“El ejército ciego”, la novela con la que David Toscana ganó el Premio Alfaguara

Cultura
Publicado el 09/08/2026 a las 8h17
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Carlos Aletto/ Narrador y periodista cultural

La literatura occidental hizo de la ceguera, por lo menos, cinco cosas distintas: revelación, como en Tiresias; expiación, como en Edipo; astucia de supervivencia, como en el ciego de Lazarillo de Tormes; metáfora de la condición humana, como en Sabato; y, más raramente, reorganización del mundo, cuando la ceguera deja de ser mera carencia y funda otra norma perceptiva, sensible y hasta política.

En esa última tradición se inscriben tres obras decisivas. En El país de los ciegos, H. G. Wells invierte la idea de que ver otorga superioridad: en un valle de no videntes, la vista del forastero aparece como anomalía. En Ensayo sobre la ceguera, José Saramago convierte la pérdida de visión en epidemia y hace de ella una prueba extrema de la fragilidad civilizatoria. En Los ciegos, de Maurice Maeterlinck, la espera de un guía ya muerto vuelve la ceguera desamparo y suspensión. Tres modulaciones de una misma idea: la ceguera como cambio de régimen de realidad.

A esa genealogía se suma ahora El ejército ciego, la novela con la que David Toscana obtuvo el Premio Alfaguara 2026. Y lo hace con una torsión singular: Toscana no trabaja la ceguera como atributo de una conciencia individual ni como simple metáfora social, sino como experiencia histórica, colectiva y militar. Lo suyo no es el ciego excepcional ni la ciudad entera que deja de ver, sino una multitud de derrotados a los que el poder imperial arranca los ojos y convierte en desecho humano. Sobre ese núcleo atroz -los soldados búlgaros cegados por orden del emperador Basilio- la novela construye una épica de los mutilados, una contraepopeya en la que la derrota material deviene, inesperadamente, potencia táctica y memoria insurgente.

La anécdota histórica es conocida: tras la derrota búlgara (29 de julio de 1014), Basilio manda cegar a miles de prisioneros y los devuelve a su tierra. Toscana toma ese dato de crónica y lo expande con una imaginación feroz y controladísima. La novela se despliega en capítulos breves y móviles que reconstruyen el castigo, los oficios de quienes ejecutan la mutilación, las derivas de los sobrevivientes, la reorganización del reino bajo Gavril Radomir y, finalmente, la conformación de una fuerza insólita: un ejército de ciegos apto para combatir allí donde los videntes fracasan, en la noche, en la desorientación, en el terreno donde la vista ya no organiza el mundo.

La función de la ceguera en El ejército ciego no es, por eso, ni mística ni meramente alegórica. Empieza siendo castigo, humillación, tecnología del terror; pero Toscana la transforma en otra cosa. La ceguera pasa a funcionar como reorganización sensorial, comunitaria y estratégica. Sus personajes aprenden a oír de otra manera, a medir distancias, a orientarse por ruidos, texturas, respiraciones y vibraciones. La mutilación se convierte en el principio de una nueva aptitud histórica. Allí reside el hallazgo mayor de la novela: tomar un hecho negativo absoluto y trastocarlo en energía táctica, en forma de resistencia, incluso en ventaja militar.

No se trata, desde luego, de una redención sentimental. Toscana evita el consuelo edificante. Sus ciegos no son santos ni víctimas puras. Son hoscos, burlones, crueles a veces, imaginativos, supersticiosos, corpóreos hasta el exceso. La novela trabaja con materiales bajos -sangre, grasa, salmuera, barro, herrumbre- y desde ahí levanta una forma de grandeza narrativa. Hay en estas páginas algo homérico y algo carnavalesco, algo de crónica medieval y de farsa negra. El resultado es una prosa en la que conviven la elevación épica y el detalle grotesco, la invención verbal y la sequedad del recuento. Toscana no sublima la violencia: la administra con una mezcla de exactitud y desmesura que hace del horror un mecanismo narrativo de alta densidad estética.

El centro de gravedad del libro es Kozaro, el escriba ciego. Su figura remite, inevitablemente, a Homero, a Borges y a toda una estirpe de ciegos para quienes perder la visión no implica dejar de ver el mundo, sino fundar otra relación con la memoria, la voz y el relato. Kozaro no es un simple testigo: es el instrumento a través del cual la novela piensa el problema decisivo de toda épica, el de quién escribe la historia. Si los vencedores imponen su versión, ¿qué hacer con los hechos que no caben en el archivo oficial? Si los cronistas del poder no consignarán jamás que un ejército de ciegos hizo retroceder al emperador, entonces la escritura de Kozaro se vuelve gesto de resistencia. El escriba ciego no registra solamente lo ocurrido: rescata del borramiento aquello que la historia de los vencedores no puede permitirse ver.

Junto a Kozaro aparecen otras figuras memorables. Está Samuel, cuya muerte inaugura la novela bajo el signo del espanto. Está Gavril Radomir, heredero del reino y conductor de la reconversión militar. Está Basilio, enemigo imperial cuya violencia funda la tragedia y, sin quererlo, la posibilidad de la revancha. Está maese Zósimo, el maestro sacaojos de Constantinopla, técnico del suplicio y artesano monstruoso de la mutilación. Y alrededor de ellos se mueve una galería riquísima de personajes secundarios como Prémeld, Moskono, Nikifor, Yanko, Aleksi, Timotéi, Apóstol, Bromo el cerdo, que no adornan el relato: lo espesan, lo vuelven coral, le dan respiración colectiva. Toscana sabe que una epopeya no se sostiene solo en héroes individuales, sino en la vibración de un mundo completo.

Uno de los mayores logros formales de la novela es su composición. El ejército ciego está hecha de fragmentos que avanzan, retroceden, se bifurcan y regresan. Toscana alterna la narración de los hechos bélicos con escenas laterales, biografías mínimas, episodios grotescos, supersticiones e invenciones tácticas. Esa estructura fragmentaria no dispersa la materia; al contrario, le da cualidad coral. La novela no cuenta solo una historia: construye un ecosistema de voces, oficios y cuerpos alrededor de una catástrofe. Lo notable es que nunca pierde tensión. Cada desvío añade espesor al mundo narrado y refuerza la hipótesis central: que la ceguera no anula la experiencia, sino que la redistribuye.

También en esto Toscana se aparta de Saramago, Wells y Maeterlinck. Donde Wells compone una parábola filosófica, Toscana arma una épica materialista; donde Saramago hace de la ceguera una gran alegoría ética de la modernidad, Toscana la ancla en la historia, en la guerra, en el barro de los cuerpos; donde Maeterlinck cifra en los ciegos una espera metafísica, Toscana los vuelve agentes de una reorganización activa.

Hay, además, un movimiento de fondo que vuelve a la novela especialmente valiosa. En tiempos en que la literatura histórica suele caer o bien en la reconstrucción ornamental o bien en la alegoría obvia del presente, Toscana encuentra un tercer camino: hace de la historia un laboratorio verbal y moral. El pasado no aparece como decorado exótico, sino como campo de experimentación narrativa. La Edad Media balcánica, con sus zares, patriarcas, verdugos, monasterios, pescaderos, caballos y campamentos, es al mismo tiempo un mundo preciso y una máquina de pensar. El lector entra en una época remota, sí, pero también en una pregunta persistentemente actual: qué puede hacer una comunidad con aquello que el poder quiso convertir en pura pérdida.

En definitiva, El ejército ciego se instala en una tradición vasta no para repetirla, sino para desplazarla. Su apuesta consiste en sacar la ceguera del ámbito exclusivo de la metáfora o del destino individual y devolverla al terreno de la guerra. Y al hacerlo encuentra una forma narrativa extraña y poderosa: la de una épica de los vencidos que, aun borrada por las crónicas oficiales, persiste en la voz de un escriba ciego. Allí, en esa voz que narra lo que no debía haber ocurrido, late la verdadera grandeza del libro.

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