Consideración electoral
Para quien ve desde afuera las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos, resultan divertidas. Allá están de acuerdo que son inéditas. Tienen dos candidatos. Hillary Clinton es el “sistema”, la continuidad y la experiencia. Donald Trump es la rebelión, la verborrea no contenida sobre tópicos inconvenientes.
Es posible que gane Trump, pese a que las encuestas favorecen a doña Hilaria. Trump cuenta con el apoyo de buena parte de la clase obrera, que se siente marginada en su propio país. Para consolidar ese apoyo, Trump ha requintado contra los inmigrantes y en forma particular contra los mexicanos. Y no sólo contra los mexicanos; Trump tiene el concepto anticuado de que las mujeres no son ciudadanos de primera clase. No señor, no es así; las mujeres son ciudadanos de primera clase, como los mexicanos son otra clase de norteamericanos, con tanto derecho como invasores en las tierras de Estados Unidos como los anglosajones y otros europeos. Al fin de cuentas ése era el país de los originarios de allí. Pero así es el mundo.
Muchos allá están alelados por cómo podrá ser el gobierno de un demagogo como Trump. Y, sin embargo, personalmente pienso que doña Hilaria es peor. Cierto que el gobierno de su marido fue razonablemente estable, pero eso no obvia que no hizo nada para rectificar la mala política que se asocia a la lenta decadencia de Estados Unidos. Para hacer frente a esa decadencia necesitan un gran caudillo político, como lo fue Franklin Roosevelt.
En lo que va de este siglo, en Estados Unidos han tenido el asunto de los bancos y las hipotecas sobre los inmuebles con base en préstamos inflados. Se desinfló el globo y millones se clavaron con grandes deudas; luego se castigó financieramente a algunos bancos y ahí quedó todo. Por eso y otras cosas más, los ricos son más ricos allá, y los demás son más pobres. Luego viene lo de la enseñanza universitaria, que allá es privada. Imagine el lector: en la primera potencia del primer mundo la enseñanza universitaria no es gratuita. Y luego viene la continuidad en la política exterior. Cierto que Hillary Clinton se opuso a la invasión a Irak, pero, en cambio, estuvo a su cargo destruir Libia y Siria. Si hubiese justicia en este mundo, ella y George W. Bush estarían en la cárcel, bien acompañados por otros e incluso por un premio Nobel de la paz: Obama.
En un email que ha sido pirateado, Hillary Clinton le dice a uno de sus lugartenientes que Arabia Saudita paga a los de Al-Qaeda y a los yihadistas en general. Si esa es la continuidad en política internacional que ella traerá, pues es mejor que no gane las elecciones; la cárcel es lo adecuado. Estas cosas no caben bien en un artículo corto, pero el contexto lo he expuesto anteriormente.
Lo conveniente hubiese sido que Bernie Sanders fuese el candidato de los demócratas. Quizá hubiese ganado las elecciones.
El autor es escritor.
Columnas de BERNARDO ELLEFSEN


















