A propósito de Woody
“Dependiendo del nivel de azúcar en mi sangre, veo la vida como trágica o cómica, pero siempre la consideré un sinsentido”. Un universo vacío, violento, que se deshace a la velocidad de la luz, donde la gente persiste en la búsqueda de un dios que la recompense en el más allá, es el escenario que detona el humor de Woody Allen, un judío desgarbado, con lentes de marcos gruesos que le dan un aire de intelectual, pero cuya principal aspiración es escribir historias divertidas que nos den un breve respiro de las consecuencias del Big Bang.
En su autobiografía, ==A propósito de nada==, cuenta que su padre era un simpático timador de juegos de azar, y que su madre era una mujer muy fea –“parecida a Groucho Marx”– que tenía un respeto excesivo por cualquiera que estuviera relacionado con la medicina –“si podías despachar una receta o vender cataplasmas de maíz, mi madre te permitía efectuar una cirugía de cerebro”–. Ambos eran tan opuestos que no se ponían de acuerdo en nada, excepto sobre Hitler y las malas calificaciones escolares del niño Woody, entonces llamado Allan Konigsberg.
En la década de los 40, asistía de mala gana a una escuela pública en Brooklyn, cuyo plantel de profesores estaba compuesto por mujeres irlandesas de pelo azulado, estrictas, maltratadoras y antisemitas, que impartían una rutina monótona que aseguraba que nadie aprendiera nada. Tampoco le gustaba el instituto hebreo donde iba en las tardes. Nunca creyó que, en caso de que existiera un dios, éste estaría a favor de los judíos. Por eso, desde muy joven se alejó de esos fanáticos de pelo hirsuto que ayunan por sus pecados y oran a un poder imaginario que, a pesar de sus ruegos y halagos, “los recompensa con diabetes y reflujo gástrico”.
Fue una prima quien lo llevó por primera vez al cine, en el que se imponía Hollywood con su moralidad patriótica y sus finales milagrosos, “donde los guionistas ocupaban un escalafón más bajo que los encargados de catering”. Allí estaban Humphrey Bogart, Gary Cooper y John Wayne, pero Woody sentía mayor empatía con los personajes más afectados, aquellos perdedores sin suerte que sufrían un ataque de ansiedad cuando estaban cerca de Rita Hayworth, Maureen O’Hara o Ingrid Bergman. Desde entonces, anhelaba poder entrar en un bar de Manhattan y pedir al cantinero “lo de siempre”, y después de un par de cocteles dirigirse a su piso en un rascacielos frente a Central Park, acompañado de una mujer hermosa. Pero pronto abría los ojos y despertaba en una realidad en la que vivía más como Huckleberry Finn que como Clark Gable.
Consciente de que “la correlación entre las películas malas y el éxito de taquilla es un enigma que la física aún no ha podido dilucidar”, desde su primer filme confió sólo en su propio criterio, sin ceder ante la presión de los productores, preocupados únicamente en lo comercial. No le interesa dejar un legado que lo haga inmortal, y le resulta irrelevante lo que ocurra con su obra cuando él ya no esté. Sostiene que el mejor premio para un cineasta o cualquier artista es el acto creativo en sí. No le interesan las críticas negativas, tampoco los aplausos ni los elogios, pues “no evitarán que en algún momento sufra de artritis y culebrilla”.
El libro también repasa, con mucho humor, su accidentada vida amorosa: un breve matrimonio con una estudiante de filosofía que, durante un debate metafísico, logró probar que él no existía; una relación tormentosa con una mujer adorable que lo engañaba con “cualquier varón que estuviera registrado para votar en los tres estados más próximos”; un divertido concubinato con una devoradora insaciable de carnes y postres que resultó ser bulímica; y una larga y sólida relación con la hija adoptiva de una exnovia.
No oculta su aflicción por la acusación de abuso sexual que lo persigue hace muchos años, a pesar de que fue desestimada por los organismos que realizaron la investigación. Nunca fue acusado formalmente de ningún delito, y la única vez que asistió a la corte fue para participar de una audiencia de custodia. Sin embargo, una gran turba de linchadores mediáticos, rebosantes de indignación moral, asumieron una posición radical sobre un evento que apenas conocían y se apresuraron a declararlo “culpable por acusación”.
Consciente de que atraviesa su “último acto”, Woody no se arrepiente de las decisiones que tomó en su vida, y afirma que si tuviera que empezar otra vez, lo único que haría diferente sería “no comprar ese milagroso cortador de verduras que un tipo anunció por la tele”. A sus 85 años sigue escribiendo con gran entusiasmo y sólo espera, con su neurosis habitual, que durante una tormenta eléctrica no se le ocurra a un rayo atravesar el cristal de su ventana, estrellarse contra su máquina de escribir y chamuscarlo mientras produce “una pícara sátira sobre las costumbres y convenciones sociales contemporáneas”.
El autor es arquitecto, lemadennis@gmail.com
Columnas de DENNIS LEMA ANDRADE



















