El reto pendiente de una sociedad agradecida
En Bolivia solemos decir que respetamos a nuestros mayores. Sin embargo, basta observar lo que ocurre diariamente en las calles, mercados y medios de transporte para preguntarnos si realmente estamos honrando ese principio que forma parte de nuestros valores familiares y culturales.
La vejez es una etapa natural de la vida. Sin embargo, muchos adultos mayores enfrentan no solo los desafíos propios del envejecimiento, sino también la indiferencia, la exclusión y, en ocasiones, el desprecio de una sociedad que parece valorar a las personas únicamente por su capacidad de producir y generar ingresos.
Muchos cambios asociados al envejecimiento son normales. Caminar más despacio, requerir más tiempo para realizar ciertas actividades o experimentar modificaciones en el sueño forman parte del proceso natural de la vida. Significa que el cuerpo y la mente atraviesan transformaciones que requieren comprensión, adaptación y acompañamiento.
Sin embargo, el verdadero problema muchas veces no está en la edad, sino en la manera en que la sociedad trata a quienes han envejecido.
Uno de los ejemplos más visibles ocurre en el transporte público. No es extraño observar cómo algunos conductores evitan recoger a personas mayores porque pagan una tarifa reducida o porque necesitan más tiempo para subir y bajar del vehículo. Lo que para algunos representa unos segundos de retraso, para un adulto mayor puede significar una larga espera bajo el sol, el frío o la lluvia.
La situación resulta aún más preocupante cuando recordamos que muchas de esas personas trabajaron durante décadas construyendo el país que hoy disfrutamos. Contribuyeron al desarrollo de sus familias y de sus comunidades. Sin embargo, al llegar a la vejez, algunos son tratados como si fueran una carga.
La realidad económica también obliga a reflexionar. En mercados de ciudades y provincias es frecuente encontrar a hombres y mujeres de avanzada edad vendiendo pequeñas cantidades de verduras, frutas, hierbas o productos cultivados en sus propios terrenos. Muchos están allí porque sus ingresos son insuficientes para cubrir sus necesidades básicas.
Cada mano arrugada que ofrece una bolsa de habas, unas zanahorias o un manojo de cebollas cuenta una historia de esfuerzo, sacrificio y dignidad. Sin embargo, estas personas son ignoradas o menospreciadas.
Vivimos en una época en la que la productividad parece haberse convertido en el principal criterio para valorar a las personas. Quien produce es útil; quien deja de producir es invisible. Esta lógica resulta profundamente injusta cuando se aplica a quienes dedicaron gran parte de su existencia a construir el bienestar de las generaciones actuales.
La soledad constituye otro desafío silencioso. Muchos adultos mayores viven solos, especialmente después de la pérdida de su pareja o debido a la migración de hijos y familiares. En estos casos, una llamada telefónica, una visita o una conversación pueden tener más valor que cualquier regalo material.
Como sociedad debemos preguntarnos qué ejemplo estamos dando a las nuevas generaciones cuando permitimos que una persona mayor sea ignorada en una fila, maltratada en el transporte público o menospreciada por vender unos cuantos productos para complementar sus ingresos.
Una sociedad verdaderamente humana no se mide por la riqueza que acumula, sino por la forma en que trata a quienes son más vulnerables.
Bolivia tiene una larga tradición de respeto hacia los ancianos, especialmente en las comunidades donde los mayores son considerados guardianes de la memoria y transmisores de sabiduría. Recuperar ese espíritu podría ayudarnos a construir ciudades más solidarias y relaciones más humanas.
Respetar, escuchar y acompañar a nuestros adultos mayores no es un acto de caridad; es un acto de justicia y gratitud hacia quienes ayudaron a construir el país que hoy habitamos.
Columnas de Leidy Merino


















