Preguntas ingenuas desde el extravío
Extraño tiempo el de esta emergencia sanitaria planetaria. Más que extraño, se perfila inesperado para muchos, tal vez ingenuos, como yo. De alguna manera, recordando una acepción de David Hume, abrigábamos una fe ilusa en la “invariabilidad de los fenómenos naturales”, en este caso, sería la “invariabilidad” de la cotidianidad humana individual y colectiva. Fuimos tomados desprevenidos y creo que es común un sentimiento de extravío, de desorientación, de incertidumbre.
Sin embargo, hay aspectos dolorosos que va vomitando esta crisis, temas que estábamos cansados de estudiar, escudriñar o incluso de advertir y reivindicar, pero que pocas veces fueron prioridad de una real voluntad política que determinara los sistemas políticos y las estructuras sociales que definen nuestro destino.
Esta crisis echa en cara la profunda desigualdad que descarnadamente se desnuda en tiempos de cuarentena. El aislamiento en condiciones dignas se constituye en un lujo de sectores relativamente acomodados, otros, demasiados, se ven en un panóptico que tambalea una subsistencia dependiente del día a día en las calles o que implica un enclaustramiento en escenarios insufribles. ¿Y acaso esas asimetrías son recientes o novedosas?
Sólo pensando en América Latina, a pesar de ensayar modelos económicos liberales, estatistas, mixtos, etc. no hubo mutaciones significativas respecto a una histórica desigualdad estructural. La concentración del ingreso, la inequidad en oportunidades y el excluyente acceso a la educación, salud y servicios básicos siguen siendo datos desalentadores. ¿Y qué de otras regiones del orbe? ¿No es frecuente que hasta los llamados “países desarrollados” se rodeen de cordones de miseria que tratan de ignorar y que contrastan con la opulencia consumista?
¿Será que el sacudón de vulnerabilidad que trae el coronavirus hará que cambien la mentalidad y las actitudes de las poderosas plutocracias que continúan moviendo los hilos del orden mundial?
Además, esta coyuntura también descubre la terrible insostenibilidad ambiental que conlleva el patrón donde la acumulación mercantilista se configuró como un norte omnipresente. En el marco de esa lógica, el entorno que nos rodea no pasaba de “recursos naturales”, “medios de producción” y nociones afines que se deslucen por un antropocentrismo, pedante, iluso y suicida.
En ese sentido, una “ceguera perceptiva” (palabras de Antonio Elizalde) nos hizo pretender que los fines ambiciosos, usureros, egoístas eran la quinta esencia de la “evolución” de la vida. Nos hizo creer que era posible “domar” a la naturaleza, sus ecosistemas y seres vivos para colocarlos al servicio de intereses utilitarios y cortoplacistas. Nos hizo aferrarnos a la supuesta inefabilidad de la ciencia y la tecnología. Hoy, cuando las consecuencias de ese paradigma nos estallan en la cara y un minúsculo virus tiene en vilo a la humanidad –sin perdonar a reyes ni a mendigos– qué quimérica y absurda suena aquella “ceguera perceptiva”.
¿Será que el sacudón de humildad, que involucra el coronavirus, permitirá que de una vez por todas se transforme el pretencioso enfoque que establece nuestro relacionamiento con la naturaleza?
Otra opción es que aguardemos la suerte de Sísifo, condenado a empujar cuesta arriba, eternamente, la misma, pesada, densa, pesadillesca piedra. Y apenas llegado a la cima, dejarla rodar otra vez al llano.
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA















