Un país asfixiado
Son inservibles, todos ellos están cortados con la misma tijera; es como si llevaran el mismo ADN dentro. El virus, la muerte, el dolor, el miedo y la desesperación de todo un pueblo no cuentan; son sus intereses mezquinos los que se anteponen a todo. Sus ansias de hurtar y de enriquecerse, de forma ladina, no marcan diferencian entre ellos, por eso es imposible hablar de derecha, menos de izquierda; todos caben en la misma bolsa. Es gente sin escrúpulos y actúan bajo el mismo modelo. Son maestros y alumnos del timo, y hieden a corrupción.
Ni siquiera una coyuntura excepcional y mundial les ha tocado el lado sensible, es porque sencillamente no lo tienen. Están entrenados para dañar a su pueblo; a ese pueblo que no escarmienta y que todavía cree en ellos. No hay virus que se compare con ellos, son un lastre para la sociedad boliviana, una pandilla de pillos; seres carentes de principios éticos y morales, capaces de enlodarse unos a otros. Bestias incomparables, únicos en su género y en su modus operandi.
Ellos son la verdadera pandemia, seres indescriptibles, corroídos y podridos hasta el tuétano. Todo lo que tocan apesta, atufa y supura porque están infectados con la peor enfermedad, aquella que provoca más daño que cualquier otra y se resume en una sola palabra: corrupción, un mal que se arrastra desde siempre y muchas veces es aceptado por sus acólitos, en una actitud de complicidad inconsciente y bajo el argumento de "roban pero hacen".
Con mucha propiedad podríamos aseverar que "roban y deshacen". Sí señores, deshacen los pilares fundamentales de una sociedad, destruyen los valores, son una enfermedad incurable; son el peor ejemplo para las generaciones que les suceden. Su modo de actuar es nauseabundo y provoca asfixia, más asfixia de la que sufren los afectados por el coronavirus. Son capaces de jugar con el dolor de todo un pueblo, son criminales carentes de sentimientos que condenan a sus víctimas a la ruleta rusa.
Negociar con respiradores inservibles y con sobreprecio, en un momento como este, no tiene nombre. Han asfixiado y condenado a muerte a todo aquel que necesitaba de esos aparatos para salvar su vida. Un juego macabro que ha rebasado todo límite humano imaginable. Son jinetes de la muerte, aves de rapiña, hienas que siembran dolor por donde pasan. A eso se reducen los políticos bolivianos; seres sui generis, ladrones, usureros, capaces de asfixiar a su propio pueblo.
El autor es ingeniero ambiental
Columnas de RUBÉN CAMACHO GUZMÁN















