Desde el encierro: los reclusos se convierten en microempresarios
El encierro preventivo o por una condena para muchos se convierte en una limitación laboral, educativa, emocional y de cualquier otra índole. Sin embargo, para otros es una oportunidad para cambiar su estilo de vida, capacitarse y emprender. Es el caso de muchos internos del penal de El Abra, en Cochabamba, que aprovecharon su reclusión y se convirtieron en microempresarios.
Este centro penitenciario de alta seguridad del departamento acoge a 1.050 reclusos, de los cuales 850 trabajan en los 12 talleres que hay: carpintería, chapería, costura, mecánica, artesanía, tapicería, agricultura, cerrajería y vidriería, además de un vivero para los reclusos que tienen trastornos mentales.
En cada taller trabajan entre 20 y 50 reclusos de distintas edades que son investigados o sentenciados por una diversidad de delitos que van desde robo agravado hasta asesinato. El objetivo es que con esta actividad laboral tengan una oportunidad de autosustentarse y reinsertarse en la sociedad.
“Me siento un empresario independiente y hacemos los productos cuidadosamente para que la gente adquiera nuestro trabajo”, dice Mario (nombre ficticio), que se dedica al oficio de tapicero.
Al recorrer los pasillos del centro penitenciario, se observa a los reclusos trabajando en sus respectivas áreas en medio de un ambiente tranquilo y de carcajadas.
Arturo (nombre ficticio) tiene 47 años y trabaja en el taller de fabricación de pelotas. Cada día, elabora cinco balones para después ponerlos a la venta, pero algunas veces tiene que producir menos porque no tienen suerte para vender.
“Ésta es nuestra distracción en el penal, no hay otra distracción que el deporte y la mano de obra que hacemos en El Abra. Todos los días trabajamos, sólo que hay días que escasea el trabajo, hay días con bajón, hay otros días con alta demanda. Nos ayuda muchísimo, porque además de ser una distracción nos ayuda a vivir del día a día”, dijo.
Al menos 50 reclusos trabajan en la confección de pelotas y cada día hacen entre 100 y 150.
Uno de ellos contó que por cada balón gana 10 bolivianos y necesitan trabajar para sustentar a sus familiares. “Las ganancias nos sirven para víveres, a veces no tenemos dinero o nuestros familiares viven lejos y no nos traen nada y no alcanza. Por eso trabajamos”, relató en medio de timidez y temor uno de los trabajadores que está recluido por el delito de violación.
La artesanía es otro de los rubros en el que se desempeñan algunos internos. Una de las figuras en la que se trabaja en esta temporada es el muñeco de Wall-E, el detalle y horas de trabajo se ven reflejados en el acabado final.
“Estos trabajitos (muestra a Wall-E) nos toman tiempo. Al día podemos sacar dos porque tiene movimiento, porque demora. Lo vendemos a 20 pesitos y sirve como portalapiceros para los niños. Es la novedad que salió por el Día del Niño y con pura madera de pino”, dijo Antonio (nombre ficticio). En este taller trabajan 54 reos.
En el taller de carpintería trabajan más de 150 personas. En el interior se pudo ver varios roperos, camas, casas de muñecas y para mascotas.
“Para hacer una cama necesitamos una semana para hacer buen trabajo, y todo producto lo hacemos a pedido”, contó otro recluso.
En algunos talleres no entran todos los reclusos, pero eso no fue un impedimento, pues optan por trabajar desde sus celdas.
Otro taller que fue implementado recientemente es el de agricultura. Uno de los encargados dijo que innovaron el sembradío para la alimentación de los internos.
“En las mallas secaremos quinua. Vamos a lavar desde cero en bañadores a la antigüita nomás, porque máquinas no podemos tener acá, y lo vamos a hacer secar y luego lo vamos a moler, limpiar el producto (quinua), luego lo embolsaremos. A futuro, tenemos planeado otros proyectos con semillas”, contó.
Los reclusos prepararon el terreno para el sembradío de los productos y lo cuidan para que la tierra sea fértil.
Terapia
Después de recorrer todos estos talleres, ingresamos al sector de terapia psicológica y laboral. En éste, los reclusos con trastornos también siembran y cuidan las plantas para venderlas y así generar recursos para sus medicamentos que tienen un costo alto.
La psicóloga de los penales en Cochabamba, Eliana Ortado, dijo que este vivero es importante para las terapias psicológicas y laborales.
“Sacan a vender por lo menos unas 100 plantitas. Este programa nació en enero de este año y son 20 privados de libertad, todos son casos psiquiátricos”, señaló Ortado.
Éste es uno de los sectores que más necesita de recursos económicos para su medicación o para la reinserción en la sociedad, puesto que son casos crónicos.
Las iglesias, el Sistema Único de Salud (SUS) y algunas farmacias donan medicación, ropa abrigada y colchas.
































