Chiringolas periodísticas
Se fue mayo y junio vino con sus gélidas temperaturas obligando a buscar “ta’phachacus”, esos pasionarios niditos que queman más que un volcán pechito con pechito, aunque por fugaces minutos, pero que finalmente nos mantienen ardorosamente calientes, ahuyentando al frío invernal.
Ya casi vamos a medio mes y en dos semanas más, medio año estará adentro, metido en el pasado. ¿Qué nos dejó mayo? Si no fuera por la venerable fecha del Día de la Madre, diríamos que nada bueno, ¿o sí?
Veamos: Las empanadas fueron noticia. El rechazo de la primera dama de Estados unidos, hasta tres veces, de hacer “empanaditas” en público con su consorte durante su gira por Tel Aviv, Roma, Bruselas fue el notición que dejó mayo. Fue viral y hasta las cadenas noticiosas más importantes del mundo le han dado cobertura de primera. Qué pasaba si accedía a tomarse de la mano, ¿habría cambiado el rumbo de las intenciones de la gira presidencial de Trump?, ¿habría reconciliación entre palestinos y judios?, ¿el salvaje terrorismo de ISIS habría terminado?. Lo trivialesco ahora es noticia. En esas buenas épocas, el periodismo habría advertido del incidente, pero nunca la habría convertido en noticia de primera, dejando de lado lo más importante que cubrir. Se conoció aquí frente a ello, que los truts económicos de las archiconocidas empanadas Wistupiku, Wilsterman, La Paula y otras que se hornean en la calle Lanza, celosos por sus intereses, estaban a punto de querellarse por la desleal competencia publicitaria contra sus productos.
De chingada. Mayo también fue el escenario para el re–re–chuzaso de los periodistas deportivos: prohibir mediante circular no dar cobertura informativa sobre el Wilstermann y sus jugadores, fue el colmo de los colmos, un actuar por demás arbitrario, prepotente y nada profesional, y nada menos en el mes que se celebra el Día de la Libertad de Expresión, el Día del Periodista, de la comunicación por Internet. Tarjeta roja para los periodistas deportivos.
Pretender ser dueños de las noticias, publicar y disponer su administración a gusto y capricho de organizaciones gremiales, ordenando qué se cubre y qué no, es una actitud de abierta y directa censura a la libertad de expresión, asumida nada menos que por los propios “periodistas,” abanderados de la libertad de expresión. Toda una calamidad. Hasta podría calificarse como acto delincuencial, comparable a una artera y traicionera puñalada al derecho a la información. ¡Dónde están los tribunales de imprenta, dónde!
Hay que hacer hincapié en esto; los periodistas, deportivos o generalistas, o los empresarios de los medios no somos dueños de la información pública. Que se entienda, la información es propiedad del público, de la opinión pública, del ciudadano común. La titularidad de la información por derecho natural y jurídico le corresponde al pueblo. No se puede dejar de informar —aún sea algo que no nos guste—, ya que va contra los principios periodísticos, profesionales.
La chambonada parece tener origen en aquella especie de endogamia entre dirigentes y jugadores con los periodistas deportivos, en la que unos a otros se utilizan sin recato ni vergüenza, y como consecuencia de ello ambos se perdieron el mutuo respeto y se rompieron las fronteras establecidas entre aquellos que generan información y entre aquellos que la reflejan.
Y al iniciar junio, un bromista amigo decía en base a un titular periodístico, que la Gobernación y la Alcaldía, a pesar de sus antagonismos partidarios, finalmente ya legislan juntos y que ya producían leyes–canelas, seguramente un aromático producto con sabor y olor a nada de nada.
El autor es periodista
Columnas de JAIME D’MARE C.


















