Cubanos

Columna
Publicado el 12/12/2020

He tocado varias veces el tema, pero no me canso: la literatura puede ser en muchas ocasiones no solo un auxiliar de la historiografía sino también su necesario complemento. Porque distinto es conocer la narración de los hechos –sus vinculaciones, sus causas, sus efectos, su pertenencia a procesos macrohistóricos– que leerlos vividos por actores que, aunque imaginarios, condensan en sí las características de muchos otros actores históricos.

Gracias a la literatura, no importa que no sea verídica, tenemos acceso a una dimensión que podríamos denominar, intrahistoria. De ahí que, si alguna vez me hubieran solicitado dirigir un seminario sobre historia cubana, habría incluido, junto a la bibliografía especializada, algunas novelas de Guillermo Cabrera Infante, así como varias de Leonardo Padura, partiendo por el Hombre que amaba a los perros, pasando por la Transparencia del tiempo, hasta llegar a la bien tramada Como polvo en el viento.

Como polvo en el viento sería también apta para un curso de una nueva disciplina –ya establecida en universidades europeas– denominada: Sociología de la Emigración. Me explico: la historia de Padura narra las vidas difíciles de personajes como Clara, Darío, Elisa, Bernardo, Fabio, Lubia, Horacio, Irving y otros jóvenes que desde los años universitarios formaron un “clan” de relaciones entrecruzadas con intrigas, insidias, envidias, pero también con amistades fieles, con mucho sexo y, por supuesto, con el amor.

Narra también ese momento crucial en el que los jóvenes, uno a uno, deciden irse de la isla, no aguantando más la falta de perspectivas que ofrece una sociedad desarticulada, vuelta peligrosa y hambrienta, arruinada con maldad y alevosía por su propio Estado. Todos impulsados por un anhelo no político ni ideológico: vivir una vida sin miedos ni carencias fuera de ese lugar sórdido en donde quieren hacerte creer que “se puede construir una sociedad mejor dándole patadas a la gente”. O como decía el físico Horacio: De “un sitio en donde se practica una ideología con principios indiscutibles, sobre-humanos, cánones ya establecidos por la Historia, en donde la opción de pensar mucho, en ocasiones no resultaba demasiado favorable”.

En fin, los cubanos se van impulsados por el deseo de los deseos, el más pre-histórico y el más moderno de los deseos: el deseo de ser en el mundo.

No estamos hablando por cierto de todos los cubanos que se han ido y seguirán yéndose. Padura enfoca solo a miembros de un grupo social: profesionales egresados de universidades gracias a las facilidades que en un comienzo otorgó el régimen. Ni artistas, ni poetas, ni mucho menos, políticos. Ejercen profesiones como la física, la medicina, la arquitectura, la ingeniería, y otras similares. Todos con excelente formación y gran capacidad de aporte pero que, en los marcos fijados por el sistema, llevan una vida miserable, sin opciones, sin posibilidad de desarrollar sus talentos en términos medianamente aceptables. Como dedujo con su racionalidad el físico Horacio mientras miraba el mar, toda acción provoca una reacción: y si aquí no se puede vivir, pues hay que irse. En suma, ninguno de los que se fueron puede ser considerado, en el sentido exacto del término, un exiliado político.

Aunque parezca extraño, el exilio cubano no es ni ha sido un exilio predominantemente político a menos de que queramos otorgar al término político una connotación que no le corresponde.

Un exiliado político es por definición alguien que ha debido huir de su país por razones políticas. No fue el caso de ninguno de los personajes de Padura, como tampoco lo es el de la mayoría de los cubanos que huyen pues uno de los “méritos” del castrismo es haber destruido la política como modo de comunicación ciudadana. Para decirlo con un ejemplo, el caso de los exiliados cubanos –si es que insistimos en llamarlos así– tiene poco que ver con exilios como el de los españoles durante la Guerra Civil o, en términos más reducidos, el de los chilenos durante Pinochet.

Los exiliados políticos son políticos, o sea, militantes o activistas o simpatizantes de partidos políticos. Cuando van al exilio hacen política de exilio. Todo lo artificial que sea, pero hacen lo que ellos imaginan, es política. Por de pronto, se lo pasan en reuniones, siguen con avidez las noticias que llegan “desde el interior”, reciben a los políticos “nativos” en sus giras internacionales, participan en actos político-culturales, descuidan aspectos de la vida real pues viven situados en un espacio suspensivo marcado por una huida y un –supuesto– regreso. En fin, creen ser la retaguardia exterior de una vanguardia heroica que actúa en el interior. A la memoria me viene el recuerdo de un profesor comunista español quien, habiendo pasado más de 40 años en Chile, repetía, sin asomo de ironía, “yo estoy de paso”. Hay exiliados políticos que han vivido casi toda su vida “de paso”. No así los emigrados cubanos. Ellos, en su gran mayoría, se fueron para no volver.

Un verdadero exilio político ocurrió cuando Castro se hizo del poder. Los primeros emigrantes salieron del país por razones –todo lo turbias que se quieran– políticas. La persecución castrista a los que tuvieron que ver, real o imaginariamente con el “antiguo régimen”, fue despiadada. Paredón, paredón, y más paredón. Las olas siguientes ya no fueron políticas. Fueron más bien sociales. Motivadas por el hambre, en el caso de los lancheros y balseros, o por la miseria extrema, como los que se refugiaron en embajadas durante el aciago 1980. Exiliados económicos, los llaman algunos periodistas. El término más correcto sería, despatriados. Como los personajes de Padura quienes salieron a buscar otras patrias porque en la que nacieron ya no podían o no querían más vivir. Esa patria se reduce a veces a palabras muy simples: casa, carro, comida.

El objetivo de cada despatriado es encontrar una patria. Por lo general tienen dos alternativas extremas. O reconstruyen su patria en otra patria o se asimilan a una adoptiva. En los dos casos hay una pérdida de patria. En el primero recrean una patria original, pero idealizada. Si son muchos –y los cubanos despatriados son muchísimos– ocupan un territorio urbano en otra patria y fundan una réplica más o menos similar de la que abandonaron. Es el caso de la ciudad Hialeah, donde casi solo viven cubanos que hablan, gesticulan, comen, cantan, bailan como cubanos, pero pagan impuestos estadounidenses. El otro extremo, el de la asimilación, es aún más trágico. Fue el caso del médico Darío, esposo de Clara quien, abandonando mujer, casa e hijo, intenta en España ser más catalán que los catalanes, tan catalán que se vuelve nacionalista catalán, habla solo en catalán, dice despreciar al imperio de Madrid y –aunque solo entiende de beisbol– no se pierde ningún partido de fútbol en el Camp Nou. Todo eso dura hasta que se encuentra con otro cubano. Ahí cae la gruesa máscara, su “falso yo”, y vuelve a ser el mismo médico atormentado que abandonó la isla.

Cubanismo y asimilacionismo no son sino las dos caras de una misma moneda. Mediante una, los cubanos reprimen la Cuba real, la de sus recuerdos, edificando una réplica adinerada, próspera y gozadora. Mediante otra, ocultan a la patria de su juventud, hasta que esta no aguanta más y explota a borbotones.

Triste destino ese, el de la primera generación de despatriados. Nunca dejaron de vivir en el pasado. Un pasado –el de la niñez y el de la juventud– que no deja de existir, o como dijo Faulkner, “un pasado que ni siquiera ha pasado”.

No obstante, esos despatriados habrán cumplido, quieran o no, una tarea de pioneros. Quienes los continuarán, los de la segunda y tercera generación, ya no serán cubanos: serán boricúas, españoles, estadounidenses y muchas otras cosas más. Sin embargo, en sus gestos, en el modo de bailar, en ese saber pasarlo bien, seguirán siendo cubanos sin darse cuenta que, como cada uno de nosotros, unos más otros menos, son el resultado de fragmentos de otras culturas que a través de generaciones se manifiestan de pronto en un gesto que creemos personal y solo es el de un abuelo emigrante. Somos, en fin, polvos que se lleva el viento, arrastrados por la fuerza del “angel de la historia”, como intuyera la pintura de Paul Klee.

Quiso la suerte o el destino que durante mi lectura de la novela de Leonardo Padura hubiera irrumpido en Cuba un movimiento de protesta juvenil y cultural: el Movimiento San Isidro. Son los hijos o los nietos de los que de la isla no se fueron, pensé de inmediato. De seres como Clara y Bernardo quienes en la novela de Padura no pudieron o no quisieron irse. Esos jóvenes de ahora, a diferencia de sus predecesores, no arrastran consigo culpas ni traumas por haber amado lo que después condenaron. Tal vez algunos de ellos también se irán, pero no huyendo de sí mismos, como fue el caso de la bella Elisa, en la novela de Padura.

Movimientos como el de San Isidro, y otros que seguramente lo sucederán, trazarán los rasgos de una nueva Cuba, un país como otros países, un país desde donde se podrá salir y regresar con la mayor naturalidad del mundo, un país donde sus ciudadanos disputarán políticamente sin ser vigilados por nadie, un país donde será posible poseer casa, carro y comida, sin tener que ir a buscarlos más allá de los mares. Los cubanos ya han padecido demasiado. Merecen un mejor destino. Uno en que no tengan que hacerse la pregunta que se hacen todos los personajes de Padura: “¿Qué coño fue lo que nos pasó?”

 

El autor es filósofo, polisfmires.blogspot.com

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