Preámbulo al 6 de Agosto: la patria de las identidades

Columna
BITÁCORA DEL BÚHO
Publicado el 30/07/2026

Bolivia nunca ha sido un país fácil de explicar. Tal vez porque jamás fue una sola nación en el sentido clásico, sino un territorio donde conviven tiempos distintos, memorias distintas y maneras diferentes de entender el mundo.

Mientras otros países construyeron una identidad relativamente uniforme, el nuestro aprendió a existir entre superposiciones, contradicciones y encuentros. Quizá por eso el concepto que mejor la define no sea el de una identidad nacional única, sino el de múltiples identidades que se entrecruzan sin dejar de conservar su singularidad.

Durante 20 años, el poder intentó convencernos de que esa diversidad le pertenecía. La convirtió en un relato oficial, en un patrimonio político y en un instrumento de legitimación. Como si antes de ese proyecto no hubiera existido una Bolivia indígena, mestiza, criolla, amazónica, chaqueña, valluna o altiplánica.

Como si la pluralidad hubiese sido descubierta desde el pseudo Estado Plurinacional y no hubiera acompañado al país desde el nacimiento de la República. Se administró la identidad como se administra un ministerio: con discursos demagógicos, ceremonias chapuceras, símbolos y consignas improvisadas. Se confundió el reconocimiento con la propaganda y la reivindicación con la rentabilidad política.

Pero las identidades nunca fueron propiedad de un gobierno. Existían mucho antes de cualquier Constitución, de cualquier reforma o de cualquier caudillo desclasado pretendiendo atornillarse a la silla del poder. Estaban en las lenguas, en las fiestas, en las formas de producir, de creer, de celebrar y de nombrar el mundo.

En los mercados y en las minas, en los valles y en el altiplano, en las misiones chiquitanas y en las comunidades guaraníes. Eran diversas precisamente porque eran naturales. Nadie las diseñó desde un escritorio ni las decretó desde un Palacio.

René Zavaleta Mercado, sí, voy a continuar machacando con Zavaleta, comprendió esa realidad con una lucidez que continúa iluminando el presente. Cuando habló de la sociedad abigarrada no describía simplemente un país diverso. Describía una estructura donde distintos tiempos históricos conviven simultáneamente, donde economías modernas y precapitalistas, culturas ancestrales y urbanidades contemporáneas, formas de poder tradicionales y republicanas se superponen sin terminar de fundirse ni definirse.

Bolivia no es homogénea. Nunca lo fue. Su complejidad es precisamente su esencia.

Quizá el error histórico haya sido intentar reducir esa complejidad a una sola narrativa. El país no necesita que alguien le diga quién es. Necesita comprender por qué nunca logró convertirse en un "nosotros" plenamente compartido, aún hasta ahora, ese nosotros” sigue siendo una irrealidad, una quimera social y cultural.

En Bolivia: el desarrollo de la conciencia nacional, Zavaleta ya advertía esa preocupación por construir una conciencia colectiva sin negar la diversidad. No buscaba uniformar al país, sino encontrar los puntos de encuentro que permitieran sostener una comunidad política capaz de reconocerse en sus diferencias.

Conversando hace algunos años con el antropólogo y filósofo José Antonio Rocha, coincidíamos precisamente en esa preocupación. Él advertía que el tratamiento de la identidad había sido superficial, reducido muchas veces a un discurso de reivindicación sin una verdadera reflexión sobre su profundidad histórica. Recordaba, incluso, aquella conversación con un dirigente guaraní que decía con absoluta naturalidad: "Soy guaraní y tengo derecho a ser guaraní; soy cruceño y tengo derecho a ser cruceño; pero también soy boliviano y tengo derecho a ser boliviano". Difícilmente pueda encontrarse una definición más precisa de lo que significa habitar este país.

Porque las identidades no son compartimentos estancos ni excluyentes. Se acumulan. Se complementan. Una persona puede pertenecer simultáneamente a una comunidad indígena, a una región, a una ciudad y a una nación sin que una condición anule a la otra.

La riqueza boliviana reside justamente en esa suma de pertenencias y no en la imposición de una identidad dominante sobre las demás.

Sin embargo, el ciclo político que marcó las dos primeras décadas del siglo XXI terminó erosionando ese debate. El discurso identitario dejó de ser una búsqueda cultural para convertirse en una estrategia de poder, en una toma de las conciencias que sitiaron la reflexión y las libertades, personales y analíticas.

La diversidad comenzó a administrarse desde la burocracia y la demagogia. El aguayo pasó a ser uniforme oficial de faena populista; la wiphala, requisito de adhesión y de advertencia; los rituales ancestrales, escenografía institucional, un circo montado en plena plaza principal de la cultura boliviana.

La identidad dejó de ser una expresión viva para convertirse, demasiadas veces, en un instrumento de legitimación política y una máquina que generaba poder, corrupción y exclusión.

Paradójicamente, mientras se hablaba de dignidad y descolonización, se incubaba otra cultura mucho menos innoble: la del privilegio, el clientelismo, el oportunismo y la obediencia partidaria.

El mérito fue desplazado por el servilismo político; la ética pública cedió espacio a la conveniencia, a la impostura y al desprecio; el Estado dejó de ser un proyecto común para convertirse en un botín disputado por grupos de poder. Aquella promesa de construir una comunidad más justa terminó alimentando nuevas élites, tan cerradas y excluyentes como aquellas que decían combatir.

La Bolivia de hoy, sin embargo, aún conserva síntomas preocupantes de una oscilación entre lo moderno y lo primario, lo proyectado y lo tradicional ancestral.

El país atraviesa una crisis económica preocupante que profundiza las asimetrías sociales y económicas. Las filas por combustible, la escasez de dólares, la migración de profesionales, el crecimiento del comercio informal, el descontento ciudadano y la corrupción no solo conservan el sello del pasado, sino que exhiben el rostro más oscuro de un gobierno que no ha logrado convencer a los bolivianos de que vivirían una nueva era: más justa, más transparente y más libre.

¡Esta coyuntura aún no termina de ser parida! Desde el ámbito político, la inestabilidad, la corrupción y la incertidumbre propias del masismo más duro no han sido desterradas. Ese legado todavía pervive en el epicentro de este gobierno y, más que de manera tácita, parece cogobernar desde una lógica operativa y logística.

Las preguntas de antes siguen abiertas en el presente. ¿Qué significa hoy ser boliviano? ¿Existe una identidad nacional o solamente un conjunto de identidades que dialogan, se enfrentan y se transforman? ¿Hemos aprendido a vivir en democracia, o apenas somos observadores de ella?

¿Estamos logrado saldar nuestras diferencias, ahondadas durante 20 años de divisiones, lideradas por un Movimiento Al Socialismo que pretendió fundir una integridad defendida por mucho tiempo?

¿Qué hemos preservado y qué hemos perdido? ¿Hasta qué punto el discurso plurinacional y él liberador, liberal logró y está logrando, respectivamente, fortalecer una ciudadanía compartida y hasta qué punto profundizó nuevas fragmentaciones?

Zavaleta dejó otra reflexión que hoy cobra una vigencia extraordinaria. Advertía que las sociedades capitalistas tienden a homogeneizar a sus integrantes, mientras que las sociedades atrasadas suelen ser mucho más complejas y abigarradas.

Bolivia parece confirmar permanentemente esa intuición. Mientras el mundo avanza hacia formas cada vez más uniformes de consumo, comunicación y cultura, aquí persisten múltiples maneras de entender la autoridad, la comunidad, la economía, la ética, la transparencia, la unidad y el propio sentido de pertenencia.

También Octavio Paz, en El laberinto de la soledad, hablaba del disimulo como una forma de supervivencia colectiva. Ese disimulo no desapareció con la Colonia; simplemente cambió de vestimenta. Hoy ya no se oculta detrás del silencio, sino detrás de los símbolos.

Se reivindica aquello que resulta políticamente útil, se exhiben identidades como credenciales de legitimidad y se administran las pertenencias según las conveniencias del momento. Se cambia el lenguaje para que parezca que cambió el país, aunque las estructuras profundas permanezcan intactas. No se puede pretender hacer creer que todo está cambiando para que, en el fondo, no cambie nada. Y es precisamente esa contradicción la que comienza a alcanzar a la administración de Paz.

Quizá haya llegado el momento de abandonar la obsesión por encontrar una identidad definitiva. Bolivia nunca fue una respuesta sencilla.

Es una conversación inacabada. Un territorio donde caben muchas memorias y muchos futuros. La verdadera riqueza no consiste en obligarnos a compartir un mismo espejo, sino en aceptar que el país está hecho de infinitos reflejos.

Tal vez, después de tantos discursos, de tantas consignas y de tantas apropiaciones políticas de la diversidad, la tarea pendiente siga siendo la misma que intuía Zavaleta: construir un "nosotros" que no niegue las diferencias, sino que las convierta en una posibilidad de encuentro.

Porque Bolivia nunca dejará de ser abigarrada. La verdadera pregunta es si algún día aprenderemos a comprender esa complejidad y a gobernarla con madurez, justicia y transparencia, en lugar de utilizarla como instrumento de confrontación política.

El autor es comunicador social

 

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