El infierno de Narciso
Narcisos somos todos. Al despertar del sueño, vamos al espejo para conocer el aspecto que presentaremos a los Otros. Y durante el transcurso del día nos reflejaremos en infinidad de espejos: unas veces nos conoceremos por nuestras obras, otras, por el eco de nuestras palabras o por nuestros actos. El hombre saludable quiere conocerse a sí mismo con objetividad y acepta la imagen que la realidad y los Otros le devuelven.
El narcisista en cambio manipula los espejos para que le entreguen una imagen halagüeña. Hace poses, se alaba a sí mismo y quiere reemplazarse por una imagen que impone a los Otros y a sí mismo, como si fuera una verdad.
Este afán, muy malsano para la conciencia, aqueja particularmente a los personajes políticos. En nuestra era de la información y de la publicidad, el hombre político existe en la medida que aloja una imagen en los ojos y corazones de las multitudes. Por eso, el principal trabajo del político es convertir a la multitud en un espejo engañoso.
Lamentablemente para ellos, esta empresa no es sostenible a largo plazo. Por eso, si comparamos nuestra época con otras épocas, constatamos que el recambio de los líderes políticos se hace cada vez más veloz. Los políticos aparecen rápidamente, brillan un instante y desaparecen pronto. La obsolescencia de los líderes es una manifestación más de la “aceleración de la historia”.
Los políticos hoy tienen fecha de caducidad porque cuanto más engañosos son los espejos que usan, tanto más frágiles son. La cultura de la información los clisa más temprano que tarde y una diminuta trisadura se convierte rápidamente en grieta. Por eso, un político que quiera prolongar su vigencia desconociendo el ritmo que le impone el Siglo XXI, se condena a sufrir muy rápidamente el desdén de la historia.
Un caudillo político de viejo cuño no tiene muchas maneras para reparar el deterioro de su carisma político. Puede intentar detener la historia en el país que debe adorarlo. Pero, en la era de la información, eso ya es imposible. La información global introduce la historia contemporánea por los resquicios de todas aldeas del planeta, incluyendo a la inexpugnable Corea del Norte, por ejemplo.
En nuestros tiempos, el silencio es un lujo que un hombre político no puede permitirse. Podrá intentar imponer silencio a los Otros, pero él mismo no podrá dejar de hablar y exhibir su imagen, pues esconderla es un suicidio. Lamentablemente para él, cuanto más muestre su imagen, más notorio será su deterioro y este será comentado por el cuchicheo ensordecedor de las redes sociales globalizadas.
Maquiavelo sabía lo dificultoso que es sostener la lozanía de una imagen, por eso advertía al Príncipe que no buscara ser amado sino temido. En efecto, para lograr el amor del pueblo es necesario proyectar una imagen amable, en cambio, para imponer el miedo basta controlar cualquier cosa y castigar todo. Imponer el horror es más fácil, natural y duradero que ganar el amor. Los emperadores chinos no querían ser vistos; los súbditos que levantaban los ojos eran decapitados; la residencia del emperador era llamada “la ciudad secreta”…
Hoy, ya hay derechos humanos, derecho a la información, derecho a mirar a los ojos al emperador y ya es tarde para recurrir al secreto y al terror. La publicidad ha impuesto sus leyes y los dentífricos o los políticos se venden gracias a la pregnancia de sus imágenes. El líder es exhibido sin cesar. El mismo pide ser visto y hace grandes esfuerzos para mostrar su sonrisa.
Hoy podemos imaginar la tragicómica probabilidad de que el caudillo sospecha que cada sonrisa que exhibe empeora su situación, pero no puede imaginar otra acción porque, finalmente, él es el primero en vivir en el infierno donde es obligatorio creer en la belleza de su sonrisa.
El autor es actor
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