Quid pro quo
El trasfondo es el mismo: la corrupción. Queda la conjetura: ¿Y si la lujosa hacienda de Atibaia y el apartamento triplex en la playa de Guarujá, ambas redecoradas por la OAS, fueron un ‘dulce’ para que la ‘empreiteira’ bahiana “amarrase” los 1.000 millones de dólares del BNDES para contratos camineros en Bolivia?
Quizá tendrán un brindis festivo algunos lectores que acusan de rebuscamiento en mi prosa, o los que sindican de soberbia mis pataleos cuando alego que mal puedo reducir mil palabras de mi vocabulario a 100 de las suyas. No puedo evitar el latinismo en el título, en su sentido de “algo a cambio de algo”. En lenguaje coloquial es “toma y daca”, máxima útil en la vida e indispensable en el lenguaje de los políticos.
Quid pro quo es la expresión en latín que mejor refleja los últimos acontecimientos en Brasil. Lula da Silva será ministro del gabinete de Dilma Rousseff. La explicación más común es blindarlo de la justicia brasileña, que poco a poco cierra el cerco sobre transgresiones a las leyes que terminarían con sus viejos huesos en la cárcel, en compañía de ‘empreiteiros’ corruptos y operadores políticos sin ética, sindicados y condenados a prisión por el escándalo del Petrolão o Lava Jato. En mi opinión faltaría el ‘quo’ de la máxima en latín. Lula podría fortalecer el régimen de Dilma Rousseff, zarandeado por masivas manifestaciones y un porcentaje minoritario de brasileños que aún le apoyan, pero el ‘quid’ de blindar a Lula vendría aparejado con el ‘quo’ de apuntalar a una Presidente impopular.
Tal vez es muy poca la dosis del remedio de ayudar a la Presidenta; quizá llega demasiado tarde y en un mal momento. La Corte Suprema de Brasil ha habilitado el juicio político (“impeachment” en inglés), aunque todavía faltan los procesos aprobativos para tumbarla en el Senado y la Cámara de Diputados. Sin embargo, los pinchazos telefónicos aunque parcos, evidencian, o a lo menos sugieren, que la Rousseff nombra como ministro al expresidente y mentor suyo para protegerlo de la justicia: es el ‘quid’ del arreglo. La prioridad de Lula será convencer a congresales en el Senado y la Cámara Baja de rechazar iniciativas que defenestren a Dilma: es el ‘quo’ del tema. ¿Será que el destino político de ambos está entrelazado?
Pero si la impunidad de los poderosos es un ingrediente del caldo en que se cuece la bronca de millones de gentes que salen a las calles, cuidado que frustradas las asonadas brasileñas terminen como en la Revolución Francesa. Si en 1789 el proceso terminó en la siniestra guillotina en Francia, 227 años más tarde podría culminar en colmatada prisión en Brasil. El escenario político cambiaría, pero así como se dice que billetera mata galán, el dinero es aun poderoso caballero en la política de Brasilia y La Paz.
¿Implicancias para la realidad política de Bolivia? En el pasado sostuve que los mejores expertos en asuntos brasileños deberían ser bolivianos, porque urge mirar a Brasil y no a Venezuela. Lo reafirmo. Es verdad para nuestro comercio exterior, del que el país vecino es el mayor mercado natural solamente en sus Estados interiores. Es realidad para nuestra política exterior, desde el logro mayor de obtener salida al Pacífico uncida a la urgencia brasileña de acceder a mercados asiáticos, hasta logros importantes como asegurar el mercado brasileño al potencial energético del gas natural y las represas hidroeléctricas propias y binacionales con esclusas que lleven al Atlántico. Es contexto ineludible para mejorar el acceso a la Hidrovía Paraguay-Paraná por el canal Tamengo (así fuera en barcos de totora si persisten en “aymarizar” el país después del “tumbe” de las barcazas chinas...)
Sin embargo, la última jugada de Dilma Rousseff y Lula da Silva modifica mi opinión de que la primera debería quedarse en la Presidencia. Como declaró la líder ecologista Marina Silva, el Gobierno brasileño “pasa a tener dos mandos, la presidenta elegida y el presidente Lula”, creando “en la práctica un primer ministro dentro un sistema presidencialista”, que “puede llevar al descrédito de las instituciones”. En Bolivia, el partido de gobierno dibuja un “plan B” de poner a Choquehuanca o a Evaliz de títeres en 2020-2025, con Evo de hombre-símbolo y los sospechosos de siempre como poder detrás del trono. ¿No sería lo mismo? Falta nomás que le den el Ministerio de la Presidencia a Evo Morales.
El gambeteo de Dilma y Lula también niega mi juicio de que el gigante sudamericano optaba por la solidez institucional en una democracia madura, en vez del populismo autoritario que “le mete nomás” abusando del poder con arbitrariedad demagógica. Brasil recula y debilita sus instituciones, pero su Poder Judicial es respondón y a futuro estallará la rabia popular frustrada con la crisis económica y el “jeitinho” de Dilma y Lula. Bolivia sigue con sus instituciones débiles y atropelladas. El “jefazo” clama porque el lobo imperial, los neoliberales bolivianos y las clases dominantes sudamericanas están detrás del desastre venezolano y la corrupción brasileña, pero sólo los ignorantes y los miedosos le creen.
Mientras tanto, siguen las telenovelas ‘¿Qué culpa tiene Zapatagül’? en Bolivia y ‘¿Qué culpa tiene Lula? en Brasil. El trasfondo es el mismo: la corrupción. Queda la conjetura: ¿Y si la lujosa hacienda de Atibaia y el apartamento triplex en la playa de Guarujá, ambas redecoradas por la OAS, fueron un ‘dulce’ para que la ‘empreiteira’ bahiana “amarrase” los 1.000 millones de dólares del BNDES para contratos camineros en Bolivia?
El autor es antropólogo.
Columnas de WINSTON ESTREMADOIRO


















