Un golpe a contramano
En materia de golpes no hay quien nos ponga el pie encima, somos los campeones del mundo. Y hay golpes de toda clase, basta ver el variado repertorio que nos gastamos. Por ejemplo, ahí está el golpe de audacia que se mandó el joven Marito en Lima, al estampar –sorpresivamente– un beso en los labios a la tía Julia; ante el hecho, asombrada, ésta exclamó: “He cometido muchos errores en mi vida, pero éste no lo voy cometer, me dirían pues que estoy pervirtiendo a un menor. No lo voy a hacer”. Y lo hizo.
También hay de los llamados golpes bajos, de esos que hacen los vicepresidentes a sus propios jefes de Estado, como le hizo el Gral. Barrientos al Dr. Víctor Paz Estenssoro, en 1964. En la historia hay otros de similar consistencia. Dábamos los primeros pasos como república, y un día una asonada de cuartel hirió el brazo del Mariscal Sucre. Y, no obstante, como era magnánimo, al despedirse, nos dijo: “Aún pediré otro premio a la nación, y es el de no destruir la obra de mi creación”. No hemos destruido todavía, pero lo hemos intentado varias veces. Merecía ese premio don José Antonio. Y no se lo dimos.
Hay una relación triste de golpes, pero interesante. El llamado “corralito” de Villa Montes fue uno de ellos. Al verse depuesto en plena campaña del Chaco, el presidente Salamanca les dijo con amarga ironía, a los militares golpistas, entre ellos Busch y Peñaranda: “Es el único corralito que les resultó exitoso, pero lo hicieron a su propio presidente”.
Sigamos volcando páginas. El llamado “golpe demencial de Todos Santos” no se queda atrás en cuanto a su espectacular factura. En ese año de 1979 extrañamente se acumularon varios hechos de significación histórica. Bolivia recuperó la democracia después de soportar 14 años de dictaduras militares; ese mismo año se recordaba el centenario de la usurpación marítima. En la breve gestión que le cupo desempeñar a Wálter Guevara, logró que se realizara en La Paz la IX Asamblea de la OEA, de donde salió la resolución de apoyo continental a Bolivia. Fue un resonante triunfo diplomático. Y de yapa, esa mañana llegaban los difuntos del otro lado. ¡Qué insolentes son los plomos, ni a las almas respetan! Les metieron bala incluso a los que celebraban en la plaza de San Francisco la resolución de la OEA. Pero lo más singular fue la batalla que Chile nos ganó en La Paz, con ayuda de los golpistas bolivianos.
Pasemos. En estos días de rebelión contra el régimen que no cesa de dibujarse como dictador, los cívicos notificaron a Morales que a partir del martes ya no era presidente. La reacción de los beneficiarios afectados fue inmediata; si bien son ateos, echaron el grito al cielo, diciendo que lo de Santa Cruz era un golpe a la institucionalidad del país. ¡Qué curioso! Cuando eso mismo hace el jefazo no es golpe. En 2005 justificaba su pedido de que Mesa renuncie al cargo por la convulsión social; ahora existe eso mismo y de mayor envergadura, pero Evo no quiere renunciar.
Los golpes son variados, como decíamos. La lucha de hoy en las calles es por la democracia, por recuperarla; ya que ésta fue objeto de otro golpe en diciembre del año pasado. La democracia con sus normas, sus valores y sus principios es también una institución, pero le “metieron nomás”. Para que sea “golpe” o no, ¿depende de quién lo haga?
El autor es ciudadano de la república
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