Beatriz Trujillo: Hay que abordar la violencia escolar con empatía y comunicación
En la lucha contra la violencia en los colegios, la socióloga Beatriz Trujillo ha emprendido una misión personal en la ciudad de Sucre, donde reside desde hace 15 años. Su experiencia como madre de un niño de siete años despertó su preocupación al descubrir que él sufría de violencia escolar. Ante esta problemática, decidió indagar en las causas y buscar soluciones que fueran más efectivas que las ofrecidas por las profesoras. Tras profundizar en la vida de los niños y establecer un vínculo cercano con ellos, Beatriz se dio cuenta de que necesitaban atención y apoyo más allá de lo académico.
Impulsada por el deseo de marcar una diferencia en la vida de estos niños, Beatriz creó el proyecto “Yo también quiero leer”, que consiste en brindar apoyo psicosocial y pedagógico mediante técnicas creativas y el uso de libros como herramientas didácticas.
A través de estos talleres, Beatriz, también aborda la problemática del bullying y brinda sesiones especiales a niños que requieren atención particular. Para ello, se nutre de las enseñanzas de la reconocida terapeuta Chellis Glendinning.
—¿Cuáles considera que son las causas principales de la violencia en los colegios?
—Desde mi experiencia, realizando el programa “Yo también quiero leer”, tuve la oportunidad de conocer a profundidad los diversos problemas por los que atraviesan los niños. Mientras realizaba los talleres, salían los niños, pongo en comillas “malos”, los que pegan, golpean, insultan, por mi parte fue ponerme del lado de ellos y preguntarme ¿por qué lo hacen?, ¿cuál es el motivo de esa agresión? Y puedo decir que lo común, entre todos ellos, es la falta de comunicación y atención con sus padres. Eso hace que ellos se sientan frustrados y van con esa carga a la escuela y lo manifiestan a través de esa violencia, que no es correcta, pero ellos tampoco saben cómo medir esa energía dentro de ellos. No saben gestionar sus emociones.
Debo decir que la violencia viene también desde los hogares, de la familia. Los papás deben tener mucho trabajo y no pasan tiempo en sus casas y los dejan a los niños solos. Eso causa el problema.
—En su experiencia, ¿cuáles son las consecuencias más comunes que experimentan las víctimas de violencia escolar a corto y largo plazo?
—A corto plazo, los niños, entre pares, van haciendo un aislamiento. Por ejemplo, si un niño utiliza insultos, los otros ya no se quieren acercar y este niño sin querer está formándose con esos rechazos. Por otro lado, también se juntan en grupos pequeños en los que se identifican por el dolor o sufrimiento y estos niños se pueden unir y hacer daño a otros. En muchos casos puede ser de manera inconsciente y en otros es de forma consciente.
A largo plazo, desde mi experiencia trabajando con niños, tanto víctimas como victimarios llegan a pensar diferente, pueden pensar que con un golpe se solucionan las cosas y cuando ellos tienen hijos repiten esos patrones. Golpean y/o insultan a sus hijos, como ellos han vivido en su infancia.
—¿Qué impacto tiene la violencia en el rendimiento académico de los estudiantes involucrados?
—Mucho. En varios casos, los niños no solo sufren violencia por parte de sus compañeros, sino también por parte de sus profesores por diferentes razones. No vemos el problema de fondo, porque nuestro sistema de educación no está abierto a ello, a una educación personalizada, es una educación masiva en un curso de 30 a 40 estudiantes con un solo profesor. Entonces, este profesor ¿cómo podría investigar qué es lo que está pasando con cada uno de los estudiantes?
Cuando existe violencia, tanto en los colegios como en los hogares, se manifiesta con bajas notas. No hay un buen rendimiento académico. Eso, ¿qué de bueno puede tener? Hay niños que me dicen “¿para qué voy a estudiar?”, “¿de qué me va a servir?” y eso es algo que me alerta porque indago para saber de dónde aprende o dónde escucha estas expresiones.
Pasa también, por descuido, alguien del colegio o de su entorno familiar le dice “eres un tonto” y eso se queda en el niño.
—En los casos específicos de los incidentes en Santa Cruz, ¿qué factores podrían haber contribuido a que ocurriera estas situaciones de violencia entre estudiantes?
—En el caso de la niña que murió apuñalada por otro niño de su escuela, hay que adentrarnos al problema. Investigar en la familia, por quiénes está rodeado el niño, qué tipo de educación está recibiendo por parte de sus padres o tutores, cómo es su comportamiento fuera y dentro de la casa, cuánto acceso tiene al internet o a la televisión, cuánto tiempo pasa solo… Hay que indagar mucho en el tema y ver cómo apoyar a ese niño porque él va a crecer con eso, ya es parte de su vida.
Ellos necesitan hacerse notar y como no manejan bien la parte emocional, tienen que buscar la forma de llamar la atención. Los patrones de los niños y adolescentes que he podido ver es que si no les hacen caso los papás, si no tienen la atención que quieren, ellos van a causar algo más para obtener eso.
Por ejemplo, puede que a ese niño lo peguen tanto en casa que ahí se siente víctima, pero en el colegio él es el victimario. Existe siempre una causa para que hayan realizado esas acciones, para que hayan tomado esa decisión de dañar.
—¿Cómo afecta la violencia al bienestar emocional y psicológico tanto de las víctimas como de los agresores?
—La parte emocional es muy importante en los niños. Cuando sufren violencia, pierden confianza, autoestima y se sienten inseguros. Tanto las víctimas como victimarios, éstos pueden cambiar de posición y el agredido puede agredir.
Si a los niños que cometen violencia se los califica todo el tiempo como los agresores, ya estarían señalados por la sociedad y no se estaría trabajando con ellos para romper eso. No tenemos institutos ni lugares especializados donde llevarlos a los niños, decirles que ha sido parte de su vida, pero esa parte se puede quedar ahí que no es necesario que eso vaya arrastrándose para toda su vida. Tienen que entender, por un lado, que las agresiones pueden ser momentáneas y que se pueden tratar con especialistas para que eso no repercuta en su vida adulta.
Hay situaciones en las que las víctimas deciden quitarse la vida para evitar el dolor y eso ya es extremista y se debe cortar, no se puede llegar hasta eso. Los niños tienen que sentirse con esa confianza de ser niños, de ser adolescentes y, por más que alguien lo insulte, ellos deben saber reconocer esa violencia y defenderse. Hay que enseñar a los niños a quererse, porque si uno se quiere no permite que lo dañen.
—¿Cuál es el papel de los padres y tutores en la prevención y abordaje de la violencia en los colegios?
—Tienen que hacer un seguimiento todo el tiempo. El trabajo de los padres es fundamental, pero que no sea excusa para dejar solos a los niños. En esta sociedad de consumo nos hacen pensar que la felicidad es todo lo material y eso también se transmite a los niños, cuando lo esencial es acompañarlos, estar con ellos, guiarlos, educarlos.
Los progenitores deben ser responsables de sus actos, evitando pelear delante de sus hijos; o si son separados intentar hablar con respeto delante de los niños, nunca hablar mal de la otra persona o culpar. Eso hace que los niños se sientan culpables y aunque no lo digan lo sienten. No hablar cosas de adultos a niños, como problemas entre los papás, peleas, enojos, etc. eso los lleva a sentir culpa de existencia. Los niños deben saber ser responsables hablando con la verdad y, por más dura que sea, mostrarles que podemos acompañarlos; eso puede hacer la diferencia, hablar de nuestros sentimientos enseñando que mentir no es positivo.
Los colegios también pueden hacer mucho si cuentan con el servicio de profesionales especializados en el tema. Pero también hay que indagar en el tema, ¿cómo podríamos culpar al colegio de los actos de los estudiantes cuando esa violencia viene desde los hogares?
—¿Qué estrategias considera más efectivas para prevenir la violencia escolar en general?
—La comunicación es fundamental. Sin comunicación no se puede llegar a ningún lado. El amor también va de la mano de la comunicación. Si tú quieres a alguien vas a comunicarte para que las cosas vayan mejor.
Fomentar la lectura en lugar del uso de dispositivos que tienen acceso a internet.
Los colegios deben tener un seguimiento bien de cerca con diferentes profesionales, quienes puedan dar talleres acorde a las necesidades.
—¿Cree que es necesario implementar programas de educación emocional y habilidades sociales para prevenir la violencia escolar? En caso afirmativo, ¿qué aspectos considera esenciales incluir en dichos programas?
—Sí, definitivamente sí. Y eso, vuelvo a repetir, deben ser impartidos por personas expertas en estos temas. En cuanto a los aspectos, lo importante y fundamental es trabajar la autoestima.
—¿Qué recomendaciones puede ofrecer para fomentar un ambiente escolar seguro, inclusivo y libre de violencia?
—Los niños deben saber que hay alguien que los escucha en la escuela, ellos siempre están buscando estar seguros y nosotros, como adultos, debemos brindarles esa seguridad. Debemos buscar programas que ayuden a los niños a gestionar sus emociones, eso también les va a permitir comunicarse y hablar de sus problemas.
Es fundamental fomentar el valor de la empatía, preguntarles a los niños agresores cómo se sentirían si les hicieran lo mismo. Ponerse también del lado de esos niños, y entre todos ayudar. No sólo se señala, se debe aportar. ¿Cómo podemos ayudar a salir de esa situación a un niño que agrede?
—¿Cómo se puede trabajar con los estudiantes agresores para prevenir que repitan conductas violentas en el futuro?
—Buscamos el problema, incurrir en su vida, conocerlos y dejar que ellos mismos nos cuenten y saquen ese dolor. Detrás de una conducta agresiva hay una historia. Las causan pueden ser varias, como insultos entre hermanos o que el papá pega a la mamá y la mamá lo riñe luego, y eso es lo que hay que tratar. Buscar el problema de raíz. Tenemos que ayudar a que el niño cambie y sea mejor.
—¿Cuáles son los indicadores que los padres y los profesores deben estar atentos para detectar posibles casos de violencia escolar?
—Cambio de conducta. Por ejemplo, si era un niño hablador e inquieto y deja de serlo es una alerta. Cuando dejan de comer o comienzan a comer más, se aíslan, empiezan a tener pesadillas. Cada niño es diferente, hay que preocuparse ante cualquier cambio de actitud. Por otro lado, cuando un niño es violento también se ve en casa, porque se enoja de todo, deja de hacer tareas, discute, pega al hermanito o a las mascotas; ahí se ven las conductas agresivas y no tienen miedo de dañar a los demás.
—¿Qué acciones se pueden tomar para involucrar a toda la comunidad en la prevención y abordaje de la violencia en los colegios?
—Hay que conocer a los amigos de nuestros hijos, conversar con los otros padres de familia, realizar un seguimiento, no normalizar conductas negativas, enseñar los valores con ejemplos.


















