El salar, eje de una revolución económica sin litio

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Publicado el 03/11/2020 a las 8h54
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Bajo el peso de la crisis económica mundial desatada por la pandemia, que acentuó la crisis que Bolivia ya incubaba, una pregunta se multiplica: ¿de qué vamos a vivir los bolivianos? Las respuestas que políticos y empresarios vertieron en los últimos años se van descartando una por una.

El negocio gasífero de la desaparecida bonanza ha ido cayendo a pique. Bolivia hoy vende este hidrocarburo a un tercio del precio de entonces (bajó de 6 a 2 dólares por millar de BTU), en un volumen 40 por ciento menor (cayó a 30 millones de metros cúbicos por día). Peor aún, produce cada vez menos y no halla nuevas reservas. Algo parecido sucede con los principales minerales de exportación.

El bullado proyecto de “Bolivia corazón energético de Sudamérica”, según múltiples denuncias, naufraga en un tsunami de contradicciones. Ya sin los proyectos “estrella” Bolivia tiene una potencia instalada de más del doble de la energía eléctrica que necesita (4.200 megawatts frente a 1.800). Pero no exporta ni un vatio, pues no tiene compradores. El problema se complica a la hora de pensar en los megaproyectos, sus costos, tiempos y consecuencias socioambientales.

Mientras, los números y versos de la oferta de un agroempresariado que embandera la producción transgénica de soya y biocombustibles no cuadran ni riman bien. Sólo en 2019 incendiaron un territorio similar a Costa Rica, son crónicos receptores de subvenciones y tributan menos del 2 por ciento de sus ingresos. Todo ello al margen de la polémica mundial en torno a las constantes denuncias sobre la nocividad de los organismos genéticamente modificados. No por nada, sólo 24 países en el mundo los producen.

  • Problemas con el litio

¿Qué queda al descartar el gas, los minerales, la energía y la soya como base económica que evite días muy grises a los bolivianos? No pocos ojos apuntaron desde hace décadas a los salares y su riqueza de fama mundial: el litio. Pero los sueños del emirato boliviano de la energía del siglo XXI, el “corazón digital”, la “OPEP del litio” parecen volverse tan evaporíticos como el mentado recurso.         

Los datos y los abismos tecnológicos resultan contundentes: las baterías eléctricas que van revolucionando al mundo sólo utilizan entre sus componentes un 1 por ciento de litio. Peor aún, ese 1 por ciento también se traduce en algo cercano al 1 por ciento del costo de las baterías. Así lo establecen publicaciones especializadas como Nature Energy y Metals & Electronics. Y, por si fuera poco, el construir esas baterías implica el poseer una alta capacidad tecnológica. Algo de lo que Bolivia carece.       

¿Alguna mala noticia más con respecto al litio? Bueno, pues sí: Hasta 2019 el país invirtió cerca de 600 millones de dólares en su programa para exportar carbonato de litio y producir baterías. Los resultados no fueron anunciados precisamente con la pompa de las inversiones que se realizaron. Es más, no se conoce pronunciamientos públicos sobre esos resultados.

Con tablas y reportes especializados en mano, un experto en el tema, el doctor en química Justo Zapata lanza una especie de sentencia: “Del 100 por ciento de sus componentes, 28 por ciento es aluminio, 8 por ciento es acero, hay plásticos, grafito… y el litio es sólo 1 por ciento. Hay tendencias incluso para reemplazarlo. Me parece que el proyecto de las baterías debía desahuciarse ahora. Si bien se viene la era del auto eléctrico, el negociazo será para quien maneje muy bien la parte tecnológica”.

  • La alternativa

Por lo tanto, se mantiene la pregunta: ¿de qué viviremos los bolivianos en medio de esta crisis económica que conmociona al planeta? Una respuesta nada descartada surge también desde los salares. El propio Zapata la mociona a partir de otro potencial que aquellos tienen y de una riqueza que también le ha dado fama a Bolivia. Y no se trata de turismo, menos en tiempos de la Covid-19.

“No es un proyecto lanzado al aire alegremente, no está en etapa teórica –explica este reconocido investigador universitario–. Se trata de algo muy avanzado, más allá incluso de los proyectos piloto”. La propuesta se muestra además completa: rentable, ecológica, altamente productiva e integrada a una cadena de relaciones sociales, tecnológicas y económicas.

Los ejecutores del proyecto han empezado a convertir en un vergel tierras que eran aptas sólo para fabricar ladrillos. Tierras estériles, tierras carentes de humedad y nutrientes, tierras del altiplano boliviano. El gran detalle del proyecto radica en el uso científico de potasio, magnesio y boro, obtenidos en los salares, más otros nutrientes y las celebérrimas semillas de quinua. Los resultados son elocuentes a la vista.

“En estas pampas la humedad es bajísima, son superáridas y la tierra no tiene nutrientes –explica Cesín Curi, el autor del proyecto–. Entonces preparamos unos fertilizantes líquidos, sales disueltas en agua más otros productos orgánicos. Hacemos un cama con humedad y nutrientes y luego depositamos pastillas, también húmedas, con semillas de quinua pregerminadas. Estas pastillas están compuestas por compost proveniente de estiércol de llama, arena y varios nutrientes, entre ellos el potasio y el magnesio. Dosificamos estas sales en la siembra y, después, al dosel del cultivo, por lo menos, dos veces adicionales”.

Según este ingeniero industrial y subdirector del Centro de Promoción de Tecnologías Sostenibles (CPTS), las cantidades de sales que se necesitarían para este proyecto masificado “son significativas”. Una amplia serie de subproductos del salar resultan de alto beneficio para los cultivos de quinua. De hecho, los tipos de quinua de más alta calidad a nivel mundial resultan aquellos que se han cultivado en las laderas de montaña próximas a los salares. Ello sucede precisamente porque gozan de manera natural de tales nutrientes.

En las tierras áridas más de 600 hectáreas ya han sido trabajadas con esta técnica que incluye dispositivos y maquinaria diseñados por el equipo de Curi. Otro factor singular constituye el aprovechamiento del agua. A profundidades ubicadas entre 1,5 y 12 metros debajo las tierras del seco altiplano se hallan capas freáticas de reservorios del líquido vital. Un recurso presente en prácticamente todo el altiplano, de acuerdo a diversos estudios geológicos. Pero, además, según los expertos, una reserva de agua que sería sostenible sólo si se la usa para cultivos como la quinua.

  • Más recursos aprovechables

“A futuro se puede desarrollar bombas activadas en base a energía solar para extraer el agua –proyecta Zapata–. Se aprovechará así otro recurso abundante en esta zona. El altiplano boliviano debido a su altura y ubicación en relación a la línea del Ecuador cuenta con los más altos niveles de kilowat por metro cuadrado y hora a nivel planetario”. El circuito se completa con prácticas de ganadería de camélidos semiestabulados que redituarían otro tipo de beneficios al margen del compost que aportarían a la producción quinuera.     

Los rendimientos en lo avanzado hasta el presente han sido notables. Hasta topes de 15 toneladas métricas de quinua por hectárea y 4 toneladas como mínimo. Mientras tanto, en los cultivos tradicionales el promedio llega apenas a 0,5 toneladas por hectárea para exportaciones que no han superado las 80 mil toneladas. La quinua, en su mejor momento, llegó a cotizar internacionalmente en 8.000 dólares por tonelada, actualmente vale 2.900 dólares.

Bajo esas condiciones, sembrar un millón de hectáreas, con una producción de cuatro toneladas por hectárea implicaría ingresos por 12 mil millones de dólares. Esa suma equivale al triple de los ingresos del gas en los tiempos de bonanza. El espacio aprovechable en el altiplano boliviano bordea las 20 millones de hectáreas, sin tocar las zonas donde se desarrollan otras actividades agropecuarias.

Un gran detalle completa la prometedora perspectiva de este proyecto: “Tiene un valor ecológico excepcional, pues aprovecha tierras que están en proceso de degradación natural –destaca Cesín Curi–. Se gestan fenómenos positivos en diversos sentidos. La protección ambiental sería el corazón del sistema productivo en el altiplano. (…) Se podrían organizar unidades productivas comunitarias de hasta 5.000 hectáreas”.

  • Un boom mundial

Sobra recordar la fama que la quinua ha alcanzado en las últimas décadas por las múltiples cualidades alimenticias y medicinales que se le han descubierto. Sintéticamente, este grano integral posee un excepcional equilibrio de proteínas, grasas y carbohidratos, y aporta varios de los aminoácidos esenciales para el organismo humano. Su producción se ha extendido a decenas de países en el mundo, incluidas potencias como China, Francia y Australia. Sin embargo, en un mundo urgido de alimentos de alto valor nutricional su demanda resulta creciente. Adicionalmente, queda abierto el escenario para diversos beneficios internos.

De hecho, varias empresas dedicadas al rubro, como Irupana, Andean Valley y Quinua Foods, se han sumado al proyecto desarrollado por el CPTS. También han manifestado su interés diversas comunidades campesinas. Cuando se difundió la idea en seminarios realizados en diversas poblaciones del altiplano tuvo una entusiasta acogida.

La perspectiva se hace inspiradora para los expertos. Al recordar el célebre valor de la quinua que se produce naturalmente en las laderas de montaña próximas al salar, Curi proyecta la idea de bancos semilleros. Aquellas zonas podrían convertirse en generadoras de semillas de quinua de alta calidad. Mientras tanto, en la proyección hacia los valles interandinos Zapata plantea trabajar bajo filosofías de producción similares un producto como el tarwi. Propone lo propio para el desarrollo sostenible de los bosques y la vasta variedad de productos que ofrecen, como el asaí, el copuazú y los frutos de diversas palmeras.    

Pero la fórmula en marcha ya aplicada exitosamente en el altiplano destaca por sus sumas virtuosas. Agua más sol, más micronutrientes, igual a agricultura altiplánica. Todo ello multiplicado por una, dos o hasta 20 millones de hectáreas, igual a una revolución agrícola. ¿Podremos vivir los bolivianos con una apuesta de esas características en el futuro? ¿Cuáles son las alternativas?

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