El coraje del plano secuencia: 90 años de Jorge Sanjinés mirando adentro
Llevo varios días en un bucle extraño, volviendo a ver La nación clandestina (1989) una y otra vez. Supongo que pasa cuando uno se choca con un cine que no es solo un encuentro estético en la pantalla, sino un descubrimiento fundacional, vital, determinante.
Sanjinés terminó siendo eso para mí, allá, en los años 90: una luz en plena penumbra colonial, un faro ciego que rasga la niebla histórica y te enseña a entender el cine que de verdad nos identifica.
En sus películas conviven vetas temáticas que se trenzan hasta armar una cosmovisión andina pesada, rotunda. Ahí se desvelan misterios y se cae de golpe en esa dualidad donde tiempo y espacio no se pueden separar.
Es la circularidad como una sentencia de vida. Pasado, presente y futuro: el nayra pacha, el jichha pacha y el jutiri o qhipa pacha. En medio de ese triple eje habitan nuestros actos, lo que hacemos, decimos y volvemos a hacer. Todo lo que se hizo antes tiene consecuencias graves en ese devenir del eterno retorno.
Esta circularidad andina dialoga de forma brillante con Occidente, pero torciendo sus conceptos. Por un lado, evoca el eterno retorno de lo idéntico de Friedrich Nietzsche; no como un destino fatal, sino como la prueba existencial máxima del amor fati: el individuo debe actuar con tal fidelidad a su propia verdad que desearía repetir cada una de sus decisiones infinitas veces. Por el otro, se conecta con el mito del eterno retorno de Mircea Eliade, donde las sociedades tradicionales rechazan el tiempo histórico lineal para reactualizar periódicamente el tiempo sagrado de los orígenes a través del ritual.
En el universo de Sanjinés, ambas visiones colisionan y se reformulan: el retorno ya no es una abstracción filosófica o puramente mística, sino una necesidad de reintegración política y comunitaria colectiva.
Para sostener semejante estructura temporal y política, Sanjinés usa la cámara como si fuera una figura retórica.
Se nota en la gran metáfora de la culpa en la misma La nación clandestina. Sebastián Mamani, el campesino aymara expulsado por traicionar a los suyos, vive la alienación de la ciudad solo para volver a ejecutar el baile del Jacha Tata Danzanti.
Su viaje es la metáfora pura del retorno forzoso a las raíces; entrega su vida en un sacrificio ritual porque entiende que es la única vía para redimirse y volver a formar parte del cuerpo colectivo.
Aquí se cumple tanto el mandato existencial de Nietzsche —asumir el propio destino trágico hasta las últimas consecuencias— como la restauración de Eliade, suspendiendo la historia colonial para refundar el tiempo mítico de la comunidad.
Esa obsesión por la justicia ya venía desde la metonimia del despojo en Ukamau (1966), donde el sufrimiento y la venganza de una sola familia indígena no se quedan en la anécdota, sino que actúan como la parte que representa al todo: la herida de un pueblo entero explotado.
El testimonio de los oprimidos adquiere tintes colosales a través de la reconstrucción de la masacre minera en El coraje del pueblo (1971), donde la recreación fílmica ya no es ficción, sino una figura de testimonio vivo que desmantela el discurso militar de la tiranía.
Después la confrontación se vuelve directa, casi insoportable, a través de la hipérbole de la crueldad en El enemigo principal (1973). Ahí Sanjinés amplifica la violencia imperialista y la opresión militar; no por exagerar, sino porque necesita esa crudeza como un espejo incómodo que despierte de una vez la conciencia política.
Por esa misma línea se sitúa la denuncia de ¡Fuera de aquí! (1977), película donde la cámara expone frontalmente las estrategias de penetración y manipulación foránea en las comunidades, convirtiendo el cine en una verdadera barricada de autodefensa cultural.
Toda esa resistencia se vuelve sagrada en Yawar Mallku (1969). La agresión extranjera a través de la esterilización forzada de mujeres campesinas se eleva a una alegoría viva sobre el intento de borrar nuestra identidad, usando un plano secuencia integral que ya no filma a un individuo, sino a la comunidad entera de pie.
Sanjinés terminó siendo profético. No solo nos apuntó ese mandato de causa y efecto del mundo andino, sino que nos advirtió que las naciones clandestinas no necesitan que ojos de afuera vengan a descubrirlas, sino que se abran desde adentro hacia sus propias valoraciones.
Al cumplir 90 años, su legado es un pilar intransigente. Es un cine que no se mira con pasividad: se padece, se milita. En la cima de este Everest cultural, nuestra identidad ya no se esconde. Es eterna.


















