Grandes precursores: Marcelo Callaú
Antes de Roberto Valcárcel, hubo un precursor del arte contemporáneo en Santa Cruz de la Sierra, su nombre: Marcelo Callaú (1946-2004), reconocido, junto a María Núñez del Prado, como uno de los más grandes escultores de Bolivia. Valcárcel y Callaú, dicho sea de paso, fueron muy buenos amigos, ambos habían retornado en la década de los 70 de realizar sus estudios en Europa, uno de Alemania y el otro de Bélgica. Para Valcárcel, el gran mérito de Callaú era el haber sido el primero en optar por el arte abstracto en Santa Cruz.
En la segunda sesión del curso “Encuentro con el arte” (4/6/2013), que Valcárcel dictó aquel año en el Museo de Arte Contemporáneo, les dedicó tiempo a las obras geométricas de Callaú. “Un objeto que no representa nada puede tener al mismo tiempo múltiples significados”, nos decía. “Para mí la obra de Callaú es la posibilidad de que el arte no represente nada”. Y enfatizó esta declaración: “Callaú fue el primer artista con espíritu experimental en Santa Cruz”. Luego nos llevó a una de las salas contiguas dentro del Museo de Arte Contemporáneo donde se hallaba uno de los cubos de Callaú, escultura que forma parte de la colección de dicho museo y que hoy se encuentra en la Casa de la Cultura. Recuerdo que el debate de aquella sesión nos llevó incluso a hablar de los griegos y de la idea de arquetipos en Platón.
En 1967, Callaú expuso sus obras en la Biblioteca de la Universidad Gabriel René Moreno; luego las llevaría a La Paz al Salón Municipal. La mayoría eran torsos desnudos, que trabajaba con diversas maderas (roble, mara, cedro, nogal, otros). Al siguiente año, gracias al apoyo desinteresado del empresario Ramón Darío Gutiérrez, que había visto su trabajo en aquella exposición, se hizo realidad el viaje de Callaú a París, Francia, para continuar sus estudios como artista. Se llevó consigo todo lo aprendido sobre tallado en la carpintería de su padre Tomás, y luego en la Escuela de Arte Víctor F. Serrano.
Ya en París, la verdadera escuela parecieron ser sus vivencias. “Vivía al frente del Museo del Louvre. Así que yo paraba visitando el museo todo el tiempo, una vez me quedé encerrado adentro. Allá en el Barrio Latino había también mucho arte actual. Estaba fascinado. Viví de cerca los sucesos de Mayo de 1968, me aportaron mucho, era la sensación de que se podía cambiar las cosas”. Estas circunstancias, sumadas al hecho de que conocía a cruceños que vivían en Bruselas, Bélgica, le hicieron cambiar de horizontes, con el apoyo financiero de su padre. Allá estudió en la Escuela Superior de Arquitectura y Artes Visuales La Cambre, de 1970 a 1974. En esta escuela empleó las técnicas del óleo sobre lienzo, acuarela, técnicas mixtas y no tradicionales, con las que se destacaría después en las Bienales de Arte de Santa Cruz de 1977 y 1979 ganando premiaciones.
En un catálogo de 1992, su profesor en Bélgica Félix Roulin, escribió estas líneas:
“Marcelo vuelve a su país, esta vez con una exposición íntegra de nuevas esculturas sorprendentes, simples a primera vista, pero en realidad complejas, puesto que ciertas superficies que deberían ser planas, según Euclides, son curvas; ciertas líneas no son tampoco rectas como aparentan.
¡Creíamos que la ilusión óptica era el privilegio de los pintores!”
Qué visión fantástica la de los artistas, que no ven solamente las cosas como son, sino como podrían ser: procesos, potencialidades. “Para mí lo más fascinante desde niño era ver cómo el árbol se convertía en mesa, en silla, en cama, observando la magia que hacía mi padre”. (Callaú, 2000).
Nuestro escultor era un alquimista de la edad moderna, transformador de materias. Alguien que buscó con todas sus fuerzas salir de Santa Cruz, y que aprendió estando fuera de su país lo que hacía verdaderamente singular a su tierra. Esto lo vivió en el Museo de Antropología de Nueva York donde se exponía a culturas indígenas de Bolivia. El viaje a Europa fue una desterritorialización, y luego para reterritorializarse no bastaba con retornar físicamente; Callaú lo sabía, había que elegir un medio, por ello escogió trabajar con la madera de la Amazonía, para reconectarse en el nivel sensible. “Mi trabajo es una síntesis de lo que respira esa materia con lo que yo respiro del ambiente”. (Callaú, 2000).
La curadora Cecilia Bayá Botti ha puesto en valor diferentes facetas del trabajo y legado de Callaú desde hace más de una década. El pasado mes de agosto se inauguró una nueva exposición curada por ella misma: “Marcelo Callaú, obras inéditas”, en la Casa Melchor Pinto. Una exposición abreviada y significativa, con obras en formatos pequeños, que tiene el mérito de seguir mostrándonos la evolución que atravesó la obra de Callaú. Recordemos que además de escultor, también era grabador y pintor. Su trabajo mayor, el escultórico, también se transformó con los años, desde la etapa inicial más costumbrista y figurativa, hasta la etapa del arte abstracto con figuras geométricas, teniendo de por medio una experiencia espiritual en la selva. Él mismo lo explicó en una entrevista aparecida en la Revista Cosas en 1999:
“Quería encontrar mis raíces, era un artista boliviano que no sabía de qué estaba orgulloso. Me fui a Caparuch y reflexioné mucho. Allí vi afuera la belleza y la angustia de la selva. Había hecho siempre figuras humanas, pero a partir de ese momento pensé en abstracto. Hice un análisis de todos mis viajes y descubrí la geometría. El resultado de la escultura que hago es un trompe lóeil o ilusión óptica que engaña a la vista. Mis obras insinúan un volumen que en realidad no existe. Apareció, yo no lo forcé”.
Así pues, impresionan las perspectivas de sus esculturas, pero lo que acaba de emocionarnos es que se conjuguen con la vitalidad de las maderas que usa, sean amarillas o cafés, rojas o negras, el tajibo, almendrillo o la mara. Expone nuestra vista a la ilusión creada en complicidad con el espacio, siendo esta la verdadera invención del escultor, y en sí la dimensión mágica de estos objetos. Este juego de ilusión entre las figuras, los falsos volúmenes, las texturas y el espacio puede apreciarse mejor en la exposición permanente “Marcelo Callaú. Diálogos con la madera”, en el Centro de la
Cultura Plurinacional, también curada por Cecilia Bayá.
Uno de los logros de la exposición “Obras inéditas” es recordarnos que el bagaje de Callaú va más allá de la madera, pero además de que su valía va más allá de Santa Cruz, ya que es un referente para toda Bolivia, un símbolo de pluriculturalidad. Siempre recordaremos al Callaú de la madera, pero también hubo un Callaú obsesionado con las manos, otro de las hojas de coca, y otro de los collages en papel quemado. Recomendable es revisar el libro Emoción y razón, publicado también por Cecilia Bayá, que retrata y documenta todas estas etapas que conforman la obra de este monumental artista.

























