A seis años de octubre de 2019: cuando Bolivia se partió en dos

Columna
BITÁCORA DEL BÚHO
Publicado el 01/11/2025

"Vox populi, vox Dei". Retumba el proverbio latino que muchos le atribuyen a Hesíodo, el gran poeta griego del siglo VIII y otros al monje anglosajón del siglo VIII después de Cristo, Alcuino de York. 

Es un aforismo vigoroso y prometedor. Taxativo y determinante en su escritura, en su pronunciación y en lo fáctico.

Pueblo y Dios es un ensamble indisoluble que lo hace invencible y sabio. Los pueblos vencen, siempre, desde su voz clamorosa y auténtica hasta su peregrinaje por caminos tortuosos por querer encontrar su origen y su poder. La voz de Dios está representada en la fe y en la persistencia de ese pueblo que no tiene dónde asirse a otra cosa que no sea su lucha inquebrantable por ser oído y atendido.

Como si se tratase de un pasaje bíblico, los 21 días de paro (octubre y noviembre de 2019) en esta Bolivia todavía maltrecha, nos enseñaron con creces lecciones de vida, hermandad, solidaridad, persistencia, sacrificio y un profundo civismo que quedarán en la memoria histórica de los que fuimos testigos de ese tiempo y los relatos que, seguramente en un futuro, serán atendidos con incredulidad por las futuras generaciones. 

En esos 21 días de permanente vigilia, parece que el tiempo, nuestro tiempo, se hubiese congelado. El espacio se hizo amplio, paradójicamente y, los anhelos, inquebrantables. Y es que los bolivianos nos volvimos a reconocer idénticos en nuestras diferencias. Nos vimos, uno a uno, en un espejo nítido, en ese reflejo de agua inmóvil que el poeta germano, Angelus Silesius, llama la idéntica perfección de lo disímil.  

En 21 días, nos relamimos las profundas heridas que en 13 años y un tris, fueron abiertas, por un capataz, una y otra vez, pretendiendo hacernos creer que éramos diametralmente opuestos unos a otros. Inventando muros perversos de razas, idiomas y colores. 

Dibujaron en sus cerebros ciudadanos de primera y segunda. Ningunearon la verdadera pluralidad, la colectividad y al pueblo en su esencia. Enfermos de poder, inventaron neolenguas: la paz es la guerra, la alegría y la legalidad se castiga con la cárcel. 

El proceso de cambio que el gran hermano ofrecía era ley, obedece o desapareces. ¡Acepta tu realidad, el mestizo odia al indio! ¡Él es tu enemigo principal! Dispara tu odio contra él. 

El sol y la luna se ocultarán y todo será oscuridad. Mientras las bestias del régimen se regodeaban observando los “tinkus” a muerte entre hutus y tutsis. El eclipse total de identidad y unión, lo producían esos saltimbanquis.   

Fueron 13 años en los que, sistemáticamente, fueron labrando su parcela separatista para gozar de una eterna vida de excesos, corrupción y la “dolce vita”. ¡Dividir para reinar! 

Los dogmas separatistas y los muros ideológicos impuestos por la bestia se convirtieron en bandera política que deshizo un tejido social y cultural que solo el tiempo podrá recomponerlo. 

A 21 días de habernos liberado de la posesión, el paro nacional por la unidad y la reivindicación democrática, sirvió de exorcismo. Jamás olvidaremos tantas ganas coartadas por ser solidarios, por abrazar al otro, al vecino, al policía, al militar, a la caserita, al que, con altura y dignidad, respetaba las barricadas, las “pititas” convertidas en titanio, a los que, con afán y espíritu divinos, hicieron que todos comiéramos de una misma olla, con una misma cuchara y con las miradas cómplice de saber que el sacrificio iba a recompensarnos muy pronto con la libertad. 

Eso nos hizo un poco más humanos que hacía 21 días, que hacía 13 años. Nos reconciliamos con nuestra condición de seres eminentemente sociales, reivindicamos nuestra evolución como semejantes que siempre buscamos los retos y las conquistas. Somos criaturas porfiadas y con convicción: rompemos cadenas y derribamos muros. 

Por eso despachamos tiranos y nos reagrupamos en el núcleo de la unidad, en el festejo de nuestra grey, para forjar el bien común. 

¡La voz del pueblo, es la voz de Dios!

En ese 2019, el capataz pensó dejar a una Bolivia destruía en su unidad. Con premeditación y alevosía, supuso que nos mataríamos a tiros o con una quijada de burro, porque, según su creación, había dos Bolivias. Nada de eso ocurrió. Al contrario, ¡Bolivia estuvo más Bolivia que nunca

Y seguramente eso le dolía y le mortifica, porque jamás estuvo en su agenda de jeque árabe la unidad y la reconciliación de la patria. En el fondo de su pozo, la unión de los bolivianos siempre fue su pesadilla más bestial.  

En Cochabamba, en esta tierra indomable, la lucha inagotable fue extraordinaria, honesta y fidedigna. 

Así como las hormigas crean estrategias para defender sus vidas y su entorno, los cochabambinos descubrimos que a los héroes no se los construye ni se los clama: surgen, brotan, saltan al ruedo, con la voluntad en una mano y la convicción en la otra. 

Luego de que el tirano y su comitiva abandonaran la patria. Respiramos nuevos aires, pero nos pesó en el corazón que haya sido México el país que le dio refugio. Ese México que siempre tuvo espíritu libertario, pregonero de la democracia y la libertad. Recuerdo que mientras sucedían los hechos, pensaba en el otoño del 2 de octubre de 1968 cuando decenas de estudiantes fueron asesinados en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, bajo la mano tiránica de Gustavo Díaz Ordaz.

“A veces la intuición de los poetas es la más certera”. Le dijo Ordaz al poeta Octavio Paz, cuando el autor de “El laberinto de la soledad” reflexionaba sobre los aciagos hechos que estallaban en las calles de París, Praga, San Francisco, Berlín y Ciudad de México.

En 1972, Carlos Fuentes hacía un resumen valiente de los hechos y reivindicaba la posición de Paz: “La ruptura más clara y digna de la inteligencia con el poder represivo la protagonizó Octavio Paz al renunciar al cargo de embajador de México en la India a raíz de la matanza de Tlatelolco. 

La naturaleza de la represión contra quienes se atrevían a soldar la inteligencia y acción la comprobaron en carne viva, al ser privados de la libertad, José Revueltas, Heberto Castillo, Eli de Gortari”.

Pienso en los relatos de Elena Poniatowska sobre los hechos en Tlatelolco, y llego a la alegre conclusión de que jamás el pueblo mexicano contravino la libertad y la democracia, siempre fueron sus gobiernos. Ahora, más que nunca, se debe reivindicar a Octavio Paz, a Carlos Fuentes, a Jaime Sabines, a Carlos Monsiváis a Alfonso Reyes a José Emilio Pacheco, a Benito Juárez, a Pancho Villa y Emiliano Zapata, estos tres últimos, verdaderos líderes y guerreros que murieron por la libertad de sus pueblos. El pueblo de México sigue siendo luchador y libertario, sus gobernantes son la podredumbre, México, casi siempre, tuvo y tiene un Gobierno fallido.  

Cuando Evo Morales, autor del fraude electoral, en 2019, estuvo en brazos del por entonces presidente de México y acomodaticio, Andrés Manuel López Obrador, recordaba ese 2006, cuando el candidato izquierdista a la presidencia mexicana aseguraba que había sido derrotado con fraude, y amenazaba con convocar a sus seguidores a nuevas movilizaciones y a decidir el destino de su movimiento si un tribunal ratificaba a su rival oficialista como presidente. 

A seis años de los enfrentamientos entre bolivianos en 2019, Bolivia sigue debatiéndose entre el recuerdo y la posibilidad de un nuevo comienzo. Las calles que una vez fueron escenario de enfrentamientos hoy todavía son símbolo de resistencia y dolor, pero también de esperanza y de reivindicación. 

La historia no puede reescribirse, pero sí puede servir de lección: sin justicia, no habrá reconciliación; sin diálogo, no habrá democracia duradera.

Las revueltas de 2019 deben recordarse no solo como un momento de ruptura, sino como una advertencia sobre los riesgos de la polarización y la necesidad de instituciones sólidas que garanticen que la voluntad popular nunca más sea motivo de violencia.

A seis años de 2019, las puertas de la democracia y la libertad se abren lentamente para Bolivia. Ese es el eterno retorno de lo idéntico nietzscheano. Volver a transitar los caminos de la historia, pero esta vez con un tiempo y espacio distintos; más halagüeños, más abiertos, más universales.  

El autor es comunicador social

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