El cierzo y la inquietud
Toda la noche soñé con Ritornello en el viento, taquirari con letra del bohemio Mariano Méndez Roca y la inspiración musical de Rogers Becerra Casanovas: “llueve, llueve en fino tamiz, sobre las olas de un cielo gris...”. Una estrofa alude al viento y el alud, que yo creía hablaba del cierzo y la inquietud, rebuscado que soy, de un sinónimo de ‘ventarrón’. El ‘alud’ se refería a tempestades que derrumban farallones rivereños y naufragan embarcaciones; años más tarde eran bombas de agua de alto poder que los angurrientos de oro sedimentario usaban para derribar riberas.
Estos días zarandean la canoa planetaria noticias de aprestos de guerra, golpes de Estado y variantes de un virus que encierra a los vejetes del mundo; en Bolivia, el apresamiento —tal vez por pedido del patrón que solicitará su extradición— del que fuera capo de la lucha contra el narcotráfico pero que volcó la gorra de policía: empezó la ventolera entre los que quizá fueron sus cómplices y la oposición política que reclama su castigo.
Sin embargo, el cierzo y la inquietud califican los tiempos tempestuosos que tienen ansiosos a muchos. ¿Alguien se acuerda de la Covid-19? Rehúyen pinchazos las multitudes en países poderosos que tienen las vacunas, que encima protestan en contra de encerronas preventivas en bares, restaurantes y discotecas. Incluso en países muertos de hambre se inician montoneras que poco a poco derivan en movimientos políticos. Imagino a científicos quemándose las pestañas para desarrollar píldoras antigripales hoy que ya se habla de endemia anual, como la gripe, en vez de pandemia excluyente de países pobres.
¿Qué pasó con la cháchara del cambio climático que Greta Thunberg define como ‘bla-bla-bla’? Quizá la alianza de empresas petroleras y gigantes automotrices es bocado indigesto para políticos. En un planeta afectado por emanaciones de combustibles fósiles no faltó el inventor de un avión volador, de menor uso de energía sucia. Una vez más se quitó el brazo al pinchazo y a la energía verde y sostenible.
El aumento de la temperatura marítima relieva el rasgo humano de solazarse del mal ajeno y a pocos preocupa la extinción de especies vegetales y animales en océanos salados, ¡si ni siquiera tenemos mar! Los desechos que contaminan son vistos como progreso de las bolsas de tela que cosían nuestras abuelas. Las heladas y riadas inusuales, los incendios forestales y tornados apocalípticos, la contaminación de los mares y la tala de las selvas son cosa de alarmistas.
Corren apuestas si en Cancún ganarán los hoteleros, con palas cargadoras para limpiar de sargazos las playas de turistas, a los conservacionistas empeñados en salvar arenas donde siembran sus huevos las tortugas. ¿Y qué de las algas marinas que albergan y alimentan moluscos, plancton casi invisible? Apuesto que no son cangrejitos como los ‘chulupis’ de aguas tarijeñas…
Corro el riesgo de asemejarme a la dama preocupada por los niños en congreso de ciudadanos informando sobre el cambio climático, en un episodio jocoso de Los Simpson. Pero si la pandemia de la Coviv desnudó el egoísmo de un mal que solo se erradicará si se vacunan ricos y pobres, blancos racistas y negros aguantadores, asiáticos sean chinos o hindúes, e indígenas sean de cacicazgos sojuzgados o tribus selváticas. Los tambores de guerra en Europa regodean a los fabricantes de armas. La plaga de migrantes africanos o latinos centroamericanos socapa a sus poderosos de palacetes en Dubái, o condominios en Miami.
Dividido que ahora está el mundo en tres potencias —Estados Unidos, China y Rusia— en vez de la superpotencia que tampoco pudo con los talibanes afganos, bastan dos aliadas y una alianza de dos de ellos para jaquear al tercero. ¿Y los europeos?, preguntará alguno. Bueno, copian a algún demagogo con su versión del muro ‘trumpiano’ entre México y el falaz ‘sueño americano’.
Pregunta algún comentarista estadounidense ¿qué pasó con el gran país unido de posguerra que reconstruyó Europa con el Plan Marshall? Bueno, es mejor para ellos continuar con un mundo de explotadores que fabrican armamento, y países explotados cuyos mandamases compran lujos y propiedades. Seguirán en la onda egoísta de la época. Al cabo, sus millonarios comprarán pasajes a Marte, en cohetes fabricados por emprendedores capitalistas.
No deseo ser agorero de males futuros, si como muchos veteranos estoy en la sala de preembarque de mi vuelo al más allá. Sin embargo, preocupa el planeta moribundo que heredarán hijos y nietos por la estupidez humana. Mejor dicho, por la estulticia de un norte que a la hora nona compensa la explotación de antaño del sur mundial, con puñados de voluntarios soñadores para salvar animalitos, pajaritos y pececitos.
El autor es antropólogo, win1943@gmail.com
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