Recta final, ch’aki electoral y alianzas políticas
Daniel E. Moreno Morales
Sociólogo, director de Ciudadanía
Sólo quedan dos semanas para las elecciones nacionales y la campaña electoral ha entrado a su recta final. De haber alguno todavía, los últimos ases bajo la manga serán jugados estos días en que los candidatos serán más grandilocuentes y besarán más bebés que nunca. Los funcionarios públicos tendrán que ir de manera “voluntaria” a algún acto de cierre de campaña y los insultos y acusaciones cruzarán la calle como pájaros en primavera. Pero todo concluirá el subsiguiente domingo y los votantes podremos finalmente descansar de los intentos de seducción de los políticos. Al menos por un tiempo, ya que la posible segunda vuelta debería ser en diciembre y en abril ya tendremos elecciones municipales y departamentales.
El ch’aki electoral se manifestará como lo hacen los excesos de cualquier fiesta animada: con una sensación de angustia por no saber bien qué fue lo que sucedió y con un temor por las consecuencias de los hechos directamente proporcional a nuestra ignorancia de los mismos.
Pero las cosas se irán aclarando a medida que el Tribunal Electoral presente los resultados oficiales y los contendientes vayan aceptándolos. Pese a la baja confianza en la institución electoral, la supervisión internacional de los comicios y la participación de las mismas organizaciones deberían descartar el riesgo de fraude o manipulación significativa de la elección y, aunque a regañadientes, los actores políticos tendrán que aceptar los resultados. Atrás habrán quedado el candidato ilegítimo y el involuntario, el uso abusivo de bienes públicos para la campaña y el anecdotario de renuncias e incorporaciones de candidatos y partidos intrascendentes, la mayoría de los cuales pasarán a formar parte del insectario paleontológico de la política boliviana.
A partir de ese momento los políticos deberán iniciar una nueva etapa de conquista, ya no del voto ciudadano sino del apoyo de los otros políticos. Cualquiera sea el ganador de estas elecciones deberá, con toda probabilidad, negociar el apoyo de otras fuerzas políticas para poder gobernar. Esto implica buscar alianzas que faciliten aprobar legislación, o que al menos posibiliten su consideración y debate de buena voluntad más allá de las consignas partidarias. También implica replantearse la manera en la que se designa a funcionarios públicos en los distintos cargos, lo que deberá decidirse en el marco de las nuevas alianzas, pero además considerando los criterios técnicos necesarios para reactivar el aparato burocrático del estado y otorgarle capacidad de gestión.
Estas alianzas requieren de ciertas condiciones de parte de los políticos: primero, que reconozcan que la negociación entre actores con posiciones distintas es la base de la política democrática, y no la imposición. Segundo, que entiendan que en el nuevo escenario político boliviano necesitan del otro para poder gobernar, lo que equivale a reconocer que el otro es un adversario legítimo y no un enemigo por eliminar.
Finalmente, que comprendan que la fortaleza de sus cargos depende de manera directa de la solidez de las instituciones que los hacen posibles, de las elecciones limpias que les dan legitimidad y de la independencia de poderes que les confiere legalidad. Esto nos lleva a la necesidad de reconstrucción de la institucionalidad electoral, que tiene importantes deficiencias en su capacidad técnica, pero que principalmente adolece de una falta de confianza muy seria de parte de la sociedad boliviana.
Pero dejemos en paz al futuro y, como es costumbre nacional, sigamos gozando de la fiesta, con bandas y banderas de las campañas, música de los spots, coro de los discursos y baile de las encuestas. Y hagamos de cuenta que no sabemos nada sobre lo que vendrá después.
El ch’aki electoral se manifestará como lo hacen los excesos de cualquier fiesta animada: con una sensación de angustia por no saber bien qué fue lo que sucedió y con un temor por las consecuencias”.















