Ciudad del Paraíso
La ciudad, desde Babilonia, “la Grande, la madre de las rameras y de las cosas repugnantes de la tierra” (Revelación 17:3-5), fue, es y seguirá siendo un espejo de lo “por venir”: ¿cuándo y dónde concluye el espacio urbano? Pero no una, sino varias. La Jerusalén bíblica se prolonga en Atenas, “ciudad y diosa”, en la Roma de Virgilio, en la Bizancio de Constantino, en el Cuzco —la “otra Roma”— del Inca Garcilaso de la Vega y en Nueva York, la de las torres gemelas: translatio studii, concepto historiográfico que privilegia centros del saber y del poder.
“La ciudad es la insurrección estética contra la cotidianidad”, escribió Henri Lefebvre; y, además de un caótico ordenamiento espacial y “una construcción social independiente de la agricultura”, también es una creación literaria. Los ejemplos abundan: Praga (Franz Kafka), Dublín (James Joyce), San Petersburgo (Fiódor Dostoyevski) y hasta Cracovia, la “Pequeña Polonia” de Wislawa Szymborska y Czesław Miłosz, han sido mitificadas desafiando la realidad. ¿Y qué decir de Grandeza mexicana de Bernardo de Balbuena, La ciudad de las damas de Christine de Pizan o Ciudades invisibles de Ítalo Calvino?
Real o fingida, la ciudad ha capturado la imaginación humana: no se puede vivir sin ella. Su elogio es tal que ciertos textos de filosofía argumentan que el saber es un fenómeno urbano. Y, sin embargo, sus detractores también son legión. Antonio de Guevara, en Menosprecio de Corte y alabanza de aldea, definió los elementos del topos en el siglo XV privilegiando al campo —espacio incorrupto— sobre el mundanal ruido citadino. Entre la aceptación y el rechazo, la “mancha urbana” persiste y crece día a día: más de la mitad de la población mundial opta por vivir en aldeas o metrópolis. La ciudad se está comiendo al campo y, tal vez por eso, la gente añora salir de ella sin abandonarla del todo.
El entusiasmo urbanístico y su nostalgia enriquecen la literatura. Isaac Asimov inventa una megalópolis imposible que abarca un planeta entero en su imperio galáctico. En el ámbito hispano Vicente Aleixandre elige a Málaga, población fundada por los fenicios, como su “Ciudad del Paraíso”. La belleza de su poema anula cualquier comentario. Cito las últimas líneas. Son dos versos alejandrinos que transforman a «La primera en el peligro de la Libertad, la muy Noble, muy Leal, muy Hospitalaria, muy Benéfica y siempre Denodada Ciudad de Málaga» en un ave maravillosa detenida en su vuelo eterno sobre las aguas del mar Mediterráneo:
«Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas».
Cielo, tierra, mar y recuerdo configuran el cofre celestial que atesora la infancia del bardo. La realidad, empero, no es objetivamente verbal. El entusiasmo metafórico de Aleixandre, para otras sensibilidades, no pasa de ser trivial: casas que descienden, desordenadas, hacia la playa.
Igual que el poeta, todos tienen una urbe favorita, ya sea moderna, antigua o mítica, mas ninguna perfecta “porque ‘cuarta Roma’ no habrá, y sin Roma no puede vivir el mundo” (Dostoyevski). Muchos prefieren ciudades marítimas (Venecia); otros elogian Petra, la perla del desierto, Shangri-La del Himalaya o la utópica Civitas Solis de Tommaso Campanella, «una república comunista fundada en la concordia y en el amor». Para mí el imaginario privilegiado es Cochabamba, la de mis primeros años. Cierro los ojos y vislumbro una sombra viva en mi memoria que me hace escandalosamente feliz. ¿Alguna vez salí de mi pueblo de mil leyendas? La razón contradice al corazón; y, aun así, me parece vano encontrar motivos para amarla en una nostalgia que no debería existir porque la llevo en la sangre y en los huesos.
Cochabamba es el Locus amoenus donde mi padre me enseñó a leer: odisea sin retorno, y a jugar ajedrez: el reino de los laberintos donde se extravían las probabilidades.
Sería fácil, aunque innecesario resaltar las virtudes de la “Rosa del Ande”. No hay quien no la ame una vez que la conoce. Y conste que no enfatizo sus comidas que no son de este mundo: saben a eternidad.
¿Salteña, pique macho, sillp’anchu, chicharrón o sopa de maní? Prefiero la sencilla y maravillosa huminta en las manos de mi madre.
Lo malo de la llajta, ahora, es su aire contaminado; y, sobre todo, que el cemento —obra de alcaldes “hacedores” que “roban, pero trabajan”— sea, en la percepción de los “progresistas”, más “verde” que el césped. ¿Ciudadela de la Salud? Ante la insensatez colectiva, propongo el sol de septiembre en el futuro Parque Central de Cochabamba, la última oportunidad de crear un oasis en el desierto pavimentado de una otrora “Ciudad Jardín”.
De los años que me ha regalado la vida, la mayor parte he estado ausente de mi ciudad natal. Me conformo con recordarla tal cual fue y me gustaría que todavía fuese: un rincón del paraíso en una primavera eterna de suave destino. Por eso la amo. Y hasta por herencia. Cochabamba mía y sola. Ciudad de mis padres, de mis amigos y de mis muertos. Vale.
Columnas de GUSTAVO V. GARCÍA
















