Desde el borde del abismo
Hace dos semanas, el pasado 24 de octubre, en este espacio editorial, expusimos nuestros temores ante la posibilidad de que nuestro país se precipite en una incontenible espiral de violencia. “Toda luz de esperanza parece desvanecerse con cada giro que dan los acontecimientos (...) desde el borde del abismo, donde ahora estamos, el miedo pánico ante lo que nos depara el futuro parece ineludible” dijimos.
Sin embargo, también alentamos la esperanza en que “a pesar de todo, el miedo que produce el vértigo cuando todo un país está al borde del abismo sería suficiente para motivar, en los líderes de las facciones en que estamos divididos, el cambio de actitud imprescindible para evitar que bajo nuestros pies se abran las puertas del infierno.
Desgraciadamente, la peor de todas las posibilidades es la que ha terminado imponiéndose. Uno tras otro han ido cerrándose los pocos resquicios que quedaban abiertos para la esperanza. Las partes contendientes, cada cual a su manera, han hecho cuanto hacía falta para llevar a nuestro país por el peor de los caminos y los resultados obtenidos son los únicos que se podía esperar.
Lo peor es que el punto en el que estamos, con todo lo malo que es, no es todavía el peor. Se puede afirmar a la luz de la experiencia histórica, la nuestra y la ajena, que, si durante las próximas horas no se abre un espacio para las negociaciones políticas, si no se frenan en seco las corrientes radicales, las que tienden a imponerse en las filas de las fuerzas contendientes, pronto habremos cruzado la línea tras la cual no hay cabida para los arrepentimientos.
A estas alturas de los acontecimientos, no es nada fácil vislumbrar una vía de salida. Con cada paso que se da se dejan atrás, derruidos, los puentes que podían haber conducido a alguna forma de entendimiento. Es decir, ya no hay por dónde volver a alguno de los puntos desde donde se hubiera podido rebobinar la historia para encaminarla hacia un desenlace mejor.
La posibilidad de una guerra civil, con todo el horror que trae consigo, está ya configurándose como el título que encabezará el próximo capítulo de la historia de nuestro país. Peor aún, no sólo un capítulo, sino todo un episodio. Eso significa que no serán sólo los jóvenes que han asumido un rol protagónico en la historia que está escribiéndose, sino sus hijos y nietos, quienes sufran sus consecuencias.
Es pensando en el país que recibirán las próximas generaciones, que hoy debemos aquilatar las consecuencias de nuestros actos. Nadie tiene derecho a dejar como herencia un país lleno de heridas, de esas que tardan décadas en cicatrizar.














