Ahogamiento de Pulacayo
El 9 de octubre de 1959, hace 61 años, en el gobierno de Hernán Siles Zuazo, un telegrama remitido desde La Paz por Alberto Jara, entonces diputado y dirigente de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia, confirmaba el cierre de la Empresa Minera Pulacayo; el “ahogamiento”, la paralización total de las actividades laborales que en los hechos significó el despido de cerca de 7.000 trabajadores de la minería.
Comenzaría el penoso éxodo de unas 30 mil personas, los obreros, sus esposas e hijos y otros familiares. Tenían en mente de que se trataba de una momentánea operación logística de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol) el ente estatal regidor de las políticas mineras y –entre tristezas y alegrías– se marchaban aferrados a la idea de que la situación era pasajera y que más pronto de lo que se creía estarían de vuelta.
Entre lágrimas y “cuequeos” por medio, al ritmo de bandas de música improvisadas en la puerta de la gerencia, la casa que había construido el presidente Aniceto Arce, uno de los primeros dueños de la mina, comenzarían a despedirse de amigos y familiares con abrazos y lloriqueos. Como en el éxodo bíblico en busca “la tierra prometida,” se embarcaban en camiones que la empresa puso a su disposición, sin rumbo seguro, en medio de frustraciones y mayores desventuras.
La Comibol, había dispuesto el pago de finiquitos en el acto, a todo aquel que voluntariamente firmaba su carta de retiro y, como incentivo, les gratificaba con correr por su cuenta con un denominado “pago de embalaje” y el traslado de sus pocos bienes hasta la estación ferroviaria de Uyuni, unos 25 kilómetros al sur de Pulacayo.
Había que ver la caravana de motorizados que se enfilaban todos los días, a partir de esa fecha, rumbo a la estación.
En términos del liberalismo, diríamos que fue una de las primeras relocalizaciones mineras que desparramó por todo Bolivia a los pulacayeños, algunos incluso se fueron a países vecinos o a EEUU y Europa, de donde de vez en vez, aprovechando ahora el poder de la red Internet, preguntan por algunos amigos y echan de menos su pueblo. Anualmente, cada 1° de enero, se reúnen para rememorar, entre nostalgias, los cálidos tiempos vividos, el floreciente pasado de un pueblo del que muy poco se sabe.
La historia no podría prescindir de Pulacayo. En las luchas sociales, en la instalación del sistema capitalista, en la transición de un Estado todavía estancado en el colonialismo a pesar de ser ya república, forjó trascendentales transformaciones. En 1833, a tan solo ocho años de la fundación de la República, Mariano Ramírez, un español rezagado, tomó posesión de los intereses mineros en el mismo sitio en que, según la leyenda, años antes un otro español había caído junto a su cabalgadura en una hondonada.
Ramírez no consiguió generar rentabilidad y cumplir con las expectativas de sus socios, viéndose obligado a vender sus acciones a su concuñado, Aniceto Arce, allá por el año 1856, que con el tiempo transformaría por dos veces la sociedad accionaria. La última, en 1872, con la incorporación de capitales chilenos e ingleses en la Compañía Huanchaca de Bolivia, que significó la introducción de tecnología e incorporación de mayor contingente laboral.
En 1877 se dice que contaba con 1.500 asalariados y más de 10 mil indígenas para trabajos forzados y arrieros, trayendo ingenieros y asesores franceses, alemanes e ingleses para optimizar los recursos y tareas de explotación.
Incluso antes de la llegada del ferrocarril a Pulacayo, la transformación social y tecnológica ya atisbaba. Entre Huanchaca y Pulacayo, menos de 10 kilómetros de distancia, ya se había instalado un telégrafo, para controlar las tareas de concentración y explotación de la plata.
Una vez que irrumpe el ferrocarril, comienza una época de modernización del país. Basta decir que el transporte en acémilas, llamas y carretones que era habitual, comienza a transformarse con la presencia de humeantes locomotoras. Pulacayo fue el enclave de la transformación social, económica de la región. Marcó los cambios de toda una época poscolonial en otra de modernización. Hoy, Pulacayo, se carcome entre viejos techos de zinc, casas abandonadas, en la ingratitud de los gobernantes.
El autor es periodista
Columnas de JAIME D’MARE C.






















