El ejemplo brasileño
Brasil y Bolivia viven asfixiados por la corrupción, pero tienen una diferencia esencial: allí el poder judicial no está subordinado al corrupto poder político, se precian de incorruptibles y lo demuestran cuando no se detienen en los estamentos subalternos del poder político, sino que llegan hasta los propios Presidentes. Allí al Fiscal General y al Contralor no se los conoce como “engavetadores del poder” y si hay una característica que define al Brasil, crisis tras crisis, es la independencia de su poder judicial.
Son tres tristes hitos históricos de la justicia. Ayer fue destituida Rousseff, hoy es el presidente Michel Temer quien arrastra una denuncia de la fiscalia por recibir sobornos y obstruir la justicia. La denuncia sera votada en el Congreso el 2 de agosto. Si la aprueba, la demanda irá al Tribunal Supremo, que le destituirá temporalmente. Y si le encuentra finalmente culpable, le destituirá para siempre. La única solución para Temer es resolver la acusación en la corrupta “subasta” política del Parlamento.
Mientras el mito del incorruptible Lula se esfumó. La corrupción siempre termina devorando los sistemas a los que parasita. Se convirtió en el primer expresidente condenado a la cárcel por blanqueo de dinero y corrupción: nueve años y medio de prisión, según una sentencia que podrá recurrir a una segunda instancia mientras sigue en libertad. Creyéndose por encima de la ley, su arrogancia le incitó a desafiar la autoridad de los jueces diciendo: “Sólo el pueblo brasileño puede decretar mi fin”. Se considera ya absuelto si consigue ser reelegido. Pero, será el propio pueblo, quien confirió autoridad a los jueces, quienes definan su fin. Sólo le queda retrasar los procedimientos hasta agosto de 2018, cuando comienza la campaña electoral y rezar para ganar los comicios presidenciales para protegerse temporalmente con la inmunidad jurídica que otorga. Pero, aún tienen que publicarse otras seis sentencias y basta con que una de ellas, en la segunda instancia, le encuentre culpable para que sea inhabilitado políticamente y, sin duda, acabará en la cárcel; aunque, paradójicamente, hoy encabece las encuestas.
Son momentos esperanzadores e inéditos. La imagen de impunidad de las élites brasileñas se ha roto, el ciudadano brasileño aplaude. No les basta que los fiscales acusen sólo a las autoridades menores y que en las cárceles sólo estén los pobres, los negros y las prostitutas. La crisis brasileña es un recordatorio de que los presidentes son los mayores responsables de la vida pública y como tales deben responder, un día, de sus tropelías; deben, un día, ser víctimas de su propio destino corrupto y de que la justicia, en lugar de ser la ruina política e institucional, es quien las restituye.
Lo que le suceda al Brasil no puede ser indiferente para los bolivianos, es nuestro principal socio comercial, es la 7º economía mundial y seguirá siendo indispensable para cualquier arreglo político regional, aunque al Gobierno boliviano no le importe.
Si bien la democracia brasileña al igual que la boliviana es más farsa que realidad, si de lo que se trata es de limpiar la corrompida vida política de un país para dar paso a una nueva era de esperanza donde la impunidad de los poderosos sea algo del pasado y donde no existan privilegiados ante la justicia, entonces hay que seguir el ejemplo del Brasil.
El autor es abogado constitucionalista
Columnas de WALDO RONALD TORRES ARMAS
















