Democracia: no muerte
«Una banda de malvados, que parece manada de perros, me rodea por todos lados y me desgarra pies y manos»
—Salmos 22:16.
El derecho a la protesta libre y pacífica es esencial en una democracia. La violencia de grupos instigados y armados por el gobierno lo destruye. Todos pueden protestar respetando las leyes que los protegen. Otra cosa es la degeneración de ese derecho. La violencia, semejante al dios latino bifronte, tiene dos rostros. No importa: ambos son inaceptables. También el insulto, “Acometimiento o asalto repentino y violento” (RAE), es similar a la violencia (delito) y no debe justificar una posición ideológica en una sociedad democrática. Tampoco es cosa de números. Irracional convertir las manifestaciones en razones de fuerza: lo hacían nazis y fascistas. ¿Por la razón o la fuerza? Siempre y siempre por la razón. La historia universal abunda en demostraciones de masas que no son motivo de orgullo. Mejor un Gandhi solitario a un infinito rebaño vociferante que incita a la destrucción de sus semejantes así fuesen “extranjeros”, “vendepatrias” o “pachamamistas”. Las ideas sólo se matan con mejores ideas.
Escribe el poeta: “Este país tan solo en su agonía/ tan desnudo en su altura,/ tan sufrido en su sueño” (Gonzalo Vásquez Méndez). Este país, maravilloso entre la altura y la soledad, enfrenta, otra vez ¿y hasta cuándo?, días aciagos donde todas las puertas parecen cerradas: días violentos, intolerantes… asesinos. Piedra blanca contra piedra negra. Todos somos nosotros. ¿Queremos exterminarnos para ser otros? Bolivia no va a ser destruida por tropas extranjeras. Sus hijos ya lo estamos haciendo. Basta de muertes por o contra la democracia. Hay que parar la locura cuando todavía hay tiempo y dialogar sin condiciones y de buena fe. Los jóvenes que intentan reparar Bolivia y los que son mal utilizados por el mazismo deben reemplazar a líderes ebrios de poder. Democracia: no muerte.
Acaso en el pasaje más bello del Quijote se lee que: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”. No estoy de acuerdo. Lo escribe mi admirado Miguel de Cervantes, pero lo razona un loco genial que confunde la realidad con la ficción. Nada, absolutamente nada está por encima de la vida. Las religiones monoteístas lo enseñan. La vida no nos pertenece. Es un don divino y nuestro deber es protegerlo siempre de las vanas disputas circunstanciales. Cualquier vida es valiosa, única e irrepetible. El rabino Najman de Breslav lo explica mejor: “El día que tú naciste es el día en que Dios decidió que el mundo no podía seguir existiendo sin ti”.
En circunstancias extraordinarias sacrificar la existencia para salvar otra vida es el mayor renunciamiento que puede hacer una persona de bien; pero, matar a alguien, por la idea más brillante o valiosa, es un crimen contra toda la humanidad. Está escrito en la Mishná (Talmud): “Para la justicia de Dios, el que mata a un solo hombre, destruye el mundo”.
Vuelvo a las lamentaciones del poeta profeta: “Este país sin nadie que acompañe su tristeza,/ sin mano que detenga/ el viento de odio/ que corre por sus calles”. Tampoco estoy de acuerdo. Bolivia es un pueblo de gente solidaria, pacífica y generosa. Los que odian son minoría: “extranjeros”. Siempre hay esperanza de reencontrarnos pese a las ruinas que ya estamos dejando. El diálogo es esencial para la negociación política. Hay que construir puentes sin acercarse demasiado al abismo “para evitar que bajo nuestros pies” –de acuerdo a los editorialistas de Los Tiempos– “se abran las puertas del infierno”. Dios y los bolivianos salvemos a Bolivia. Vale.
Columnas de GUSTAVO V. GARCÍA














