El valor de los amigos inesperados
Vivimos en tiempos paradójicos. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, pocas veces nos hemos sentido tan solos. Las redes sociales multiplican contactos, los teléfonos acortan distancias y la tecnología permite conversar con alguien al otro lado del mundo. Sin embargo, la amistad verdadera, aquella que se construye con tiempo, confianza y presencia, parece haberse convertido en un bien cada vez más escaso.
Solía pensar que las amistades más profundas nacían en la juventud y que, al llegar a la vida adulta, las personas simplemente administraban los vínculos construidos durante años. Sin embargo, una experiencia reciente me demostró que estaba equivocada. Hace algunos meses, descubrí que algunas de las mejores lecciones sobre la vida se pueden encontrar alrededor de una mesa compartida con quienes han recorrido más años que uno.
Alrededor de una mesa de desayuno, donde se reúnen amigos que han vivido distintas etapas, que han conocido otras formas de educar, de relacionarse y de entender la vida. Entre bromas, anécdotas y recuerdos, fui descubriendo historias que constituyen una valiosa memoria colectiva.
Escuchándolos comprendí cuánto ha cambiado nuestra sociedad y también que cada generación enfrenta sus propios desafíos. Sin embargo, resulta imposible no reflexionar como los valores comunitarios han ido perdiendo espacio frente al individualismo que caracteriza a nuestra época.
Cada integrante de aquel grupo es un personaje digno de una novela costumbrista. Está el “Prófugo”, famoso por desaparecer sin previo aviso, dejando una sensación de que aún quedaban historias por escuchar. Está “El Resfriado”, que desafía cualquier estación del año siempre protegido para evitar enfermedades. Está “El Llama”, heredero de una destacada tradición familiar y dueño de una trayectoria tan singular como interesante, con un gran corazón. También está “El que alquila autos”, cuya alegría permanente parece inmune a las dificultades cotidianas.
No falta tampoco el amigo que dicen que discute, pero en realidad defiende su opinión con gran pasión y es uno de los primeros en ofrecer ayuda cuando alguien la necesita. Allí también está “El Gran Arquero”, símbolo de una época dorada del deporte boliviano. Asimismo, una gran dama que brinda dulzura y cariño de madre y muestra un increíble brillo propio.
También está el “Comandante”, cuyo apodo continúa siendo objeto de debate. Nadie parece tener una explicación definitiva sobre su origen, pero todos coinciden en reconocerle por su experiencia. Finalmente está “Nene”, quien hace años dejó atrás cualquier vínculo con la infancia, aunque conserva el sobrenombre y comparte con humor todas las experiencias vividas.
Más allá de sus historias particulares, lo que hace especial a este grupo es la amistad que los mantiene unidos. Se reúnen porque disfrutan de la compañía mutua, porque encuentran valor en escucharse y porque entienden algo que las nuevas generaciones corremos el riesgo de olvidar: la amistad requiere tiempo.
Quizás ese sea uno de los grandes problemas de nuestra época. Hemos aprendido a responder mensajes en segundos, pero hemos perdido la paciencia para cultivar relaciones durante años. Buscamos conexiones rápidas, conversaciones breves y vínculos de consumo inmediato. En cambio, las amistades verdaderas se parecen más a esos desayunos: requieren presencia, escucha, tolerancia a las diferencias y la voluntad de acompañar a otros incluso cuando no tenemos nada que ganar.
Lo más valioso que he descubierto en estos meses ha sido comprobar que la amistad no tiene fecha de vencimiento ni límite de edad. Puede surgir en cualquier etapa de la vida y entre personas de generaciones diferentes. Detrás de cada conversación hay una oportunidad para aprender. Las amistades auténticas siguen existiendo y continúan siendo uno de los refugios más valiosos que puede encontrar el ser humano.
Columnas de Leidy Merino


















