbón al noreste estadounidense el siglo pasado.
Cuando Joe me cuenta de su pueblo, no puedo dejar de pensar en el Uyuni, Uncía y Oruro, lugares donde vivió antes de la Guerra del Chaco mi abuelo Gastón. En las adornadas postales mentales que él nos pintó en su diario, las citadas comarcas eran prósperas poblaciones, paso obligatorio de empresarios mineros y donde se extraía el recurso que no debía faltar en ninguna mesa nacional de abolengo: la sal y el estaño. Más allá de los ajados recuerdos de mi abuelo, en la distancia se pueden ver unos indicadores para las élites de la época aceptables, pero muy distantes de lo que hoy se entiende por calidad de vida.
Igualmente Charleston para Joe era esa Comala, donde creció alrededor de su iglesia protestante, correteando por calles que circundaban boyantes fábricas que hoy ya no existen, quedando en su memoria algo así como un refugio lejano.
La ciudad, durante décadas bastión del Partido Demócrata, gran aliado de los sindicatos industriales, hoy se percibe devastada por esa idea de “globalización, por la invasión de inmigrantes y amenazada por el terrorismo musulmán”.
Ese es el mantra que el pastor de la iglesia protestante de Joe ha sabido capitalizar para que sus feligreses tengan una esperanza. Encontrar un coro que repita aquellas consignas que han logrado insertarse en el imaginario de los habitantes de poblaciones semi rurales en otros estados como Michigan, Pensilvania o Wisconsin: los norteamericanos supuestamente olvidados.
No importa que Estados Unidos en 2016 tenga un desempleo de 4,9 por ciento —de los más bajos entre países de la OCDE—. No importa que el país haya instaurado un programa de salud universal que dé cobertura a, precisamente, los olvidados de este país, aquellos con menos posibilidades. No importa que los últimos ocho años se hayan dado muchos de los avances más importantes en derechos civiles, específicamente en colectivos LGBT y minorías étnicas que en unos años serán mayorías. No importa que el norteamericano hoy viva en promedio 10 años más que sus pares hace medio siglo. No importa que la economía del país haya repuntado en dos legislaturas desde la peor crisis económica en nueve décadas a lograr tasas de crecimiento prometedoras.
Nada de eso importa. Para Joe, el hecho de estar sentado en medio de una ciudad en la que no nació —Washington DC— y a la que sus padres perciben como inútil para el resto del país, y estar obligado por las circunstancias a tomarse una cerveza con migrante boliviano que tiene por vecino, es una desgracia. Los nervios que le mantienen insomne ante la idea de no poder pagar 120.00 dólares para que sus hijos estudien en la universidad, se le presentan como señales del más absoluto fracaso.
Tras oírle la monserga una hora, termino mi cerveza callado. Pago la cuenta, me despido y me alejo en el autobús, pensando que Joe ha decidido el pasado 8 de noviembre apagar un incendio echándole un balde de gasolina.
El autor es gestor cultural
@fadriquei
Columnas de FADRIQUE IGLESIAS



















