¿Podemos abandonar la superstición?
Ya que en Bolivia est a mos en el mes del orgullo pagano y de la celebración intensiva de todo tipo de supersticiones primitivas... el otro día me preguntaba cómo se sentiría un hombre (o mujer) del siglo XVII si de pronto apareciera en esta época.
Nuestro improbable visitante no dormiría ni comería durante días, fascinado por lo que consideraría o milagros o alucinaciones.
¿Cruzar un océano en pocas horas, volando? ¿Hablar con un ser humano al otro lado del planeta? ¿Acceder a millones de libros y periódicos a un costo ínfimo? ¿Máquinas con la fuerza de miles de hombres?
Indudablemente se alegraría de saber que todas las enfermedades de su época, desde la peste hasta la viruela, no son más que lejanos recuerdos. Y, claro, no entendería que en este tiempo el problema ya no son las hambrunas, sino la obesidad...
Seguro que tomaría tiempo convencer a nuestro visitante de que todas esas maravillas no fueron regalo de los dioses ni el resultado de la quema intensiva de hierbas y menos aún el producto de sacrificar animales o gente. Pero, bueno... esto es sólo un ejercicio intelectual.
Lamentablemente, no recibiremos nunca la visita de algún tatarabuelo, involuntario viajero en el tiempo. Sería interesante escucharlo y comprender lo dura que era la vida en el pasado... para apreciar mejor el milagro del presente. Pensándolo bien, creo que hoy en día, y especialmente en nuestro pobre país, hay muchas personas que necesitan convencerse de este cambio positivo en la existencia humana.
Habría que hacerles notar que sus supersticiones primitivas son una forma de ceguera más que de ignorancia. Quizás funcione... ¿estarán nuestros compatriotas dispuestos a abandonar la superstición? Habrá que preguntarles, supongo.
Columnas de ERNESTO BASCOPÉ

















