Lo mismo
Anhelar que el tema ambiental sea abordado con compromiso y profesionalidad es, tal vez, pedir peras al olmo, no sólo en Cochabamba, sino en el país, debido a que prima –y desde hace décadas y sin matices de consideración– un modelo de “desarrollo” irresponsable, depredador, ecocida...
Días atrás, valientes ciudadanos anónimos desplegaron una creativa campaña que dio cuenta de lo evidente, de un fenómeno que padecemos los que cargamos la ¿suerte? de residir en la otrora “ciudad jardín” y ahora la ciudad más contaminada de América Latina. Varios monumentos aparecieron con barbijos. No obstante, poco tardaron las actitudes mezquinas en tratar de funcionalizar la curiosa interpelación, buscando sacar réditos en los cicateros cálculos político-partidarios, como si la situación ambiental de Cochabamba no fuera lo suficientemente alarmante para tomarla con la seriedad que se requiere y lejos de las sordideces políticas, particulares y personales.
Por ende, anhelar que el tema ambiental sea abordado con compromiso y profesionalidad es, tal vez, pedir peras al olmo, no sólo en Cochabamba, sino en el país, debido a que prima –y desde hace décadas y sin matices de consideración– un modelo de “desarrollo” irresponsable, depredador, ecocida, que se impulsa a costa de la tan mentada “Pachamama”, actualmente reducida a un discurso vacío y a ritos hipócritas, mientras a diestra y siniestra se devasta bosques, selvas, áreas verdes, y sin que las políticas públicas expresen alguna posición coherente y eficaz sobre el impacto ambiental que generan. Las consecuencias: la vigencia del extractivismo desmedido; carreteras que insisten con transitar por áreas protegidas y territorios indígenas; museos a los egos y enormes mamotretos que gritan la patología narcisista de la que adolecen los que ostentan el poder; la proliferación del “obrismo” demagógico y cortoplacista cual eje de las gestiones; la priorización los espectáculos de mentalidades pueblerinas frente a necesidades más importantes.
Lo terrible es que en ese patrón parecen coincidir la mayoría de los colores partidarios que tienen la oportunidad de administrar los recursos y bienes públicos y, de esa forma y una vez más, rifándose la posibilidad de efectuar una real transformación. Ello lo vivimos virulentamente en Cochabamba cuando moros y cristianos repiten y repiten los regímenes adoradores del cemento y que hoy, si en algo están de acuerdo, es en la vertiginosa ejecución de obras para un caro show deportivo internacional, así eso pague el precio de la afectación de áreas verdes y la demora de asuntos apremiantes en un contexto en el que el acceso a la salud, educación y cultura deja mucho que desear, cunde la violencia e inseguridad ciudadana y, más de paso, respiramos uno de los aires más viciados de la región, justamente como secuela de estas mentalidades y praxis.
Sin embargo, ese efímero y coyuntural “acuerdo” no evita que la urgente temática ambiental, además de lo anotado, se convierta en blanco de la mísera guerra politiquera partidaria que caracteriza al ejercicio político tradicional en Bolivia y donde las iniciativas ciudadanas, en la desesperación por hacer algo, se ven al medio de un sumidero malicioso, chicanero, mezquino, por si no bastara el recurrente amedrentamiento que soportan por manifestar el “atrevido” cuestionamiento a las sabias decisiones de los que acostumbran presentarse (¡pero qué originales son toditos!) adornados de guirnaldas y besando niños. A la par, hay que lamentar noticias al estilo de que cerró el Observatorio Astronómico Nacional Santa Ana (ubicado en Tarija) por falta de apoyo económico institucional, forjando certidumbre de que el conocimiento, junto al tema ambiental, son los verdaderos parias en esta triste historia.
La autora es socióloga.
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA

















