Regalos para Cochabamba
Sobre lo llovido mojado: una vez más vivimos otro aniversario de Cochabamba anegados del humo que dejó la “patriótica” pirotecnia. ¿Era necesario hacer nada más y nada menos que tremendo show de humo en la ciudad más contaminada de Bolivia?
De todas maneras, la belleza primaveral de septiembre se resiste a desaparecer y ello genera alguna esperanza. Quién sabe las exiguas higueras y molles atraigan un gnomo o duende que nos conceda deseos o milagros, lindo es soñar. En el marco de ese sueño septembrino, ¿qué le regalarían a la devastada Cochabamba?
Pienso en voz alta:
¿No sería hermoso regalarnos árboles? Que reviva la estampa del valle plagado de los psicodélicos colores de los jacarandás y chillijchis, que la tierra se vea humedecida por la generosidad del molle y del sauce, que sean posibles las tranquilas caminatas bajo la sombra de las tipas, los carnavalitos, los algarrobos. ¿Será demasiado sueño que las políticas públicas tomen en serio el cuidado y protección de los árboles y que se dejen de cometer, impunemente, los delitos contra ellos?
¿No sería fundamental regalarnos agua? Que se comprenda que la deforestación genera lo que hoy padecemos: sequía desértica, falta de agua. Que los proyectos como Misicuni dejen de ser botín politiquero y se tomen, de una vez por todas, con seriedad y profesionalismo. Regalémonos lluvia. Que los chiwalos, con su dulce canto, nos anuncien la buena nueva de la lluvia y que no sean tan escasos los arcoíris. Que sobreviva la exuberancia de los bosques permitiendo las tormentas. Regalemos a Cochabamba la lluvia del Tipnis y de la Amazonia.
¿No sería crucial regalarnos aire limpio? Que se priorice el uso de la bicicleta, que se eduque para respetar e imitar a los peatones. Que los transportistas y ladrilleras también piensen en el bien común y no sólo en sus beneficios. Nos regalaremos enormes bosques urbanos, que se tripliquen las áreas verdes, que se construyan parques, viveros, huertos, vergeles y no estadios, patinódromos, distribuidores vehiculares. Nos regalaremos al cerro San Pedro verde y florido.
¿No sería elemental regalarnos el manto nevado del Tunari? Que dejen de quemar, cada año el Parque Tunari ante la esforzada impotencia de ciudadanos que tratan de paliar el desastre con sus limitados recursos. ¿Será utópico sueño que las autoridades y funcionarios nos regalen algún día la protección del Parque y que ello se traduzca en políticas públicas, serias, claras, velando por el bien común?
¿No sería excelso regalarnos el cantado “hermoso verdor” del río Rocha? Que nuestros ríos dejen de ser basurero colectivo, vertedero de aguas negras, mingitorio público. Que vuelvan los días de los chapuzones refrescantes en aguas transparentes, de los efímeros amores en las orillas de los cauces, la contemplación calmada de la vida al cobijo de sauces llorones.
¿No sería coherente regalarnos a la famosa “Kocha Pampa”, la pampa de lagunas? Que se tome en serio la recuperación de la laguna Alalay y que deje de ser rehén de intereses mezquinos. Que sobreviva la laguna de Coña Coña a pesar de la insistencia de colocar cemento en sus alrededores. Que perdure la laguna de Quenamari, limpia, llena de aves.
¿No sería lógico regalarnos obras y proyectos que respeten el bien común y las reales necesidades de la gente? Que dejen de abundar los “elefantes blancos” y los caros y vacíos espectáculos. Que acaben los discursos huecos, los caudillos de turno, el despilfarro de recursos en proselitismo. Que la salud deje de ser una cuestión de “suerte”, la educación un privilegio y que se empiecen a consolidar los derechos fundamentales para todas/os.
¿Será que algún día alcanzaremos esos regalos soñados? ¿Los lograremos alcanzar antes de que sea muy tarde?
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA





















