La filosofía del tonto útil
En política, hay que saber mirar mal para entender el trasfondo. Las elecciones generales del 18 de octubre tuvieron una antesala tensa, peleaban por el poder –un ganador, varios perdedores– pero ante la victoria inminente de Arce, se dilucidaron las verdaderas intenciones de los participantes en la carrera electoral, que eran, precisamente, ganar la presidencia del país.
El Movimiento al Socialismo (MAS), durante sus años de gobierno tuvo bancadas opositoras de diversos colores: rosado, (MNR); verde, (AS); amarillo, (UN); rojo, (PDC), sin embargo, siempre gozó de condiciones de gobernabilidad, y los opositores siempre fueron cuestionados por ser funcionales al gobierno de turno. Al menos, por mi parte, exigí que toda protesta llevase consigo una propuesta, empero, vanas fueron las críticas a una oposición carente de visión de Estado, incapaces de ver más allá de sus intereses oligárquicos y personales. La filosofía del tonto útil ya se iba percibiendo en el actuar de los opositores.
El tonto útil, posee cualidades contrapuestas respecto de lo que deseamos en una autoridad electa: egoísmo, resentimiento con aquel que piensa distinto, y poca coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Fueron estas cualidades las propias de la mayoría de aquellos que son parte del Gobierno de transición, y de muchos que respaldaron su gestión.
Nuestros gobernantes del nivel central, demostraron, que son políticos de oposición, más no, políticos de gobierno. En sus meses al mando de la administración del Estado no cambiaron su actitud de seguir culpando al pasado por el presente. Al parecer, hasta ahora, a días de dejar el poder, no son conscientes de que son gobierno. En la acera del frente se encuentra el MAS. Su actitud autoritaria, y su mala praxis de eludir el debate, los definió como “levanta manos”, obligados a agachar la cabeza y aprobar, en la Asamblea Legislativa Plurinacional, toda decisión, previamente decretada por la élite de poder a la cual deben sus cargos. Ambas fuerzas, tanto de oposición como de gobierno, demuestran día a día su falta de respeto a la institucionalidad democrática y nosotros, los ciudadanos, somos quienes pagamos la factura por lo que hacen, por lo que no hacen, y por lo que dejan de hacer.
La “multicandidatitis”, es un problema que arrastramos desde la recuperación de la democracia en 1982. Resulta que, para muchos, la democracia sólo sirve hasta que haya peligro de que cambie algo, y si están en peligro sus privilegios, no hay límites para buscar justificaciones a su derrota. Entre los malos perdedores, tenemos a las plataformas ciudadanas, y algunos pseudoprofesionales, intentando reavivar el discurso de “fraude electoral”; y excandidatos como Mesa, mirando a los demás por encima del hombro; y Camacho, presumiendo sus 20 escaños en la Asamblea Legislativa Plurinacional gracias a su discurso regionalista y caudillista. Estos actores sólo demuestran una actitud de doble moral respecto de lo que entienden por democracia. Dicen luchar por la democracia, pero tal vez, es lo último que desean.
El escritor Eduardo Galeano, decía: “Hay gobiernos que llegan a través de elecciones, pero que no son democráticos, son dictaduras encubiertas”. La filosofía del tonto útil se ha incrustado en la conciencia de los ganadores y los perdedores. No pretendo mirar el vaso medio lleno, o medio vacío, procuro analizar desde una perspectiva realista, y a pesar de que se muestran nuevos rostros en gran parte de los órganos del Estado, hasta el momento, no hay indicio alguno de que conlleven una renovación de ideas políticas.
Nosotros los ciudadanos, hemos criticado el sistema, pero no vamos en contra de él, muchas de nuestras actitudes, son aquellas aludidas al tonto útil, pero el problema no es haberlas practicado, el problema es no corregirlas.
El autor es abogado, egresado de maestría en Gestión de Gobierno y Políticas Públicas

















