La sociedad del control
En distintos ámbitos de nuestra sociedad se repite una realidad tan frecuente como preocupante: muchas personas parecen cumplir las normas únicamente cuando existe alguien vigilando, supervisando o ejerciendo control sobre ellas. Cuando la autoridad desaparece, también desaparecen el compromiso con las reglas, la responsabilidad colectiva y, en algunos casos, incluso el respeto básico hacia los demás.
Esta conducta no es un fenómeno aislado. Se manifiesta en situaciones cotidianas, desde el incumplimiento de normas de tránsito cuando no hay presencia policial hasta la falta de disciplina laboral en ausencia de supervisión directa. Más allá de las circunstancias particulares, el problema revela una cuestión cultural más profunda: la dificultad de asumir que el respeto a las reglas debe surgir de la convicción y no del temor a una sanción.
Las sociedades más sólidas no son aquellas que cuentan con más mecanismos de control, sino las que han desarrollado una conciencia ciudadana capaz de orientar la conducta incluso cuando nadie observa. La verdadera responsabilidad se demuestra en ausencia del vigilante.
A esta realidad se suma otro fenómeno igualmente preocupante: el uso indebido del poder. Con frecuencia, personas que acceden a cargos de autoridad, por modestos que sean, olvidan que la función principal de esa posición es servir y contribuir al bienestar colectivo. En lugar de convertirse en ejemplos de conducta, algunos utilizan su poder para imponer, humillar o ejercer privilegios que consideran merecidos por el simple hecho de ocupar un determinado puesto.
Resulta paradójico que quienes alguna vez aspiraron a una oportunidad para demostrar capacidad y liderazgo terminen reproduciendo conductas autoritarias. El poder, incluso en sus expresiones más pequeñas, se convierte para algunos en una herramienta de diferenciación antes que de servicio. Así, la autoridad deja de ser un instrumento para generar orden y confianza y se transforma en una fuente de temor o abuso.
El desarrollo de una sociedad está profundamente vinculado a la calidad humana de sus ciudadanos. Una comunidad crece cuando sus integrantes comprenden el valor del respeto mutuo, actúan con honestidad y entienden que sus decisiones repercuten en el bienestar colectivo. La construcción de una sociedad más justa y moderna comienza con personas capaces de ejercer sus derechos con responsabilidad, respetar las normas sin imposiciones externas y asumir que son parte de un proyecto común.
La gratitud también parece ausente en muchos de estos casos. Alcanzar un cargo de responsabilidad debería fortalecer el compromiso ético, la humildad y la conciencia sobre el impacto de las propias decisiones. Sin embargo, no son pocos quienes interpretan el puesto como un privilegio personal antes que como una responsabilidad frente a quienes brindaron su confianza en ellos.
Estas conductas forman parte de una cotidianeidad que, por repetida, corre el riesgo de normalizarse. Nos hemos acostumbrado a observar pequeños abusos de autoridad, incumplimientos constantes de normas y actitudes que privilegian el beneficio individual sobre el interés común. Lo preocupante es que, al aceptarlas como algo habitual, contribuimos involuntariamente a su permanencia.
La reflexión que surge de esta realidad es inevitable. Una sociedad avanza cuando sus ciudadanos actúan por convicción y quienes ejercen autoridad comprenden que liderar significa servir. El respeto a las normas no debería depender de la vigilancia permanente, así como el ejercicio del poder no debería traducirse en privilegios o abusos.
Quizás el desafío más importante sea fortalecer una cultura basada en principios, donde el ejemplo tenga más peso que la imposición y el respeto sea una práctica cotidiana antes que una obligación. Al final, el verdadero carácter de una persona se revela cuando nadie la observa y cuando tiene la posibilidad de ejercer poder sobre los demás.
Columnas de Leidy Merino

















