Frío, frío; caliente, caliente
Del litio ni hablar, porque hasta ahora no pasa de ser una utopía que anestesia a la gente: un Rally Dakar energético. En resumen, Bolivia necesita buen gobierno, no prorroguistas ni demagogos
Estaba empezando a sentirme como la dama en la serie animada de Los Simpson, que en las reuniones comunitarias clamaba que se acuerden de los niños y nadie le daba bola. Entonces me enteré de una noticia que me dio esperanza de que retorne el sentido común a nuestra parte del mundo. Recordó al juego de niños en que uno se ocultaba y otro tenía que hallarlo, mientras un tercero advertía “frío, frío, tibio, caliente, caliente” a medida que el buscador se alejaba o se acercaba al escondite.
Como casi todo lo que ha remecido a la patria en la historia, el estímulo vino de afuera. Hoy que se avecinan tiempos de vacas flacas, un analista ponderaba si la “maldición de las materias primas”, que hasta poco parecía bendición china atizando altos precios, no sería por desidia de encontrar formas de dar mayor valor agregado a los productos de exportación.
Así lo niegue el discurso del Presidente, plagado de cuadros que tratan de convencer de lo bueno de su Gobierno, lo cierto es que se desperdició la llamada “Década Dorada” (2003-2013). Dice Rogelio Núñez que en América Latina “se vuelve a hablar de la maldición de las materias primas”, cuando lo que se debería tomar conciencia es de “la real maldición de no saberlas utilizar con inteligencia”.
Es otra de las falacias que los demagogos populistas usan como “coco” de sus desgobiernos. En Bolivia cabe recordar que el presente régimen empezó por demonizar al anterior padrino como el “imperio”. Vaya que Venezuela resultó mejor, cuando su mandamás propuso un ducto gigante que cruzase media Sudamérica y arrebatar mercados brasileños y argentinos del gas natural, de cuyos ingresos dependemos. O debería decir, ¿colgamos de un gajo?
Me faltaría espacio para pesar en el plato izquierdo lo bueno, en el derecho lo malo, y en el fiel de la balanza lo feo de 10 años del “Proceso de Cambio”. Rehúso acoplarme a los corifeos de los más de cinco horas de perorata presidencial salpicadas de casi 200 oleadas de aplausos. Antes de 2006 lamentaba la inestabilidad política, ese despelote de huelgas, marchas, bloqueos y sediciones que abrieron la elección mayoritaria, ¿por cansancio?, de Evo Morales. Sostengo aún que fue receta de un nuevo estilo de golpe de Estado que no elucubró Curzio Malaparte. Fue cocinado en el Foro de São Paulo por el chef Lula, con caldo de hueso rancio de ideología castrista, carne de petrodólares chavistas, harta papa de corrupción, la energía coyuntural de una década de altos precios de materias primas, y salsa picante de la droga derivada de la hoja de la guardia pretoriana del Presidente, los cocaleros.
Más aún, la política de anular a la oposición por ceca o por meca, ‘matanga o burundanga’ diría el chiste, fue logro que soslayó el discurso presidencial. Diez años más tarde pienso que está bien asesorado en que a mayor destaque en medios de prensa, tanto mejor, así fuera copando medios de comunicación, acosando periodistas y forzando la obligatoriedad de la “cadena nacional”.
Los discursos largos son algo que han abusado Fidel Castro y Adolfo Hitler, en extremos opuestos de la dicotomía ideológica. Tienen un denominador común: el populismo. Las banderas gigantes de wiphala al lado de la tricolor, ¿no evocan a los pendones nazis de la esvástica? En mi opinión, engrupen a votar por el caudillo o a repletar montoneras “espontáneas” debido a la ignorancia, o a la necesidad: ¿el burócrata que se vendió por una pega y llevar pan a su hogar?, ¿la cholita que necesita quintos así sea en un plan de empleos de emergencia? En el hemiciclo, con sardonia pregunto: en cinco horas de blablá ¿adónde orinan los ministros incontinentes, o los que como yo toman un diurético junto al anti-hipertensivo diario?
Diez años más tarde, ya no son solo los partidarios –por ideología o por interés- del salpicón de “llunq’us” del partido de Gobierno. Hoy lo respalda una nueva burguesía de pillos “originarios” y blancoides, el narcotráfico del que sólo cambian caras y estilos de ostentación, los agentes de contratos de empresas foráneas que anteayer fueron gringas, ayer brasileñas, hoy chinas y mañana tal vez europeas. ¿Y el país?, ‘cagao’ como siempre, cual palo ‘e gallinero.
La solución parte de reconocer que Bolivia es un país dependiente de la volatilidad bursátil de los precios de materias primas. Y las bolsas internacionales no operan de la mano divina. Peor todavía, nuestro país es conocido por mono-productor, amén de otros estereotipos falsos. Los ciclos de la plata y del estaño consolidaron una imagen de país altiplánico. Tímidos intentos de integrar verticalmente la producción del estaño se enfrentaron no sólo a fantasías gringo-centristas de no producir lingotes, sino a los caros costos de transporte dependientes de puertos arrebatados. Teniendo estaño y hierro, ¿acaso se produce una pinche lata? Karachipampa fue un negociado más, como quizá es el Mutún chino.
El actual ciclo del gas natural derivó en intento de copar el sur productor, no como una pata más de sólida mesa en que se asentase, fuerte, el país, sino como apéndice de hegemonía aimara en traje étnico. Del litio ni hablar, porque hasta ahora no pasa de ser una utopía que anestesia a la gente: un Rally Dakar energético. En resumen, Bolivia necesita buen gobierno, no prorroguistas ni demagogos.
El autor es antropólogo.
Columnas de Agustín Zelada Castedo

















