La línea 131 del Este fue un fiasco
Mentira que los 140 y pico km fueran asfaltados en 2006, cual proclama la Administradora Boliviana de Carreteras (ABC): mi amigo José María Bakovic quizá se desternillaba de risa. Mi callado consuelo fue contemplar un cielo moteado de estrellas mientras el peinado de salón de mi pareja se convertía en tieso afro de los años 60
Si no fuera tan entregado a la molicie, que no es la que Hermann Hesse describiera en un recuento de experiencias y viajes “El arte del ocio” , juntaría anécdotas tituladas en un libro “Estampas de Bolivia”. Imbuido de ese espíritu, uno de sus periplos más peripatéticos llevaría a las Misiones de Chiquitos, reciente viaje de una semana que merece mayor duración.
Pero en este país de improvisaciones la vacación se fija días antes de reservar hoteles, comprar pasajes y la ajetreada agenda que requieren. Bueno, casi toda, porque se olvida el cepillo de dientes o se llevan cosas inútiles como el traje que cargué en la maleta en viaje a una isla de mar, iglesias y mariscos.
Viejo lobo de mar, intuía que el tramo del Sillar impondría sufrir y esperar si viajábamos por tierra, así que tomamos el primer vuelo a Viru Viru, que los atrasos vienen después, pensé. Luego, un desayuno de cuajadilla y “horneao” fresco con café cernido (mi esposa prefirió un tujuré con leche) en el mercadito de la Sucre, que los cruceños llaman Mercado Nuevo.
Visita a la Catedral y zoncear en la plaza, que ya no tiene perezoso pero le sobra brisa y sombra de pajarillas. “Tudo jóia” , dicen los brasileros.
En camino al único transporte diario que nos regalaría paisajes, debería haber inquietado algo ver que éramos los únicos turistas: el resto del atestado pasaje era féminas rechonchas con inquietos gamines correteando por aquí y por allá, y críos colgando de sus caderas. Bueno, cavilé, “qué cosa fuera la maza sin cantera” y canela es el color de nuestra gente. El bus era reliquia arqueológica de una firma nacional de carrocerías, con luminarias rotas que había visto mejores días, sin número de asientos que no reclinaban de todas maneras, donde los pasajeros compraban charque con arroz y yuca y botaban los restos al gran basurero de bermas orladas de monte.
Al principio todo enseñaba. Cotoca, pueblo camba de casas con frescos corredores que protegían de sol y lluvia; Cuatro Cañadas y un ocasional vistazo a carromatos de menonitas; San Julián y el contraste del desparrame de insoladas tiendas y estridente música. ¿Por qué la aculturación no conserva rasgos positivos –corredor camba, laboriosos “menonos” en overol y sonrisa en los pueblerinos?
El inicio de las Misiones Jesuíticas abrió la Caja de Pandora de los problemas. Parecía reventón de llanta a dos asoleados m de San Ramón; fue rodamiento roto complicado a rotura de palier: “mandarán repuestos de Santa Cruz en cinco horas”, dijeron a la mayoría resignada. Si el bus fuera caballo le pegarían un tiro, pensé.
Un amable estanciero nos aventó hasta San Ramón. Un “trufi” hasta San Javier: “no más allá”, dijo la esposa, “porque soy concejal y mañana tengo sesión”. Sin embargo, su esposo accedió a llevarnos a Santa Rosa. ¿De la Roca, de la Mina?, poco importaba y hasta aguantamos una interminable selección de cumbias chicheras por un conjunto mexicano cuyo cantor desentonaba y un par de llorones saxofones.
Ya era tarde en la noche, así que alegró un camión de mediano porte que accedió a transportarnos a Concepción --“Conce” le dicen los lugareños--, y a San Ignacio de Velasco, que en la cabina acarreaba a su esposa y su bebé. El cuatro ruedas era de esos areneros con carrocería de tabla angosta, que pesa nomás la arena. Las tablas cimbreaban como bailarina árabe; ni caso apoyarse, no sea terminar en el piso con el cráneo aplastado. Erguidos cual monolitos, restos de arenilla laceraban las manos y cruzaban los carros levantando nubes de tierra roja. Combinados con tramos en construcción de greda blanca, nos disfrazaron de chamanes de Nueva Guinea con maquillaje colorado y manchas blancuzcas. Mentira que los 140 y pico km fueran asfaltados en 2006, cual proclama la Administradora Boliviana de Carreteras (ABC): mi amigo José María Bakovic quizá se desternillaba de risa. Mi callado consuelo fue contemplar un cielo moteado de estrellas mientras el peinado de salón de mi pareja se convertía en tieso afro de los años 60.
Llegados a San Ignacio, el infortunio ajeno propició la primera carcajada: una joven compañera de viaje se comidió a bajar equipajes y luego ayudar a un par de viejos patulecos. Cayó de espaldas al dar un paso atrás y tropezar en las maletas, en reedición tal vez de broma común en la secundaria. El conserje del hotel fue reacio a atendernos, sospechando quizá que éramos par de carnavaleros pintados de rojiblanco y desinhibidos por baile y trago en vías de culminar la velada en trajines privados. Tres manos de jaboncillo y champú no dieron para limpiarnos. Desnalgado que soy, tuve que ir a urgente rayada del cañadón anal en la sala de emergencias de una clínica vecina.
Nuestra odisea, “osadía” – la llamaba mi finado cuñado, valió la pena. Después de noche cansada en que ni las buenas noches nos dimos con mi esposa, despertamos a una mañana diáfana. Un desayuno de fruta y jugos exóticos, huevos criollos, pastelería y café cambas, rodeados de plantas floridas y pajarillos casi mansos por atrevidos. Abrió otra página, alucinante de otro tipo, en nuestra experiencia turística en la Chiquitania. Pero eso es harina de otro costal; mejor diría otra cuajadilla de leche con azúcar morena. Ya siento nostalgia, maestro de la morriña que soy.
El autor es antropólogo.
Columnas de Agustín Zelada Castedo


















