Diez horas que sacudieron a EEUU
MOSCÚ - La insurrección del 6 de enero en el Capitolio de EEUU careció de la seriedad del asalto al Palacio de Invierno (en la actual San Petersburgo, Rusia, en octubre de 1917) eso es cierto. Incitada por el presidente Trump en un mitin cercano, donde alentó a sus partidarios a marchar hacia el Capitolio de EEUU, la turba logró interrumpir una sesión conjunta del Congreso para confirmar el voto del Colegio Electoral a favor del presidente electo Joe Biden. Pero los legisladores seguirán cumpliendo con su deber constitucional y la toma de posesión de Biden tendrá lugar el 20 de enero.
Los insurrectos no estaban ni cerca de ser tan disciplinados como los cuadros bolcheviques de Lenin: soldados y marineros revolucionarios armados. La mayoría eran “guerreros de fin de semana” barrigones, de mediana edad y con gorra roja, tan interesados en hacerse una buena selfie en la rotonda del Capitolio como en derrocar al gobierno de EEUU y establecer a Trump como un dictador no electo. Fue, como dijo un comentarista, un "Beer Belly Putsch" (golpe de panza cervecera).
Y, sin embargo, las acciones de los insurrectos, por patéticas que hayan sido, tendrán implicaciones revolucionarias para la imagen que tiene de sí mismo EEUU y su posición en el mundo. Por primera vez en la historia del país, un derrotado presidente en ejercicio convocó a una turba con el fin de intimidar al Congreso para que violara la Constitución y lo mantuviera en el poder. Con la ayuda y la complicidad de la prensa de derecha y los republicanos de base, los cuatro años de abierto desprecio de Trump por los valores, las instituciones y las normas democráticas han producido precisamente lo que siempre ha querido: una revuelta nihilista y sin ley contra las "élites", protagonizada por los "perdedores" que ha convertido en sus principales partidarios.
Una cosa que Trump tiene en común con Lenin, con Napoleón, y todos los que han lanzado un golpe de Estado contra un gobierno en funciones, es su desprecio por el Estado de derecho y las figuras políticas que lo precedieron. Al igual que Lenin, Trump detesta las normas que limitan el ejercicio del poder y, por lo tanto, tiene poca paciencia con la cultura de compromiso que sustenta a los gobiernos representativos. Y, como Lenin, tiene una habilidad salvaje para olfatear la debilidad, no solo en un régimen establecido, sino en sus propios parásitos aduladores, algunos de los cuales están dispuestos a violar el juramento de su cargo, para complacerlo.
Sin embargo, los regímenes que enfrentaron Lenin, Napoleón, Mussolini y Franco no solo eran débiles, sino carecían de la voluntad de sobrevivir. Los golpistas más notorios de la historia solían empujar puertas abiertas.
A juzgar por su comportamiento en las últimas semanas, Trump parece haber concluido que esa era la circunstancia. En su opinión, después de cuatro años de sus ataques, las instituciones representativas de EEUU carecían de voluntad para defenderse. ¿De qué otra manera explicar sus esfuerzos en presionar a los funcionarios en Arizona, Michigan y Georgia para que “encuentren” los votos suficientes que lo conviertan en el ganador? En lugar de ver los repetidos rechazos oficiales como una señal de que la república de EEUU aún no estaba lista para caer, Trump se centró en que no le costó nada subvertir los procesos e instituciones democráticos de su país durante su mandato. Sin haber enfrentado consecuencias hasta ahora, ¿por qué no seguiría presionando hasta que el sistema se rompa por completo?
Después de todo, el triste espectáculo en el Capitolio también fue sobornado por legisladores republicanos como los senadores Ted Cruz de Texas, Josh Hawley de Missouri y casi tres cuartas partes del caucus republicano en la Cámara. Todos habían manifestado abiertamente su intención de oponerse a los votos que ya habían sido debidamente certificados por los gobiernos estatales. Validando las teorías paranoicas de la conspiración del "fraude electoral", son ellos quienes dieron a Trump, un verdadero cobarde en cualquier otra circunstancia, la valentía para incitar a la turba.
Pero el "caucus de la sedición" no es el único culpable. Durante cuatro años, el líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, y el resto del Partido Republicano han mirado para otro lado mientras Trump degradaba la presidencia de EEUU. El año pasado, tras el juicio político a Trump por parte de la Cámara de Representantes, los senadores republicanos votaron por absolverlo y luego dieron crédito a sus falsas afirmaciones de fraude electoral. Incluso el miércoles, mientras la multitud se acercaba al Capitolio, McConnell continuó difundiendo la mentira de que fueron los demócratas quienes primero socavaron la democracia estadounidense. Del mismo modo, la senadora Susan Collins, de Maine, ha expresado durante años su "preocupación" acerca de Trump, pero no ofreció resistencia mientras libraba la guerra contra las instituciones estadounidenses durante su único mandato.
Estos políticos insensibles vivirán en la infamia, pero también lo harán todos los periodistas de Fox News (y el propietario de la emisora, Rupert Murdoch) que han repetido como loros las mentiras de Trump. También lo harán los líderes de las plataformas de redes sociales, en particular el presidente ejecutivo de Facebook, Mark Zuckerberg, que han servido como mangueras de desinformación y mentiras.
EEUU ahora se enfrenta a algo que no ha sucedido desde la época de Abraham Lincoln: el rechazo del orden constitucional por parte de una parte significativa del electorado. Mientras los adversarios de ese país observaban con regocijo los acontecimientos del 6 de enero, sus numerosos amigos y aliados en todo el mundo lo hacían con consternación.
Al igual que Lincoln, Biden, ahora, tendrá que enfrentar este desafío existencial local. Una cosa ya es segura: la insurrección trumpiana no se pacificará con discursos tranquilizadores sobre "seguir adelante" sin pedir cuentas a los culpables. Para Trump, para el Partido Republicano, debe aplicarse ahora la verdad brutal de Proverbios 11:29: "El que turba su propia casa heredará el viento".
La autora es profesora de asuntos internacionales en The New School, Nueva York. ©Project Syndicate y Los Tiempos 1995-2021.
Columnas de NINA L. KHRUSHCHEVA


















