Marisel Mamani: la científica aymara que busca reducir el uso de agroquímicos en Bolivia

Cultura
Publicado el 06/07/2026 a las 9h13
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Mi bisabuela se casó muy joven. A los 14 años. Cuando todavía existían las haciendas en el Altiplano de La Paz. Un día se le escapó una oveja y el hacendado la empezó a golpear. Ella ya estaba embarazada de mi abuela”.

Marisel Mamani Mamani reconstruye el linaje de su familia materna desde el relato disperso de su abuela fallecida en 2025. En un idioma que entiende, pero no habla ——el aymara— alguna vez le preguntó dónde nació, pero la anciana no supo precisar. “Decía Altiplano norte. Decía Laja”, cuenta la nieta.

Lo que sabe es que, tras el episodio de violencia por la oveja perdida, su bisabuelo escapó junto a su esposa, Lazaria, para que el patrón no le siga pegando. La pareja llegó a otra zona del Altiplano, cerca de Laja, a 35 kilómetros de La Paz. Allí nació la abuela de Marisel Mamami: Juana Quispe Pacheco.

En ese momento, años antes de la Revolución Agraria de 1953 —un decreto que devolvió a indígenas y campesinos territorios que estaban en manos de latifundistas— era difícil sobrevivir en la zona rural. Además, al abandonar la hacienda, los bisabuelos perdieron la posibilidad de acceder a un pedazo de tierra, como ocurrió tras la expulsión de los terratenientes. Por ello, cuando al hombre le ofrecieron trabajo de jardinero en la ciudad, no dudó en aceptar.

La familia llegó a Llojeta, en el oeste de La Paz. Por entonces, en los años 60, era un villorrio de terrenos baldíos asentados en la falda de un cerro apenas poblado por otros migrantes rurales. La madre de Marisel Mamami, Petrona, nació aquí.

La Paz era como un anfiteatro gigante, en cuyo centro estaban los bancos, la sede de Gobierno, la diplomacia, los edificios de cristal. Hacia afuera, en los cerros o “graderías”, barrios populares que se fueron poblando de a poco. Migrantes aymaras. Obreros. Gente que vino de otras partes del país. Primero construyeron casuchas de ladrillo. Después, casas y edificios —también de ladrillo—que en vez de techos lucen terrazas para captar el sol que arde a 3600 metros de altura.

Marisel Mercedes Mamani Mamani nació en 1987 en Cotahuma, uno de estos barrios populares. En el mismo distrito donde vivió su abuela, Juana, y donde nació su madre. Ambas mujeres aymaras que vestían pollera ancha y de colores intensos, chaqueta estrecha, manta brillosa y sombrero bombín ladeado.

En la década de 1980, la zona era un lugar aquejado por necesidades básicas, como la falta de agua potable, y muy golpeado por deslizamientos de tierra, como en 1996, cuando un alud enterró a muchos vecinos.

Pero lejos de evocar carencias y temores, Cotahuma es para la científica y sus dos hermanos vivos el lugar donde sus padres les dieron lo necesario para estudiar: una computadora cuando pocos accedían a ellas; un colegio privado cuando lo común era ir a escuelas públicas; un hogar donde no se vieron obligados a trabajar en la infancia pese a las necesidades. El lugar donde la madre rompió la tradición de tres generaciones: casarse antes de los 20 años. “Acá tú te dedicas a estudiar”, le dijo un día a su hija mayor.

Ni la bisabuela ni la abuela ni la madre de Mamani pudieron ir a la escuela. Hoy, ella cursa un doctorado en Biología de la Universidad Sueca de Ciencias Agrícolas (SLU, por su sigla en inglés), en Uppsala, Suecia.

De las leyes a la ciencia

A Mamani no le gustaba la ciencia. Prefería la historia. Quería ser abogada. En la adolescencia le juró a su maestra de Biología que nunca estudiaría nada que tuviera que ver con esa rama o con la química.

Al terminar el bachillerato, se aprestaba a inscribirse en la Facultad de Derecho, pero su padre y una amiga le cambiaron el destino. “Mujer y abogada. Esa combinación no funciona”, le dijo Eusebio.

Una compañera le comentó que iba a estudiar Bioquímica y ella preguntó: “¿Qué hace una bioquímica?”. “Medicamentos”, respondió la joven. Ese día le avisó a su papá que estudiaría esa carrera.

Pero Mamani demoró tres años en ingresar a la Facultad de Ciencias Farmacéuticas y Bioquímicas de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). Al tercer intento fallido, tenía el argumento perfecto para irse a Derecho. Pero su padre no estaba dispuesto a desistir. Conversando con otros padres supo que se podía pedir la revisión de exámenes mediante una carta. Salió, pidió a alguien que la redactara y ordenó a su hija: “Agarre y firme esto”.

Él mismo llevó la carta y días después, cuando le dijeron que Mamani había aprobado, saltó de emoción. “La chica ha entrado a la universidad’, le dijo a su esposa por teléfono.

Diagnosticar, curar o prevenir

“Ella era la cabecita de la familia. Siempre ha sido muy estudiosa”, cuenta su hermano Marcos. Y así fue en la Universidad. Sus docentes recuerdan que siempre obtenía buenas notas y que un tropiezo no era motivo para parar.

Casi al terminar la carrera, empezó a trabajar con Helicobacter pylori, una bacteria silenciosa que, sin un tratamiento a tiempo “puede convertirse en un cáncer”. Hiperactiva como se define, un día se fue a un hospital público de gastroenterología y buscó al director: “¿Por qué una bacteria que no soporta el oxígeno puede sobrevivir? ¿En qué momento se contrae la enfermedad?”, preguntó.

La respuesta que le dio el médico hoy es su principal insumo de estudio. “La enfermedad entra por lo que comes”, le dijo. “Al tomate le ponen seis pesticidas, que no son otra cosa que compuestos químicos. Ahora, te pregunto: ¿tú qué quieres hacer? ¿Diagnosticar? ¿Quieres curar o quieres prevenir?”.

Mamani defendió una tesis sobre la aplicación de extractos vegetales para frenar el crecimiento de la bacteria Helicobacter pylori. “Su aporte más destacado fue demostrar que, a diferencia de los antibióticos tradicionales, los extractos de plantas que investigó lograban actuar directamente sobre el Helicobacter”, describe la también científica María Teresa Álvarez, tribunal de su defensa.

De la curiosidad al hallazgo

Tras defender la licenciatura, Mamani sacó su primera maestría, en Ciencias Biológicas y Biomédicas. Logró destruir la pared celular de hongos dañinos para el mango y eliminar las larvas de la mosca de la fruta en el suelo. Este doble éxito, sin uso de pesticidas, fue decisivo para dedicar su carrera a prevenir problemas agrícolas usando biotecnología.

Ese estudio la llevó a otra curiosidad. “Quería entender mejor la agronomía porque mi formación estaba orientada al diagnóstico clínico en humanos, pero me di cuenta de que era más fácil prevenir que curar”, dice. Hizo una segunda maestría, en Ciencias Agrarias, con especialidad en Cambio Climático y Seguridad Alimentaria. Todavía debe defender este postgrado.

“Raza de bronce”

Uppsala — ciudad universitaria de frío intenso y pocos días de luz en el verano— es hoy el lugar donde Mamini se siente segura y donde aprendió a convivir en medio de una cultura muy distinta a la suya.

Con nostalgia dice que pronto debe volver al país para continuar su proyecto de investigación, que tiene varias fases. A la larga, busca ayudar a reducir el uso de agroquímicos en Bolivia, cuya tasa per cápita está entre las más altas del continente, según datos de Productividad Biósfera Medio Ambiente (Probioma). La organización sostiene que en los últimos 20 años, se incrementó el uso de estas sustancias hasta en un 169 % por hectárea.

Pero todo esto comenzó en 2021, cuando se recolectó 441 cepas del hongo Trichoderma, en Caranavi, un municipio cafetalero a 162 kilómetros de La Paz. Gracias al doctorado de Mamani, ha sido posible identificarlos o “ponerles nombre y apellido” a través de un código de barras de ADN, explica su supervisora.

De esa cifra, “41 cepas no corresponden a géneros ni especies descritas en ningún lugar del mundo”, explica Carla Crespo, «lo que significa que Bolivia tendría la colección más grande de Trichodermas de América Latina».

Pero el aporte de Mamani y su equipo va más allá de la ciencia, impacta en el trabajo de productores de café en los Yungas de La Paz, con quienes fue tomando confianza gracias a que los une la misma cultura. “Ellos me hablan de los rituales y yo los respeto. La ciencia no puede estar separada de la parte ancestral”, dice la científica y cuenta que en su casa todavía se siguen tradiciones milenarias para “despachar” almas o darles el adiós desde la cosmovisión andina.

Quizá por eso cuando comenzó el proyecto, los productores de café la fueron identificando como la líder, investigadora principal del equipo. “Esa confianza le permitió seguir adelante. ‘Soy raza de bronce. Entonces, puedo y ellos también pueden”, le dijo a Crespo un día, en alusión al título de una novela boliviana que reflejaba la resistencia aymara frente a las adversidades. “Así ha ido trazándose un camino”, cuenta su colega.

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