De robles paganos y pinos navideños
Allende las buenas intenciones, la Navidad suele ser una celebración que parece restregar, cada año, las desiguales condiciones que compartimos los seres humanos en este ínfimo lapso de existencia. Algunos utilizan las fiestas de fin de año para “lavar la conciencia” y engañarse al sentir que hacen algo por el prójimo. Los más ven acrecentada la angustia cotidiana de estrujar los fondos y, además, financiar cena o regalos. Otros, aprovechan la “buena voluntad” colectiva y arriban en masa a las ciudades para sacar algún beneficio de la falsa caridad. ¿Y, más de paso, debemos canturrear el infinito “amor” que nos tenemos unos a otros?
También, ameritaría recordar que el famoso Papá Noel es una estrategia publicitaria muy exitosa de la Coca-Cola que debería catalogarse cual la verdadera creadora del “espíritu navideño”, es decir, una apoteosis del comercio y del consumo acrítico. Lo contradictorio es que si nos remitimos al mito sobre el nacimiento del mesías cristiano, tampoco encontraremos nieve, renos, ni nada similar, en su lugar, lo único que hallaremos será un precario pesebre donde habría nacido el hijo de un carpintero y rodeado de animales domésticos tan poco poéticos como gallinas, burros y ovejas.
No obstante, en esta ocasión quiero abordar otro contrasentido que caracteriza a estas “fiestas”. Tal parece que el culto al “árbol de Navidad” deviene de mitologías celtas que honraban a robles y otros árboles como simbología de la vida y la fertilidad. Al no poder erradicar por la fuerza esos ritos politeístas, los evangelizadores cristianos los adaptaron y funcionalizaron a sus creencias. Así, se cuenta que un connotado misionero cristiano llegó a una comunidad en Alemania, taló un rústico y pagano roble que era admiración de la población, y lo reemplazó por un pino, asegurando que ese árbol era más representativo de su dios totalitario. Lo siguiente fue la vinculación de esos rituales con el supuesto nacimiento de Cristo, hasta que, finalmente, nos encontramos con pinos nevados que, ilógicamente, custodian un humilde pesebre en medio del desierto.
Esa retrospectiva no solamente es ilustrativa respecto al oscurantismo y etnocentrismo que ha caracterizado a la matriz judeocristiana que, acompañada de violentos modelos “civilizatorios”, fue en parte responsable del aniquilamiento de culturas de las que apenas sobrevivieron sesgados vestigios. Igualmente, da cuenta de la intervención humana sobre delicados ecosistemas bajo una lógica etnocéntrica y antropocéntrica análoga, y que tuvo el hábito de reemplazar la vegetación nativa de la manera más antojadiza. Por último, qué paradójico que un rito que se basó en la veneración de árboles como símbolos de vida, hoy se ensañe contra esos nobles seres, empezando por los árboles cortados o arrancados para luego ser “adornados”, y terminando en el aparataje institucional que despilfarra recursos públicos atestando de luces “navideñas” a los ejemplares de las ciudades y, con ese objetivo, grapar, clavar, sofocar con alambres, etc. a estos seres vivos que, teóricamente, son parte del “agasajo”. En ese sentido, habría que preguntar a los cóndores, ave “emblema nacional” (y, en especial, la pregunta va a los cóndores de los impresionantes zoológicos del país), si más vale pasar desapercibido ante la mirada humana o, al contrario, cargar el “honor” de ser blanco de los “festejos” y alegorías de nuestra especie.
La autora es socióloga.
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