Galaxias
Hace años, por cuestiones de trabajo, tuve la oportunidad de viajar a la zona del Tipnis, particularmente a Limo del Isiboro. Casualmente, en el pueblo se presentaba una docuficción sobre la vida de los yuracarés y en la que actuaba por lo menos la mitad de la población de la pequeña comunidad. Uno de los sucesos más dulces que presencié en mi vida, fue cuando se proyectó la película en plena casa comunal y casi todos los espectadores/as gritaban de júbilo cada vez que se reconocían en la pantalla, cosechando un caluroso aplauso del resto.
El director de esa docuficción era Luis Mérida Coimbra, poéticamente apodado Pájaro Mérida. Con la pasión de una ornitóloga aficionada, le dije que me fascinaba su sobrenombre, entonces él me contó que el apodo se debía a su flaca y espigada figura que asemejaba al porte de un cuervo. Siendo que los cuervos me caen muy bien y están entre mis bichos preferidos, el Pájaro Mérida y yo nos hicimos buenos amigos y compinches de tertulias y letras, siempre suculentamente alimentadas con jazz y bossa nova.
La del Pájaro Mérida es una de las tantas muertes que tuve que lamentar estas semanas porque aparte de mi entrañable amigo, también me tocó hondamente la partida de varios miembros de la familia Pardo, la de mi compañera Ely Ferrufino Hurtado, la de la activista transexual Rayza Torriani, la del periodista Boris Miranda.
Sé que son muchos/as los que están sumidos en situaciones de tristeza, despidiendo a los seres que les son más queridos, dejando ir al familiar, al amigo/a, al compañero/a, por tanto, advierto que tal vez no exprese nada nuevo y dudo mucho que este artículo sea consolador. Empero, por esta vez, no me nace más que escribir para el desahogo. Sepan disculparme.
Últimamente, estoy mirando más el cielo, me gusta atisbar lejanas estrellas, misteriosos cúmulos, el atisbo refulgente de distantes galaxias. La contemplación del cielo es como toparte con una pizarra de conocimiento inaccesible para el ser humano, donde la única certeza es la compleja enormidad del universo frente a nuestra microscópica pequeñez. Y esa terrorífica certeza te hace rogar quién sabe a quién, esa pavorosa certeza conlleva la súplica de efímeras criaturas mortales que se consuelan cantando rezos a enarbolados dioses remotos y/o míticas criaturas que, se supone, nos protegen.
Sin embargo, no queda más que aceptar que todo lo que conocemos del ciclo de la vida nos indica que el orden cósmico se rige por la levedad de las cosas y los seres. Incluso la increíble enormidad de las galaxias cumple su curso y hasta las estrellas se extinguen. Y es a través de la muerte que el animal autoproclamado a “imagen y semejanza de Dios”, se equipara al más “insignificante” “bicho”, siendo que ambos, infaliblemente, componemos el misterioso tejido donde la finitud es lo que consagra la renovación.
Más de paso, hoy tenemos suficiente conocimiento para saber que la Tierra es apenas un punto imperceptible en una grandeza inimaginable. Vivimos gracias al calor de una estrella, que es una entre miles de millones de estrellas. Y el sistema solar está ubicado en el extremo de una galaxia que es una entre miles de millones de galaxias. Entonces, ¿qué otra cosa podemos ser, sino diminutos microbios, en las escalas de tamaña inmensidad?
De todas maneras, a pesar de la ineludible única certeza que tenemos como seres mortales, cómo cuesta aceptar la finitud. Cómo cuesta admitir que nuestros seres queridos son finitos, que la felicidad, el asombro y la euforia son finitas, que la luz de la vida es finita. Durísimo consagrar que la muerte no tiene que ver con el merecimiento, la justicia o la probidad, ni con nada que esté a nuestro alcance. Como decía Milan Kundera, no queda más que asumir la insoportable levedad del ser.
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA




















