Salvemos a Amparo
El 2 de junio del año presente, grupos de choques a fines al gobernante MAS ocuparon a la fuerza el edificio de la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos de Bolivia (Apdhb), en La Paz. Desde entonces, su presidenta, Amparo Carvajal, de 84 años y gravemente enferma, está de vigilia en la intemperie frente a sus puertas selladas y con temperaturas que rayan en los cero grados en las noches, a veces sin poder ni siquiera usar un baño.
Desde hace tiempo ella estaba en la mira porque denunciaba constantemente las violaciones a los derechos humanos por parte del Gobierno, y especialmente por su defensa a Jeanine Áñez, aunque ciertamente no comparte simpatías ideológicas con ella. Cuando la quería visitar en la cárcel no la dejaron entrar. La anciana se sentó en los duros escalones frente a la reja de la prisión hasta que las autoridades cedieron y abrieron la puerta. No se cansó de calificar el juicio contra la expresidenta de "políticamente motivado y controlado". En respuesta fue atacada a todos los niveles posibles y el edificio de la Asamblea fue pintarrajado con consignas políticas.
Mi esposa y yo conocimos a Amparo a finales de los años 80 en Pasankeri, La Paz, compartiendo con ella algunas actividades respecto de los proyectos sociales que había fundado allí con su leal colaboradora María Eugenia Cárdenas en favor de los más necesitados. La última vez cuando Guisela y yo la visitamos, era para quejarnos de las trabas estatales que sufrimos al realizar un trabajo con nuestro proyecto de educación alternativa en Cochabamba, comentando que estábamos pensando seriamente en dejarlo. Entonces Amparo nos miró con sus ojos claros y su arrugado rostro se arrugó aún más al sonreír. "Ustedes son wawas en comparación conmigo", nos reprendió suavemente. "Mírenme no más a mí, yo si estoy vieja…".
El currículum de Amparo Carvajal está, no caben dudas, marcado por el coraje civil. Nació en Riaño, España, en 1939. De joven ingresó en la orden Mercedarias Misioneras de Bérriz y llegó a Bolivia en 1971, poco después del sangriento golpe de Estado del general Hugo Banzer. Su trabajo consistía, en parte, en visitar a los presos políticos para darles apoyo material y moral. En esa época también fue cofundadora de la Apdhb, de la cual actualmente es presidenta, pese a quien pese.
A finales de 1977, su actitud fue decisiva para que un grupo de activistas, como el padre jesuita Luis Espinal y Domitila Chungara, esposa de un minero detenido, iniciaran una huelga de hambre para obligar a la junta militar a hacer reformas democráticas y liberar a los presos políticos. Cuando se debatió en la Asamblea de Derechos Humanos si apoyar o no la huelga, dijo lacónicamente: "Al final, para esto hemos fundado la Asamblea, para entrar en acción y no para charlar —y esta es la oportunidad para hacerlo".
En 1980, Amparo Carvajal renunció a su orden religiosa porque ésta se retiraba de Bolivia. Fiel a sus principios, quiso seguir trabajando por el retorno a la democracia y por los proyectos sociales que estaba iniciando en su segunda patria. Finalizando la visita que ya mencioné, le preguntamos si no tenía miedo de que le pasara algo. A su manera directa, respondió, así de literal, con su acento típico: "¿Miedo de qué? De todos modos, pronto voy a estirar la pata... ".
Y ahora, ¿vamos a esperar que muera Amparo Carvajal en su vigilia frente a la casa de la Asamblea? ¿Nadie va hacer nada al respecto? ¿A tanta indolencia e indiferencia hemos llegado, dejar a una mujer anciana y enferma morir en la calle?
Estas fueron las últimas declaraciones que pronunció ella frente a un medio de comunicación y hay que tomarlas muy en cuenta: “Si estoy sentada me duele mucho la espalda, si me echo, incluso ese dolor es más fuerte. Pero la gente del MAS que quiere sacarnos ha ofrecido mandarme un ataúd, y van a tener que hacerlo porque solo muerta dejaré esta medida".
El escritor es educador y escritor, miembro del PEN-Bolivia
Columnas de STEFAN GURTNER

















