"Watergate boliviano": Cerimedo, Paz y el poder
En la histórica fauna política de este país, ha habido escándalos que golpearon a gobiernos de una manera brutal. O a un gobierno en particular. Y hay otros, como es el caso de Rodrigo Paz, que, en un tiempo récord (nueve meses), ya ha acumulado, al menos, una docena de tarjetas rojas, en un partido que comenzó mal, tuvo graves faltas y puede que termine en un desastre.
La más reciente: la del asesor presidencial, la femme fatale, Paz y todo el culebrón que, hasta la fecha, no acaba de desvelarse es, sin duda, la tapa de la caldera del diablo.
El caso Cerimedo pertenece, por ahora, a una categoría superlativa. Reveladora y absolutamente deleznable.
Si las investigaciones terminan demostrando que detrás de la trama que ha comenzado a emerger existió una estructura de negocios, favores, operaciones políticas o corrupción vinculada al poder, Bolivia podría estar frente a algo mucho más grande que el escándalo de un asesor: podría estar frente al "Watergate boliviano".
La comparación con Watergate no significa decir que Cerimedo sea el equivalente de los hombres que irrumpieron en la sede demócrata en Washington ni que Rodrigo Paz sea Richard Nixon.
La comparación está en otra parte: en la capacidad que tiene un hecho aparentemente delimitado de abrir una puerta hacia el interior del poder y revelar algo mucho más incómodo que el episodio que lo originó.
Watergate comenzó con un allanamiento y terminó convirtiéndose en una crisis política que destruyó la presidencia de Nixon.
Lo decisivo no fue solamente el delito inicial, sino todo lo que apareció alrededor: la utilización del poder, los mecanismos de encubrimiento, las conexiones, los silencios y la resistencia de la Casa Blanca a que la verdad saliera a la luz. Ahí está el verdadero paralelo con Bolivia.
Todavía no estamos ante un Watergate consumado. Sería irresponsable afirmarlo. Pero también sería ingenuo reducir el caso Cerimedo a un problema personal de un asesor que, por casualidad, estuvo cerca del poder presidencial.
El verdadero problema para Rodrigo Paz no es solamente quién es Cerimedo, sino qué representa su presencia alrededor del Gobierno y, sobre todo, qué preguntas empieza a abrir.
¿Qué hacía exactamente dentro del poder? ¿Quién le abrió las puertas? ¿Quién lo acercó al círculo presidencial? ¿Qué funciones cumplía realmente? ¿Qué capacidad de influencia tenía? ¿Con quién se relacionaba? ¿Qué negocios, operaciones o intereses pudieron desarrollarse alrededor de esa cercanía? Y, quizá la pregunta más incómoda de todas: ¿hasta dónde llegaba realmente su relación con el Gobierno?
Las respuestas determinarán la dimensión política del escándalo. Porque un gobierno puede sobrevivir a un funcionario corrupto. Puede sobrevivir incluso a varios funcionarios cuestionados y corruptos. Lo que empieza a resultar mortal es la sospecha de que la corrupción no sea una anomalía, sino una forma de funcionamiento. Ahí aparece Watergate, no como una copia histórica, sino como una advertencia.
El escándalo, además, llega en el peor momento posible para Paz. Su Gobierno todavía no cumple un año y ya carga con una acumulación de problemas que comienzan a configurar una percepción de fracaso prematuro. La crisis económica, los problemas con los combustibles, las dificultades políticas, los conflictos internos, las disputas con el Legislativo, la salida de ministros y el desgaste acelerado de la imagen presidencial forman un escenario en el que Cerimedo puede convertirse en algo mucho más peligroso que otro episodio de una administración convulsionada.
Porque los escándalos no se suman: se superponen. Uno nuevo puede devorar al anterior. La sociedad tiene una capacidad limitada de atención y memoria. Cuando aparece un escándalo mayor, el anterior comienza a perder espacio, deja de ocupar las conversaciones y lentamente se convierte en un episodio del pasado. El ciudadano no borra necesariamente lo ocurrido, pero deja de tenerlo en primer plano.
Esta característica psicológica de la opinión pública puede tener una consecuencia política extraordinaria en Bolivia. Y aquí aparece el principal problema de Paz: hasta ahora no ha mirado el asunto de frente.
Ha anunciado investigaciones. Ha dispuesto que se investigue. Pero anunciar una investigación no equivale a responder las preguntas que ya están instaladas en la sociedad. Investigar es necesario, pero no suficiente.
Un presidente no puede esconderse detrás de una comisión investigadora cuando las interrogantes apuntan hacia las puertas de su propia administración.
Paz tiene que dar la cara. Tiene que mirar de frente a Bolivia y explicar lo que sabe. Tiene que responder qué hizo Cerimedo, por qué estuvo cerca del poder, quién lo llevó hasta allí y cuál fue exactamente la naturaleza de esa relación. Si existen respuestas, debe darlas. Si no las tiene, debe decirlo. Si hubo errores, debe asumirlos. Y si hubo algo irregular, tiene que ser el primero en exigir que se conozca toda la verdad.
Porque el silencio presidencial, en determinadas circunstancias, deja de ser prudencia y comienza a parecer evasión.
Durante años, el masismo de Evo Morales acumuló un enorme archivo de denuncias, acusaciones, controversias y cuestionamientos. Muchos de ellos terminaron diluyéndose en la saturación política. La repetición terminó produciendo una especie de acostumbramiento social. El escándalo permanente puede llegar a perder su capacidad de escandalizar.
Pero hay momentos en los que un caso consigue condensar todos los anteriores.
Cerimedo podría convertirse en uno de ellos. No necesariamente porque sea el caso más grave de todos los que han rodeado a esta administración, sino porque tiene una característica que los demás no poseen con la misma intensidad: conduce directamente hacia el interior del poder presidencial.
Y cuando una sociedad comienza a preguntar quién entra, quién sale, quién influye, quién hace negocios, quién decide y quién tiene acceso al presidente, el problema deja de ser individual.
Se convierte en un problema de poder. Por eso Paz no debería cometer el error de pensar que la tormenta desaparecerá simplemente porque pase el tiempo. Las investigaciones pueden durar semanas o meses. Los expedientes pueden avanzar lentamente. Pero la política no espera a los expedientes. La opinión pública construye sus propias conclusiones mientras las instituciones investigan.
Y allí el presidente tiene una responsabilidad que nadie puede delegar. Debe hablar, debe explicar, debe mirar a Bolivia de frente.
Porque si el caso Cerimedo termina siendo solamente la historia de un asesor que estuvo demasiado cerca del poder, Paz podrá sobrevivir políticamente al episodio. Pero si las investigaciones descubren una trama de intereses, negocios, favores, operaciones o corrupción conectada con el Gobierno, entonces la historia será otra.
Y será mucho más difícil escapar de ella. Los escorpiones tienen una característica que durante siglos alimentó metáforas sobre su propia naturaleza: poseen un aguijón venenoso en la cola. La imagen resulta inquietantemente apropiada para la política.
Paz debe tener cuidado de que este escándalo no termine convirtiéndose en su propio veneno.Porque un gobierno puede ser golpeado desde afuera, por la oposición, por una crisis económica o por las calles. Pero existe un golpe mucho más peligroso: aquel que nace dentro del propio círculo del poder.
El verdadero riesgo para Rodrigo Paz no es solamente que Cerimedo hable. Es que todo lo que aparezca alrededor de Cerimedo termine hablando por sí mismo.
Y entonces el presidente podría descubrir demasiado tarde que el veneno no siempre viene de los adversarios. A veces nace dentro del propio poder y, como en la vieja metáfora del escorpión, termina llegando desde la propia cola. La diferencia es que esta vez Bolivia está mirando.
Y espera respuestas.Y aquí queda una última advertencia. El poeta Horacio dejó escrita una frase brutal: “La demanda acabará en risas y tú te irás libre de cargos.” Una sentencia que, trasladada a la política, adquiere una actualidad incómoda.
Porque ese es precisamente el riesgo que enfrenta Bolivia: que la investigación se convierta en espectáculo de circo, que las explicaciones se diluyan con el tiempo, que las preguntas terminen archivadas y que, al final, todo desemboque en risas mientras los responsables se marchan sin cargos.
El autor es comunicador social.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.



















