(Evo)cando a Juvenal
“Desde hace tiempo —exactamente desde que no tenemos a quien vender el voto—, este pueblo ha perdido su interés por la política, y si antes concedía mandos, haces, legiones, en fin todo, ahora deja hacer y sólo desea con avidez dos cosas: pan y juegos de circo”
Así, sencillo, tajante, crítico y hastiado, el poeta romano Décimo Junio Juvenal desafiaba en sus Sátiras X, 77-81 al entorno social y político decadente de finales del primer siglo después de Cristo en Roma. El poeta desmembraba costumbres y vicios imperiales de distribuir trigo gratis a la plebe y de someterlos a largos entretenimientos con espectáculos públicos costosos con el fin supremo de ganar simpatizantes y así asegurar su permanencia y su estabilidad.
Panem et circenses. Un recurso decadente, pero efectivo que, en líneas generales, todo político devaluado debe contar en su bitácora como el primer y último recurso para afianzar su gobierno sin temor a ser fiscalizado.
El poeta no sólo despreciaba estas costumbres como un camino abominable a la permanencia impostora y al aletargamiento social, sino también criticaba la falta de vigencia política, de acción política como reflexión, interpelación, elección y decisión. Juvenal combinaba humor y crítica, una dupla letal para cualquier demagogo que esconde su mediocridad en eso: pan y circo.
Pan a granel, en forma de regalos, bonos, asistencia, premios: Si votan por mí, tendrán todo esto, les obsequiaré todo aquello. Los conduciré a la inmortalidad, al ultra. Si no lo hacen los condenaré al olvido, al desprecio, al infierno, a la cárcel.
Circo continuo para que jamás sientan que les falta algo, para que siempre estén distrayendo sus necesidades y sus reclamos. Para que sus aspiraciones se transformen en divertimento. Alegría, emoción, show y mucha platita, Dakar y otras vainas.
¡El evangelio político según las lucas!
No estamos en la Roma de Juvenal, pero sí en la Bolivia de Evo. Un Gobierno que no escatima recursos para figurar en primera plana y desde allí hacer creer que aún somos un país de ganadores y millonario y que la coyuntura política, el debate y la crítica importa un cacahuate frente al despliegue de estrategias circenses y a la penetración en la vida privada mediante estrategias mediáticas.
La política caudillista en este país se ha hecho omnipresente. Evo se ha convertido en un personaje omnipresente. Pero no para cuestionar y disentir en democracia. No para llamar al raciocinio y la reflexión sobre los despropósitos de sus gobernantes, sino como una mini carpa instalada espectacularmente en cada hogar boliviano y desde ahí poder ver, casi tocar y manosear los distintos espectáculos que nos brinda gratuitamente este Gobierno. Desde culebrones hasta desfalcos y redes de corrupción. El espectáculo siempre está servido.
Poco o nada importa ya el sentido crítico que pudiera tener el ciudadano de a pie sobre su entorno social, político y cultural. Desde hace mucho tiempo que en Bolivia la ocupación de político y de hacer política ha dejado de ser una lucha histórica por lograr consolidar los ideales por las vías democráticas, el diálogo abierto, el debate y la aceptación con el pueblo y del pueblo, para convertirse en una obra teatral tragicómica en un sólo acto: Las aventuras y tribulaciones del presidente Evo Morales Ayma.
Macondo, en Cien años de Soledad, o Comala, en Pedro Páramo. En el primero, un universo desconocido con costumbres disfuncionales, en el segundo, la búsqueda de un paraíso y, sin embargo, el encuentro de un purgatorio.
Estas maravillas de la literatura latinoamericana son la punta de una enredada textura social y política. En ellas habita un necesario grito de libertad y de revelación. De rebelión en contra del engaño y la soberbia.
Macondo, para saber que los Melquíades siempre tienen el as bajo la manga y el discurso alegórico. Comala, para advertir la conducta injusta y desleal de los Pedros Páramo.
En ambas, está omnipresente un sentimiento tormentoso que, en estos tiempos, se reafirma más que nunca, producto del descontento y de los vacíos que experimentan las sociedades: la soledad y las desesperanzas.
Bolivia combativa, heroica y estafada. Su historia política está llena de despilfarros y pillerías. Su destino marca el tránsito ubicuo de circos y magos, malabaristas y maestros en imanes, atrapan y no sueltan hasta agotar las energías.
¿Cuál es la diferencia entre izquierda y derecha en estos tiempos, oráculo? Ninguna, los conceptos de una y de otra ya quedaron sepultados por las inconsecuencias de sus líderes.
De la izquierda en Bolivia, hoy sólo queda la nostalgia de que en una época sirvió para afianzar las conciencias extraviadas y hacer latir más fuerte los rojos corazones. Todo lo demás se convirtió en demagogia, impostura-impostora y venganza.
Ahora, su afán de poder y de dominio no tiene límites, les da lo mismo prevaricar que estafar. Todo, bajo el signo del cambio.
De la derecha, aún queda el suave murmullo de quienes se hicieron ricos y sabrosos empeñando el país. Laten sus corazones por retornar en un futuro no muy lejano a “La silla del águila”, rememorando la novela de Carlos Fuentes.
En estos tiempos, poco debe importar si los Gobiernos son de derecha o izquierda. Al final de cuentas ese es un recurso de los demagogos y los consumistas. Lo que de verdad cuenta es que esos mismos Gobiernos demuestren resultados claros. Menos desigualdades y mayor aproximación al Estado de Bienestar.
Menos índices de pobreza y postergación. Más educación y salud y menos ignorancia. Democracia y participación, unidos a las leyes, garantizando la vía y la vida libres.
Esta no es la Roma de Juvenal, pero sí la Bolivia en que Evo Morales no vislumbra otra forma de encaminar los destinos de este país que no sea la del ogro filantrópico, la del pan y circo que, con cierto sesgo, ya se hicieron costra en la mayoría de los bolivianos.
El autor es comunicador social.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.



















