¡Cochabamba, urgente!
(…) “No puede ser. Esta ciudad es de mentira. No puede ser que las brujas sonrían a quemarropa y que mi insomnio cruja como un hueso y el subjefe y el jefe de policía lloren como un sauce y un cocodrilo respectivamente no puede ser que yo esté corrigiendo las pruebas de mi propio elogiosísimo obituario y la ambulancia avance sin hacerse notar y las campanas suenen sólo como campanas.
No puede ser. Esta ciudad es de mentira. O es de verdad y entonces está bien que me encierren”.
Le arrebato de las sienes a Mario Benedetti este fragmento poético que en esencia es un pasado y un presente, un reclamo y una complicidad, necesidad y saciedad, existencia y ausencia. Así, como lo es para mí esta ciudad en la que habito, desde cuando supe que los atardeceres septembrinos con vientos delicados y lluvias cortas, traían aromas a flores, a árboles desprendiendo sus esencias, a tierra mojada. Campanillas de primavera que las posaba en mi puño y las reventaba para ver cómo teñían de morado mis manos. O afanado, corriendo tras “cortapelos”, cortando mi voluntad y haciéndome caer en la cuenta de que jamás los atraparía, mientras sus alas se mofaban de mi frustración.
Esa ciudad de verdad, que transitaba junto a mí como una sombra perpetua, o que yo caminaba junto a ella: libre, de una sola pieza, natural, ya no es más la misma, algo, ¿o mucho? de su figura se ha transformado, su luz se va consumiendo y con ella, su comunidad también se va desfigurado. ¡Ha dejado atrás esencias fundamentales!
La ciudad, decía Octavio Paz, representa los dos polos de la existencia moderna: el momento de la colectividad y el de la soledad más intensa.
A la colectividad le atribuyo taras y desasosiegos. Es la que con mucho contribuye para que la esencia de una ciudad se marchite, se anquilose o se reinvente. En Cochabamba, ya pocas flores, aromas, composturas y lisuras duran menos que un suspiro, o simplemente se esfumaron.
Y no es cuestión de estratos sociales, es un problema de educación y de actitud que involucra a todos. En Cochabamba, la mala educación, la soberbia y la intolerancia de su colectividad se ha globalizado. Parece que siempre viviera enfadada con el otro, sus actos se van reflejando en actitudes básicas: ignorar una buena luz roja sin remordimiento de conciencia y detenerse, obligadamente, en el próximo semáforo que está a escasos 10 metros de sus narices, y entonces uno no puede comprender esa ecuación: ¿por qué carajos se pasó en rojo, si igual tuvo que frenar su coche, contener su cabreo y exhibir su rostro desencajado, (emputado) para luego descubrir que, no se sabe desde qué época, en cada cuadra, existe un extraño objeto luminoso ubicado justo en frente de los ojos furibundos de la bestia colectiva?
Tirar la basura por la ventana de su vehículo con elegancia, pocas veces, con premeditación y alevosía, casi siempre, presumiendo a todo el universo de su mala educación y de ese pensamiento interno que le obliga a decirse así mismo: soy un patán incorregible y nada ni nadie podrá conmigo.
Mentarle la madre al que osó adelantarle y, con más énfasis, pisar el acelerador como si se tratara del pescuezo del crudo conductor que le arrebató la “tranquilidad” colectiva.
Esta ciudad no es de mentira y entonces estaría bien que esa soledad intensa que anota Paz nos encierre y nos hostigue sobre lo que perdimos u olvidamos. Las sociedades evolucionan en sus conductas básicas, comunes, sencillas. Podemos ser cada día mejores, sin dejar en el olvido amabilidades y complacencias, y no se trata de un discurso del Ejército de Salvación, se trata, pues, del arte de amar la vida como una forma de preservar las relaciones cordiales, colectivas, trascendentes. No puede ser que en esta ciudad las campanas suenen sólo como campanas. Estoy seguro de que tiene su son esencialmente enriquecedor que debe ser decodificado, su eco nos hará corresponsables de lo que se debe rectificar y asumir con hidalguía.
En Cochabamba, lo colectivo se ha convertido en intereses individuales. Mis libertades y derechos a hacer lo que me de la gana, comienzan cuando mueren los de las demás personas. Razonamiento retorcido que trae esencialmente el conformismo.
Esta ciudad de verdad, abraza la dialéctica del ni sí ni no, más bien todo lo contrario, su comportamiento es ambiguo y apático, hay un lenguaje sectario que cultiva su parcela sin importar su derredor.
Esta Cochabamba histórica que le tocó forjar y apechugar a nuestros antepasados hoy se ve largada de la mano de Dios y de sus autoridades, hay un aletargamiento preocupante y un silencio parecido a la estupidez que no crece, se sacia con el diario vivir y la panacea de ser ¿la capital gastronómica?
Todo queda en eslóganes, todo está como no tiene que estar: paralizada, quieta, conforme y silenciosa.
Entonces brota esa soledad intensa que reclama unidad e interrelación. Exige una identificación plena con su esencia, con lo que fue.
Su travesía histórica de provincia a ciudad todavía juega en el limbo de la decisión y el desarrollo, sus esquemas sociales se mueven entre lo suntuoso y lo paupérrimo.
Una contradicción que cada día distorsiona más el avance ideal hacia una mancomunidad uniforme y se convierte en una sociedad desordenada, intolerable, irrespetuosa e insegura.
Se la quiere porque se vive en ella, no porque se la luche y reclame para que sea una ciudad innovadora, progresista, educada, transformadora y cordial. Es de mentira cuando sus autoridades parecen buscar eternamente sus obras estrella en un “complicado” maquillaje que dure un año. Y nos venden la grandiosa idea de que se está trabajando para que sea una ciudad maravillosa.
Sin embargo, aún pienso que estos pagos jamás nos olvidan; que siempre nos recuerdan, nos resuenan en cada esquina, en la memoria, en cada trino, en cada puerta. Con frecuencia, la colectividad sí la olvida, pisando incluso su suelo. “Hablo de la ciudad, pastora de siglos, madre que nos engendra y nos devora.” (…) (Octavio Paz).
El autor es comunicador social.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.


















