Decadencia del proceso de cambio
A once años de aquel histórico 22 de enero del 2006, después del notable triunfo en las elecciones generales de diciembre del 2005, con el 53,7 por ciento de la votación, y a tres años de cumplir su tercera gestión consecutiva, el denominado “proceso de cambio” ha ingresado, desde el 2016, a una peligrosa fase de decadencia, desencadenada por un pernicioso componente ni por ellos mismos calculado: intoxicación de poder. De modo intenso, el padecimiento de esta dolencia ha cundido en las filas azules, afectando al caudillo, a sus secuenciales círculos concéntricos de poder y a una gran parte de sus súbditos y acólitos. Sin importarles el escenario, tiempo y lugar; sin rubor, exhiben esta patología cuando exclaman: “yo soy el poder”. En esa simple frase yace sintetizada toda la embriaguez que provocó el exceso y la concentración del poder.
Llegaron al Gobierno condensando hábilmente el enorme descontento popular, la corrupción y la tremenda desigualdad económica e injusticia social que habían provocado las medidas de corte neoliberal implementadas en el marco del “Consenso de Washington”, en la mitad de la década de los 80, en el inicio, precisamente, del ciclo de la democracia pactada.
Asumieron el poder con la promesa de representar a todos, imponiendo, con el ejemplo, una “nueva forma de hacer política”, eliminando la corrupción, la impunidad y todos esos males que caracterizaron a los gobernantes de los partidos tradicionales en el ciclo de la “democracia pactada”. El discurso de posesión de aquel 22 de enero del 2006, ilusionó a gran parte de los ciudadanos, pues anunciaba el albor de una nueva época. En ese momento, Evo Morales y el MAS, se convirtieron en la esperanza y la ilusión de una nueva Bolivia.
Después de casi dos gestiones con mayoría calificada; la concentración y el exceso de poder, literalmente intoxican al cadillo y su rancia elite azul. El control, desde el ejecutivo, de los otros poderes del Estado, estimula e incentiva un pernicioso proceso. Pervertidos con el exceso de poder comienzan a cometer una serie de tropelías, abusos, injusticias, atropellos y arbitrariedades. Relegan sus promesas y su agenda política es copada por la reelección permanente, poniendo de manifiesto su intensa adicción al poder.
En ese afán pierden la sensibilidad y la decencia en el ejercicio del gobierno. Mienten descaradamente, ocultan y niegan sin la menor compostura, imputando todos sus males a agentes externos. El abismo entre lo que proclaman y su praxis política es infranqueable.
Tras 11 años en el poder, no son nada de lo que prometieron ser. Todo lo que han criticado, aumentado y mejorado, exhiben hoy en sus entrañas. En grado superlativo, son peores que el pasado que tanto criticaron, frustrando todas las esperanzas que se habían depositado con aquella promesa de implementar “una nueva forma de hacer política”.
El exceso y la concentración de poder los ha pervertido al tal extremo que sus propias leyes se convierten en estorbos. Su condición de apego al poder es incontinente. Ignoran y ambicionan cambiar todas las leyes que perjudican el camino hacia “el poder eterno”. Por ello, el “después” los aterra y los tiene sin vida, pues están muy conscientes de su decadencia.
El autor es abogado.
Columnas de ROLANDO TELLERÍA A.



















