Tiempo de airear el cuarto
Más que cantar victoria antes de la gloria y unirme al coro sobre el principio del fin del “proceso de cambio”, o de una prematura sucesión presidencial oficialista, es tiempo de airear el ambiente político.
Recuerdo a mi madre, que cuando la familia se mudó a Cochabamba abría ventanas y sacudía sábanas todos los días. Hay que oxigenar los cuartos, decía. Quizá temía a las vinchucas que proliferaban en un habitáculo vecino de barro y piedra que albergaba cocina, gallinero, conejera, perrera y sabe Dios qué alimañas más; entrada la noche una indiecita tendía su “pullo” en el suelo y se acostaba después de una jornada de casi 20 horas de servir a la dueña de casa, una mestiza de pollera.
Más que cantar victoria antes de la gloria y unirme al coro sobre el principio del fin del “proceso de cambio”, o de una prematura sucesión presidencial oficialista, es tiempo de airear el ambiente político. Prevenir que vinchucas politiqueras sigan contaminando con quimeras a la gente. “Se ha perdido una batalla, pero no la guerra”, dice el frustrado prorroguista y tiene razón. Vaticino que en 2020 pondrá un títere al frente, al que asesores sin título darán cuerda y mandará por detrás el dedito de Evito. Luego el ‘jefazo’ volverá con más fuerza, todavía a tiempo de dar un toque aimara al Bicentenario de la República.
¡Tanta amenaza de cortar las alas a las redes sociales! Se les achaca un rol preponderante en el traspié oficialista. Olvidan el paulatino recortar de la libre expresión con la autocensura, donde campearon el temor en los periodistas y el control de medios de comunicación cooptados por el recorte de la publicidad estatal o su adquisición por palos blancos oficialistas.
Evoca las argucias para copar el Poder Judicial y hacerle obsecuente de telefonazos, cartas de presentación y otras formas de “tráfico de influencia” de los poderosos, sus “llunq’us” y sus amantes.
Un aspecto que destacar en el referendo del F-21 es el papel jugado por las redes sociales en la derrota del oficialismo. Vale tomar en cuenta que tal rol viene aparejado con la juventud. Lo que alguno presumía era una insulsa pérdida de tiempo de los jóvenes y un nuevo patrón de conducta trivial –mandar mensajitos por el celular inteligente y andar prendidos de su pantalla-, derivó en una forma de hacer política que ha probado ser efectiva en otras latitudes: EEUU, Venezuela, Argentina, Cuba, Brasil. Era cuestión de tiempo que agarrara vuelo en Bolivia. Junto con el periodismo ciudadano de las cámaras fotográficas de celulares y ‘tabletas’, será difícil controlarlo sin dictadura de por medio.
Anotar que ha llegado el tiempo de nuevos liderazgos en la oposición política, es humo pequeño que hay que soplar con la paja seca del desprendimiento para volverlo una llamarada. Caras nuevas sin cola de paja que fortalezcan un espectro político boliviano depurado de figuras desgastadas, derrotadas una y otra vez; alejado de dicotomías cansinas: izquierda y derecha; capitalismo y socialismo; capitalismo de Estado y neoliberalismo. Al final, solo importa querer cambiar el país para mejor. Lo demás es politiquería.
Con nuevos medios informativos –el celular- y el remozamiento de antiguos –la radio, mejor si en lengua vernácula-, será más fácil promover nuevos liderazgos y concientizar a los jóvenes de alejarse de estereotipos obsoletos. Ojalá se abandonen extremos de liberalismos de corazón sangrante y activismos con barniz de lucha marxista por los pobres: enfocar políticas de Estado para que progresen todos.
Afloró mi optimismo al recordar viejas disidencias, verdaderas apostasías del tan mentado “proceso de cambio” que hoy más que nunca parece relevo de rateros. Llegan noticias de nuevos grupos políticos. Un superado y lúcido obrero disidente del oficialismo, aliado con el que debería ser delfín político de Marcelo Quiroga Santa Cruz. Un amigo de impecables antecedentes juguetea con organizar una serie de cenas para convencer a viejos líderes de ceder espacios a nuevos actores.
Está calando la urgencia de renovar liderazgos.
Despertó mi pesimismo la línea de un taquirari de mi tío querido Ambrosio García Rivera: “esto pensaba hasta ayer nomás, pero al verte vacilé…” No puedo sino vacilar en mi ensoñación enterándome del discurso del presidente Evo Morales ante sus bases cocaleras en el Chapare. No volverá a su chaco ni abrirá un restaurante: “aquí no termina la lucha”, dijo ante quizá desanimados oyentes, entre ellos tal vez los tildados de traidores por no votar.
Sin embargo, precisamente el egocentrismo megalómano del “jefazo” es la clave de una oposición efectiva. El sainete de la Zapata ha desnudado el defecto rijoso del Presidente con pretensión de vitalicio; devela el peso de los encantos femeninos para lograr ventaja en propio beneficio: el tráfico de influencias. Es algo viejo en el mundo y tampoco novedoso en la historia política actual. No creo que lo de promiscuo sea dañino para ningún líder en nuestro país; a veces parece favorecerles porque vivimos en un medio machista que la mayoría de las mujeres tolera en secreto.
Pero su relación con la corrupción es otra cosa. Está tendida la mesa para conocer reverberos en Bolivia del escándalo Lava Jato en Brasil; detalles del descalabro bolivariano en Venezuela: el fracaso del populismo demagógico. Será un banquete para periodistas de investigación, así solo se conocieran por las redes sociales.
El autor es antropólogo.
Columnas de Agustín Zelada Castedo





















