Por qué aún necesitamos libros en papel en un mundo digital

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Publicado el 13/04/2026 a las 12h06
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En el mundo actual no faltan textos ni información. Por el contrario, vivimos en medio de una lluvia de palabras, no podemos escaparnos de ellas al mirar nuestro teléfono móvil. Salen al mismo tiempo de la radio y la televisión. Nos comunicamos con nuestros vecinos y colegas a través de mensajes; la mejor amiga nos manda un audio de varios minutos. Podcasts, posteos, comentarios, correos electrónicos, las noticias más urgentes: todo, en todas partes, todo el tiempo y de inmediato.

Si embargo, algo importante queda por el camino: la experiencia de dejar que los pensamientos realmente fluyan.

Los libros impresos nos arrancan de esa aceleración. Para leer un libro se necesita tiempo. Ellos piden atención, ya solo por su forma y tamaño: tienen un cierto peso, son más grandes que un smartphone. Sus páginas no se dejan borrar con los dedos, y tampoco precisan una batería y ni siquiera electricidad para funcionar y mostrarnos lo que llevan dentro.

En Alemania, el ministro alemán de Cultura, Wolfram Weimer, cosechó críticas recientemente porque rechazó la ampliación de la Biblioteca Nacional en favor de los archivos digitales. Aunque desde entonces volvió a anunciar la posibilidad de expandirla, esto contribuyó al debate sobre los libros en papel en un mundo digital.

Los libros, “máxima expresión” del diseño editorial

El autor y experto en el área cultural Frank Berzbach describe la especial relación entre las personas y los libros en su ensayo “Die Kunst zu lesen” (“El arte de leer”): “Los libros pertenecen a la primera clase del diseño (...). Tenerlos en las manos es un placer para los sentidos. Tienen un olor, un tacto, reaccionamos ante ellos con una sensación estética”.

¿De qué se trata esa sensación? ¿Qué es lo que nos fascina de los libros? No son solo las historias que leemos, es el paquete completo. Sostener un verdadero libro en las manos, sentirlo, hojear sus páginas ya es toda una experiencia sensorial, olerlas y mirarlas, todo eso hace de la lectura un placer único. Porque en el momento en que tomamos un libro, nos detenemos, miramos hacia adentro, y nos permitimos disfrutar de algo que, entretanto, ya es un bien de lujo: tiempo.

Disfrutar de manera consciente el placer de la lectura en papel

La experiencia se puede comparar con escuchar un disco de vinilo. Lo sacamos lentamente de su cubierta, lo ponemos sobre el tocadiscos, colocamos cuidadosamente la aguja sobre el primer surco y escuchamos por fin ese crujido que antecede a los primeros sonidos. Eso nos permite percibir la música más conscientemente que en una lista de reproducción digital.

“En una época de series televisivas de tramas calculadas, y de juegos interminables, lo revolucionario es leer una novela clásica del siglo XIX”, escribe Berzbach en su obra “El arte de leer”. Esas palabras nos remiten a que, si leyéramos la versión digitalizada de la obra de Emiliy Brontë “Cumbres borrascosas”, o  “Efi Briest”, de Theodor Fontane, la experiencia no sería la misma. La belleza del lenguaje, la elección de las palabras, la construcción de las frases, nos llevan de regreso a un tiempo en el que el mundo era más silencioso, la vida, más lenta, y los pensamientos tenían más espacio para existir.

Pero también leer novelas contemporáneas requiere atención. Sería una pena dejarlas esperando en la fila entre otras lecturas digitales. Lo mismo vale para libros de no ficción, para los ensayos, que transmiten conocimiento fundamentado, investigado minuciosamente.

Cuando ningún algoritmo o feed nos distrae, cuando ninguna notificación automática nos interrumpe, entonces podemos leer. Un libro no nos involucra en discusiones que no tenemos ganas de llevar adelante, como sucede en los posteos de Instagram. Y por eso los libros son también un lugar de silencio.

Las bibliotecas como templos para el espíritu

Para esa experiencia silenciosa están pensadas las bibliotecas. Cuando ingresamos a esos templos de los libros nos rodea un silencio muy especial. Nos esperan allí murmullos, susurros, el roce de las páginas de los libros, el sonido de una silla que tal vez alguien mueve, el crujir de las tablas si el suelo es de madera, y ese olor tan característico de los libros.

Nos sumergimos en un mundo donde el tiempo parece detenerse. Y con las demás personas, con los libros, antiguos y nuevos, con periódicos o álbumes de fotos, pasamos a formar parte de una comunidad pequeña y unida: la de los que saben que allí pueden encontrar más respuestas que en internet. Vistas de ese modo, las bibliotecas son también lugares espirituales.

Los libros, espejo de nuestra personalidad

Estas experiencias también podemos hacerlas en nuestra propia biblioteca, donde los lomos de diversos colores y tipos de letra no son solo un placer para la vista, sino que reflejan las huellas de nuestro propio pensamiento y desarrollo personal.

A lo largo de los años ha surgido un orden muy singular conformado por libros de bolsillo desgastados, nuevas publicaciones cuidadosamente seleccionadas y hallazgos olvidados hace mucho tiempo. Libros que nos han formado. Que hemos leído varias veces. O que todavía piden ser leídos hasta el final.

Tal vez esa sea la mayor diferencia con el mundo digital. Un libro no desaparece, permanece. Y alguna vez, por curiosidad, por nostalgia, o simplemente porque nos interpela, lo volvemos a tomar en nuestras manos. Frank Berzbach encontró para ello una simple frase: “El que convive con libros, siempre tiene un hogar”.

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